Krakoa, capital Jerusalén. Jonathan Hickman, La Patrulla X y la fundación de Israel

Hickman ha revolucionado la franquicia mutante de Marvel con el audaz punto de partida que plantea en Dinastía de X. La obra no sólo es atrevida y ambiciosa porque sacude el statu quo mutante, sino porque plantea una lectura sobre qué sucedería si los oprimidos lograsen emanciparse e imponer sus reglas que remite a la fundación del Estado de Israel.

En la tradición judía existe un midrash muy popular que cuenta que un gentil se presentó ante el rabino Hilel el Anciano y le dijo que, si era capaz de explicarle toda la Torá en el tiempo que pudiese permanecer en equilibrio sobre una sola pierna, se convertiría al judaísmo. El maestro aceptó el reto y resumió casi seis mil versículos en una frase: No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti; todo lo demás es comentario. Esta máxima, que en tantas ocasiones he escuchado en la sinagoga, resuena en mi cabeza cada vez que me topo con el leitmotiv que vertebra el contenido de cientos de los cómics que tengo en casa: Temidos y odiados por un mundo que han jurado proteger. Como una versión mutante del sabio Hilel, el profesor Charles Xavier lleva desde 1963 inculcando a sus estudiantes de tinta y papel una enseñanza análoga a la de la Torá en los cómics de La Patrulla X: que, a pesar de ser incomprendidos, temidos, difamados, perseguidos y asesinados, son responsables de la vida de sus semejantes.

La historia de los mutantes de Marvel es, en lo esencial, la de cualquier minoría. El enorme impacto y la popularidad que sus diferentes cabeceras han cosechado durante más de medio siglo se debe, en buena parte, a que desde que Chris Claremont marcase las líneas maestras de la franquicia en la década de 1970, cualquier lector que forme parte de un colectivo en situación de sometimiento o exclusión puede identificarse con los alumnos del Profesor X. Judíos, negros, nativos americanos, inmigrantes, pobres, homosexuales, mujeres, aficionados del RCD Espanyol… Una adolescente que siente que no encaja, que el mundo no la comprende y que tratan de moldearla para que se ajuste a determinados patrones descubrirá que las narraciones de los mutantes de Marvel, además de aventuras intergalácticas, cruzadas espaciotemporales y guerras entre facciones, hablan de ella y de su compleja y dolorosa relación con las estructuras sociales y las personas que las conforman. Y el mensaje que le transmiten es esperanzador: no estás sola, no debes desfallecer, sé responsable de la forma en que tratas al prójimo porque al final de ese camino encontrarás la Utopía.

Es su condición de discriminados, pero también su resiliencia frente a una hostilidad estructural, lo que define a los mutantes del Universo Marvel. Desde Stan Lee hasta Jonathan Hickman, pasando por Wein, Claremont, Lobdell, Waid, Nicieza, Morrison, Brubacker o Bendis, los cómics de La Patrulla X han sabido dirigirse a numerosos colectivos de distintas coordenadas geográficas y momentos históricos, constituyendo probablemente la más potente metáfora del colectivo oprimido que haya emergido en la cultura pop de la segunda mitad del siglo XX. Si como Hillel tuviésemos que resumirle en una frase a un profano de qué tratan los tebeos de La Patrulla X, podríamos citar a Claremont en una entrevista que concedió a Alec Foege: X-Men siempre ha ido de encontrar tu lugar en una sociedad que no te quiere. Eso podría remitir tanto a la lucha por los Derechos Civiles de los negros en Estados Unidos como a la batalla por la equiparación de derechos entre el hombre y la mujer. Sin embargo, a pesar de que los distintos guionistas que han escrito a Rondador Nocturno, Tormenta y compañía han sabido moldear una minoría que compartiese su tuétano con cualquier otra del mundo real, La Patrulla X se ha nutrido especialmente de la historia del pueblo judío y de su problemática identitaria.

Para comenzar, la serie fue concebida por Stanley Lieber y Jacob Kurtzberg, dos neoyorquinos descendientes de inmigrantes judíos que pasarían a la posteridad como Stan Lee y Jack Kirby, y edificada entre 1975 y 1991 por el kibutznik Chris Claremont. Como resultado, los tebeos de La Patrulla X están llenos de subtextos que remiten de manera inequívoca al hecho hebraico. Algunos son tan evidentes como el paralelismo entre las políticas antisemitas del gobierno de la Alemania nazi y la privación de derechos y la reclusión en campos de concentración que padecen Lobezno y los demás en la distópica Días del futuro pasado (Uncanny X-Men #141-142). Otros, como la tensión ideológica entre Xavier y Magneto, o la evolución del segundo, tuvo que ser el propio patriarca mutante quien explicase que se había inspirado en las posturas de David Ben Gurion y Menachem Begin respecto a la fundación del Estado de Israel. El Profesor X es el líder sereno que busca la integración mientras que Magneto es un terrorista que evolucionará a hombre de estado.

Si fueses un nazi, no te gustaría estar cara a cara con Magneto.

Pero, además, los tres principales temas literarios del judaísmo en el siglo XX (el Holocausto, la cuestión identitaria e Israel) aparecen también de forma explícita a lo largo de más de medio siglo de viñetas mutantes.

El vínculo entre la metáfora mutante y los judíos comenzó a estrecharse cuando Chris Claremont creó a Kitty Pryde en el Uncanny X-Men #129 como una mutante judía de Chicago. Más allá de apelación estética al judaísmo que pudiese suponer colocarle un colgante con una estrella de David a un personaje o dibujarla observando el yahrzeit (costumbre de prender una vela durante el primer aniversario de la muerte de un ser querido) en memoria de su difunto marido Coloso, lo cierto es que Gatasombra ha permitido a diversos autores articular a su alrededor ciertas reflexiones sobre la condición judía a través de la metáfora mutante. O al revés. El ejemplo más notable lo encontramos en el All-New X-Men #13, escrito por Brian Michael Bendis. En tres viñetas y una decena de bocadillos, Kitty esboza los aspectos fundamentales del desafío identitario que conlleva ser tanto mutante como judía en una sociedad que no lo es y que los observa a una distancia cultural que se ven obligados a salvar en sus relaciones cotidianas: Soy judía. No tengo un nombre que suene inequívocamente judío. No parezco ni sueno judía, suene como suene una… Así que si no sabías que era judía, quizá no lo hubieses notado… a no ser que yo te lo dijese. Lo mismo sucede con mi mutación. No necesito llevar un visor ni estoy cubierta de pelo azul. Puedo andar por ahí. Una mujer joven cualquiera. Pero… No lo soy. Cuando tenía 13 años, antes de que mi mutación despertase, estaba enamorada de un chico de mi escuela. Enamorada. Y lo seguía a todas partes como un perrito faldero porque era una chica idiota de 13 años… Y un día vio a mi rabino caminando por la calle e hizo el peor comentario antisemita que haya escuchado… Ni siquiera voy a repetirlo.

No cabe duda de que Kitty Pryde fue creada como un artefacto literario judío por Claremont y que así lo han asumido los guionistas que han escrito el personaje posteriormente, hasta el extremo de convertirla en objeto de antisemitismo en el mundo real. Como si quisiese constatar la amarga reflexión de Albert Camus que afirma que un judío lo es no porque provenga de madre judía o porque lo certifique un beit din (tribunal rabínico) sino porque un antisemita lo considere como tal, en el X-Men Oro #1, Ardian Syaf reforzó al personaje como icono israelita al deslizar a su alrededor los nada inocentes números 212 y QS 5:51 en una viñeta en la que aparece junto a Coloso. En Indonesia, el 212 remite a las protestas de los colectivos musulmanes contra el gobierno de orientación cristiana, mientras que QS 5:51 es un sura del Corán (5:51) que reza ¡Creyentes! ¡No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos! Son amigos unos de otros. Quien de vosotros trabe amistad con ellos, se hace uno de ellos. Alá no guía al pueblo impío. A pesar de que el ilustrador se defendió de las acusaciones de anticristianismo y antisemitismo, la sura que escogió citar no es uno de los pasajes más edificantes del Corán, Marvel despidió al dibujante y eliminó ambas referencias de la edición digital y las reimpresiones.

El bueno de Syaf tuvo la ocurrencia de deslizar mensajes antesemitas en un tebeo de la editorial de Stan Lee.

El otro gran personaje judío de La Patrulla X es Magneto. Con una postura política respecto a la relación entre humanos y mutantes inspirada por la del primero sionista radical y posteriormente hombre de Estado Menachem Begin, el mejor amigo y más caballeroso adversario del Profesor X ha situado en numerosas ocasiones la cuestión del exterminio en el centro de los tebeos mutantes de Marvel. Al parecer, la decisión de (re)construir el personaje a partir de su condición de superviviente de la Shoá estuvo motivada por el contacto que Claremont tuvo con distintas víctimas de los campos de concentración nazis durante el tiempo que vivió en el kibutz Netiv HaLamed-Heh en Israel. En el Uncanny X-Men #151 Claremont escribió el conmovedor momento en el que Magneto se lamenta por haber matado precisamente a Kitty Pryde, y sosteniendo su cadáver en sus manos explica cómo tras sobrevivir los campos su propósito había sido el de construir un mundo seguro para los mutantes. El guionista contó que la decisión inicial de omitir la condición de judío en esas viñetas fue deliberada, para honrar la memoria de todas las víctimas, sin embargo, marcó la trayectoria del personaje. Apenas cincuenta grapas después, en el Uncanny X-Men #211, al descubrir que los Morlocks van a ser exterminados, Magneto lamentaba: ¡No! ¡Los horrores de mi infancia regresan, sólo que esta vez las víctimas son los mutantes en lugar de los judíos!

La condición judía de Magneto ha ido manifestándose de forma más o menos ambigua en los tebeos de los mutantes pero no fue asentada como canon hasta que, en 2009, el escritor Greg Pak y el ilustrador Carmine Di Giandomenico la exploraron en profundidad en El testamento de Magneto. De hecho, la resistencia de la editorial a que el Amo del Magnetismo fuese explícitamente judío fue una de las diferencias que distanció a Claremont de la Casa de las Ideas. Y es que, antes de Pak y Giandomenico, incluso habíamos leído que Magneto había estado en Auschwitz no como judío, sino como gitano, algo que fue posteriormente descartado por Joe Kelly en su etapa posterior a Operación Tolerancia Cero.

Al mismo tiempo, Magneto representa la forma menos retraída y amable de responder a la opresión. Si Xavier (al que la película de Bryan Singer situaba también en Auschwitz) encarna la ética judía y se desempeña constructivamente en el tikun Olam (la reparación de las imperfecciones del mundo que constituye el mandato de Dios a los judíos), Erik Lehnsherr representa una comprensión fríamente legalista de la tradición que se resumiría en la más estricta interpretación posible de la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente. Esto es, compensación recíproca entendida en el peor sentido posible. Por cada mutante asesinado, un humano asesinado; por cada año de opresión de los mutantes, un año de sometimiento de sus carceleros.

Jonathan Hickman ha recogido este sustancioso diálogo entre los cómics de La Patrulla X y los judíos para hacerlo avanzar y explicarnos el siguiente episodio de la historia de los mutantes de Marvel: la fundación de un Estado mutante en la isla de Krakoa, que remite de forma inequívoca a la fundación del Estado de Israel. Si despojásemos de sus vestiduras la trama de Dinastía de X y el desarrollo de la nación mutante al que estamos asistiendo mes a mes, nuevamente nos encontraríamos con una metáfora transversal que busca responder a la pregunta: ¿qué sucedería si los oprimidos se emancipasen y pudiesen presentarse ante sus opresores en términos de igualdad o superioridad política? Pero el escritor de Carolina del Sur ha incluido suficientes elementos específicos en su narración de La Patrulla X como para que un judío pueda leer Israel (casi) cada vez que ve escrito Krakoa.

Dinastía de X arranca con una cita atribuida al Profesor X: Humanos de la Tierra, mientras dormíais, el mundo ha cambiado. Dormir, cerrar los ojos, para abrirlos posteriormente y descubrir que la humanidad había mutado de forma violenta sin posibilidad de revertir al estado previo fue lo que hizo buena parte de la sociedad alemana entre 1932 y 1944. Cuando la violencia alcanzó cotas intolerables, se prefirió mirar para otra parte, y al volver a enfocar la vista sobre la realidad, el retrato era el de una Europa devastada, 15 millones de judíos asesinados en los campos y, poco después, la fundación de un Estado que les sirviese como refugio.

¡Nunca más! es el lema que inspira la fundación de Krakoa, pero también la de Israel.

De hecho, otro lema que cobra tanto protagonismo como para merecer un collage de cinco páginas del Dinastía de X #4 es el de ¡Nunca más!, que rigió buena parte de las relaciones internacionales y los esfuerzos de reconstrucción posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Amenazados por enésima vez con la extinción por los Centinelas y el Molde Maestro, con el trágico precedente de Genosha en el que Hickman y Larraz nos recuerdan que fueron asesinados 1 millón de mutantes, la fundación del Estado krakoano responde a la unión de las voces de todos los mutantes en ese ¡Nunca más! que emparenta la crónica del pueblo mutante antes de Krakoa y la del pueblo judío antes de Israel. El motivo narrativo con el que arranca el Amanecer de X es la respuesta de dos líderes en las antípodas ideológicas como Xavier y Magneto, Ben Gurion y Begin, a años de persecución y padecimiento colectivo.

En el caso de Israel, se buscó comunicar que la concesión de Naciones Unidas a los anhelos del sionismo (que, por cierto, no representa las ambiciones políticas de todo el judaísmo) era un acto de reparación hacia el pueblo judío. Probablemente tenía también que ver con la vergüenza que ante las proporciones del crimen sintieron muchas de las naciones europeas por haberlo permitido durante años, por haber dormido mientras el gobierno del Tercer Reich lesionaba los derechos de los judíos cada vez con mayor virulencia hasta decidir su exterminio en la Conferencia de Wannsee. Como se ha demostrado posteriormente, que se diese luz verde a la fundación del Estado de Israel tuvo que ver también con intereses económicos y geopolíticos en Oriente Medio. Esto es, la institucionalización de Israel podía ofrecer algo que interesase a las grandes potencias occidentales.

En el caso de Krakoa, Hickman prescinde del componente compensatorio. Las naciones no están preocupadas por compensar a los mutantes por el genocidio de Genosha. Sin embargo, en términos políticos, la fundación del Estado del Profesor X es viable porque Xavier ofrece a los gobiernos que voten a favor en la Asamblea de la ONU un fármaco que alarga la vida humana cinco años, otro que previene las enfermedades mentales y un tercero que es el antibiótico más efectivo y adaptable que jamás haya visto el mundo… y porque Emma Frost emplea agresivas tácticas comerciales para convencer a algunos indecisos.

En lo que respecta al relato que Krakoa e Israel hacen de sí mismos, Hickman también los presenta como coincidentes. Ante el temor de la comunidad internacional a la posibilidad de un Estado que reúna a miles de ciudadanos con súperpoderes bajo un solo estandarte (algunos de ellos criminales amnistiados) y ante los reproches a la inversión del gobierno israelí en sus fuerzas de defensa, Magneto justifica que allá donde ustedes ven un instrumento de guerra, yo veo un refugio inatacable. La diferencia es notable. O, como escribí una vez, la existencia de un Estado como Israel es necesaria porque (con la excepción de Nueva York), es el único lugar del mundo en el que puedo llevar una kipá por la calle sin temor a ser insultado o agredido. Este argumento, sin embargo, ha sido deformado una y otra vez por la derecha nacionalista israelí para hacer pasar ataques o respuestas desproporcionadas por actos de legítima defensa.

Mejor no cruces el cercado del rancho de Magneto sin haberle pedido permiso antes.

De hecho, en las páginas de Dinastía de X y, posteriormente, en La Patrulla X, se hace evidente que Hickman encarna en Magneto la forma de comprender y gestionar Israel de la derecha de Netanyahu. El que un día fue el líder de La Hermandad de Mutantes defiende la necesidad de la existencia de un Estado propio ante la manifiesta incapacidad de los humanos de coexistir con ellos sin agredirlos. Ese planteamiento redobla su legitimidad en tanto que lo enuncia un superviviente de los campos de exterminio y es igualmente válido cuando en el mundo real se emplea la constante histórica del antisemitismo para defender la pertinencia de un país cuya razón de ser sea ofrecer refugio a los judíos. Sin embargo, se intuye en el Magneto de Hickman una contención necesaria, diplomática, pero también la determinación de desencadenar su furia y golpear tan duro como pueda si alguien amenaza con traspasar su cercado. Intentadlo otra vez [asesinar a Xavier], si queréis. Pero si lo hacéis, esperad nuestra respuesta, espeta en la escena final de La Patrulla X #4 después de que intenten asesinar al Profesor X en el Foro de Davos.

Magneto desconfía, con razón, de sus interlocutores humanos, pero su desconfianza razonable adquiere la forma de amenaza cuando a uno de los miembros de la delegación diplomática de la ONU en Krakoa le dice Hay quienes se ofenderían ante un lobo que se hace pasar por un cordero, pero he aprendido las duras lecciones de los suyos… así que sé la verdad… Todos son lobos. Y de la misma manera que identificamos la necesidad de Krakoa o Israel como refugio, se aprecia el paralelismo en que se relacionan con el resto de naciones sobre la base de la desconfianza y desde un extremado instinto de autopreservación.

No es casual que los embajadores sean invitados a entrar a Krakoa a través de un portal situado en Jerusalén, ni que el diálogo entre los diplomáticos y Magneto termine con el mutante invitándolos a salir a una terraza que ofrece una vista espectacular de la ciudad al atardecer. Verán, sé que a los humanos les encanta el simbolismo casi tanto como sus religiones. Y quería -necesitaba- que entendieran… La frase no termina. Se completa con el sugerente panorama de Jerusalén que dibuja Pepe Larraz. Magneto explicita el calco entre la nación mutante y la nación judía.

Magneto (y Hickman) saben de la importancia del simbolismo.

Nos cuenta Hickman también, en su relato del génesis krakoano, que los mutantes crean una lengua fabricada para su floreciente nación. De hecho, el alfabeto mutante es un divertido rompecabezas cuando uno comienza a sumergirse en Dinastía de X y Potencias de X. A diferencia de buena parte de los idiomas, que son el fruto de la evolución a través del uso de los hablantes y el establecimiento de normas por parte de instituciones académicas de Estado, la lengua de Krakoa es diseñada y cuenta además con su propio alfabeto. Desde luego, no es ruso, inglés, francés o chino… Pero es un idioma. El nuestro. El krakoano, y se le implementa telepáticamente a cada uno de los mutantes que viven entre nosotros el día en que llegan, comienza explicar Magneto a los diplomáticos extranjeros. Así que habéis creado vuestra propia lengua, le inquieren. Y el mutante sentencia: Por supuesto. Uno no puede crear una cultura distintiva sin ella.

De nuevo, el escritor parece escribir en papel de arroz sobre un importante aspecto de la institucionalización de la nación judía en Israel. A pesar de compartir aspectos fundamentales, los siglos de diáspora, de existir como nación sin Estado, convirtieron el judaísmo en un colectivo asombrosamente plural y diverso. Existen notables diferencias culturales, e incluso religiosas, entre un sefardí de Salónica con un sefardí de Tánger o de la Provenza, que son aún mayores si se compara a cualquiera de estos tres con un askenazí de ascendencia bielorrusa, lituana o vienesa. Esas diferencias eran también lingüísticas cuando la ONU aprobó la resolución que daba luz verde a la fundación de Israel. Las comunidades establecidas alrededor del Mediterráneo tras la expulsión de los judíos de España en 1492 hablaban el ladino (o djudezmo), un idioma basado en el castellano medieval mezclado con las lenguas de los lugares de migración de sus hablantes (francés, árabe, griego…). Los askenazíes hablaban el yidish que, si bien empleaba el alfabeto hebreo, tomaba buena parte de su léxico y gramática del alemán. Cuando hablantes judíos procedentes de toda Europa y el Mediterráneo se encontraban (a menudo, como inmigrantes en el protectorado británico de Palestina a principios del siglo XX), a pesar de los muchísimos aspectos compartidos, no podían comunicarse de manera efectiva, por lo que tuvo que crearse una lengua ex profeso, ya que el hebreo había quedado reducido al ámbito litúrgico (como sucedió con el latín entre los católicos) o lashon haKodesh (lengua de lo sagrado). El hebreo moderno, de hecho, es fruto de los esfuerzos del sionista y revolucionario soviético Eliezer ben Yehudá, que identificó el problema del idioma como una de las dificultades que amenazaba la cohesión del pueblo judío y tuvo que idear un hebreo contemporáneo, que permitiese describir realidades que no existían en el tiempo bíblico y que, por supuesto, sus hablantes necesitaban expresar.

Otro de los episodios que recuerda a la creación del Estado de Israel es la misión de rescate de un grupo de mutantes adolescentes que llevan a cabo Tormenta, Cíclope, Magneto y Polaris en La Patrulla X #1. Constituido como refugio de los judíos, sus gobiernos, a pesar de los desaciertos que hayan podido cometer, siempre se han esforzado por mantener en pleno vigor su compromiso con la seguridad del pueblo de Jacob. Eso se aprecia en leyes como la de la aliá, que permite obtener el pasaporte israelí a (casi) cualquier persona judía y establecerse como ciudadano de pleno derecho. Pero también en acciones tan cinematográficas como la Operación Alfombra Mágica. Como Cíclope y compañía pero sin superpoderes y de forma mucho más discreta, entre 1949 y 1950, los servicios de inteligencia de Israel se infiltraron en Yemen, donde la situación de los judíos era cada vez más insostenible, para poco a poco ir transportándolos al Estado recién fundado, donde podrían comenzar una nueva vida sin ser perseguidos ni sometidos a la violencia de Estado. Alfombra Mágica fue la primera de una serie de operaciones que tenían como objetivo sacar a comunidades judías que viviesen en situación de opresión o gravemente amenazadas y que se repitió en muchos de los países árabes que reaccionaron de forma hostil a la fundación de Israel. Esta práctica se repetiría hasta 1984 con la Operación Moisés, en la que se ejecutó el rescate de los judíos de Etiopía.

Si eres un mutante y estás en apuros, tarde o temprano, recibirás ayuda y tus opresores tendrán un problemón.

También las reacciones críticas al trabajo que Hickman viene desarrollando hacen evidente que la lectura de Krakoa como trasunto de Israel es acertada. Y es que, como sucede a menudo cuando alguien defiende la necesidad de la existencia de Israel y al mismo tiempo cuestiona algunas de sus políticas y actuaciones militares, recibe acusaciones e improperios de un lado y de otro del muro de Cisjordania. Por una parte, el editor del periódico Jewish Chronicle le afeaba a Hickman que aseverase por voz de Tormenta que los ataques suicidas son el último recurso de los conquistados y lo acusaba de blanquear esta clase de ataques terroristas alentados por Hamas que tantas víctimas inocentes han causado en la zona. Por la otra, Brett Schenker lo acusaba en un artículo en Graphic Policy de haber traicionado la esencia de los mutantes al dejar de representarlos como una alegoría de las minorías en lucha para convertirlos en nacionalistas. El propio Schenker comentó posteriormente que no es posible leer el cómic de Hickman en clave sionista por completo, ya que rozaría el antisemitismo, en tanto que a ningún no mutante se le permite vivir en Krakoa y el Estado parece adoptar las tesis supremacistas de Magneto.

Conviene no perder de vista este último apunte a la hora de interpretar la obra. En primera instancia, el autor está hablando de mutantes y de Krakoa, desde luego. Con todo, el supremacismo que expresa Magneto respecto a los humanos y que no podemos atribuir, de ningún modo, al Estado de Israel sin (una de dos) que nos acusen de antisemitas o sin acusar al autor de serlo, bien podría ser una proyección literaria de la deriva delirante de la derecha nacionalista más radical (de la que ningún país se libra). No el país, no sus instituciones, no el pueblo israelí…, sino unos cuantos de sus dirigentes, portavoces y gestores. Discursos como el que Ayelet Shaked se permitió escribir en su perfil de Facebook el 7 de julio de 2014, cuando era Ministra de Justicia, en el que decía Tienen que morir [los palestinos] y sus casas deben ser demolidas. Ellos son nuestros enemigos y nuestras manos deberían estar manchadas de su sangre. Esto también se aplica a las madres de los terroristas fallecidos no están lejos de la cruel determinación del Amo del Magnetismo y de sus amenazas contra la humanidad. Para Magneto, todos los humanos son lobos. Para Shaked, todos los palestinos son serpientes.

Más problemático podría llegar a ser esquivar las implicaciones antisemitas del discurso que ofrece Magneto a sus interlocutores durante una comida en el foro de Davos (La Patrulla X #4). Si nos pusiésemos conspiranoicos y estirásemos la lectura en clave israelí de la obra hasta aquí, podríamos interpretar que el autor confirma a través de Magneto la sospecha antisemita de que Soros, Rockefeller y sus amigos del lobby judío controlan el mundo. Con todo, parece un argumento demasiado burdo para un escritor de la talla de Hickman y la pieza no termina de encajar en el puzzle ideológico que lleva años presentándonos a través de su trabajo en Marvel. Además, la ausencia de alusiones explícitas y el escenario en que ubica la acción sugiere una crítica a la dinámica neoliberal en la que son los mercados los que dictan las normas de actuación de los gobiernos democráticos. De hecho, si considerásemos que Hickman convierte a Magneto en una encarnación absoluta del sionismo y cometiesemos el grosero error de pensar que las opiniones del personaje son las del autor, al mismo tiempo que es un antisemita porque lo emplea para confirmar argumentos xenófobos delirantes, sería también un romántico sionista porque en voz del personaje sostiene que, a diferencia de otras naciones, la krakoana no se ha fundado sobre la base de una conquista. Lo que ha empezado a contarnos el artista norteamericano es suficientemente profundo y reflexivo como para que los bobos del bando sionista y a los idiotas antisemitas cortocircuiten al leerlo.

La crónica de la fundación de Krakoa de Hickman compone un retrato complejo y poliédrico en el que tiene cabida la paradoja que afecta la existencia de Israel y que enriquece la vertiente política y filosófica del cómic. No hace falta haber leído muchos tebeos de La Patrulla X para intuir que la tensión ideológica entre las distintas facciones que Xavier ha reunido en su país crecerá y provocará conflictos, de la misma forma en que el socialismo utópico de los primeros kibutzniks, la piedad religiosa de los más ortodoxos, el pragmatismo sionista y el nacionalismo militarista aunaron fuerzas para asentar las bases de la nación-refugio para luego mantener un constante debate, cada vez más tenso, sobre el modelo de país en el que querían vivir. Queda por ver si la justicia condena finalmente a Netanyahu y de qué manera juzgará la historia a aquellos que optaron por responder con inclemencia, desoyendo la enseñanza de Hilel, a quienes quisieron desposeerlos de la tierra y expulsarlos al mar, y si el proyecto conciliador de Xavier sucumbe a las posturas más agresivas de Magneto (o Apocalipsis).