The Umbrella Academy. Segunda temporada, bombas, atentados y más fines del mundo

Tras más de un año, vuelven los Hargreeves a intentar salvar el mundo. O a causar su destrucción.

El cliffhanger con el que terminó la primera temporada de The Umbrella Academy era muy potente. Lo suficiente como para que fuera imposible no querer ver la segunda. Y se ha tenido que esperar algo más de un año que esa suceda. Y lo cierto es que, aunque no aspirase a competir por los premios, como sí que lo está haciendo Watchmen, se trata de un producto que caló en el gran público y Netflix consiguió hacer de unos personajes desconocidos, unos que han calado en la cultura popular. Con lo que la presión sobre el desarrollo debió de ser aún mayor.

Y eso solo puede explicar un primero episodio totalmente impecable, con un teaser absolutamente apabullante, efectivo y, sí, algo efectista, que hace que tengas interés en cómo va a avanzar. Y es que si partes de una bomba atómica para arrancar, esperar que la historia vaya a más. Desgraciadamente, no lo hace, pero sí que contiene las suficiente como para que no te importe.

La principal baza de esta temporada es exactamente la misma de la primera: el fortísimo carisma. Los personajes, en buena medida, sostienen el proyecto. Todos son totalmente extremos y relocos, pero los humanizan lo suficiente como para que el espectador no solo no los rechace, si no que se encariñe con ellos. Al igual que La Patrulla Condenada, que son series prácticamente hermanas en todo, muchas tramas parten de conflictos internos y familiares. Y, teniendo en cuenta que es una serie de “superhéroes” y el espectador viene a ver fuegos artificiales, que consigan hacer más interesantes las escenas familiares y en las que la trama se toma un respiro, es un logro bastante interesante.

¿Alguien dijo Charles Manson?

A eso contribuyen unas interpretaciones muy inspiradas de todo el reparto. Tom Hopper, Emmy Raver-Lapman, Ellen Page y David Castañeda ya le tienen perfectamente tomada la medida de los personajes, aunque siguen siendo los divertidísimos Aidan Gallagher y Robert Seehan los que vuelven a robar el show. A pesar de ello, son en las interacciones entre todos los personajes cuando realmente ves la brillantez de todo el reparto.

Una de las decisiones inteligentes tomadas al respecto es que, todos, al encontrarse en un contexto totalmente distinto, y al haber habido una elipsis respecto al arranque de esta segunda temporada, han reconstruido su vida de manera inesperada y eso les conduce a que los personajes tengan una evolución y sean completamente personas totalmente distintas. Y su arco evolutivo consiste, precisamente, en volver a ser los que eran en un principio. A su vez, el espectador ya ha vivido mil y una peripecias con ellos, con lo que se permiten ser más reflexivos consigo mismos.

Pero la serie, en sí misma, también tiene una personalidad muy fuerte. Sabe qué se parte de un tono muy excéntrico, con lo que se maneja de un modo equilibrado con respecto al drama. Sabe ser juguetona y que, a la vez, el espectador se tome el serio todos los giros que van sucediendo hasta un clímax que, aunque resulte un tanto decepcionante y deslavazado, lo cierto es que encaja con cómo se ha ido desarrollando la historia.

La serie toma como premisa el segundo volumen del cómic de Gerard Way y de Gabriel Bá, Dallas, aunque la conduce por unos caminos bastante distintos y particulares. Esta serie sabe cuándo debe ser fiel y cuando debe construir su propia mitología. Recupera algunos de los elementos propios que funcionaron en la primera temporada y lo que hace es expandirlos, siendo una jugada algo conservadora. De hecho, el guion deja claro que el conflicto principal es el mismo y se ríe de que estén las mismas. Y aunque sí que hay elementos imaginativos y se entrevén determinadas subtramas que serán desarrolladas más adelante, no es suficiente como para que todo suene ya a conocido. Queda por esperar que la tercera temporada tome más riesgos y recupere ese punto sorpresivo que tenía la primera.

Además, tiene un ritmo que hace imposible el aburrimiento. Maneja una serie de subtramas que confluyen todas en él un tercer acto. El guion, a nivel estructural está bien llevado, aun con algunos trucos sacados de la manga y algunas soluciones que dejan bastante que desear. Como en tantas otras ocasiones, deja la sensación de que, con más revisiones, se hubiese lanzado un producto más contundente. Sin embargo, la serie de Steve Blackman cuenta con una infinidad de aciertos.

Pero, más allá de eso, al tener personajes tan distintos, las temáticas y los conflictos van de cosas muy distintas. Los temas sociales están más presentes de lo que cabría haber esperado y pasan de la reivindicación de los derechos sociales hasta tal punto que evoca a ese retrato de ese ambiente que fue March. Sin olvidarse del conflicto y la homofobia, y como esta imposibilita la posibilidad de que los personajes gocen de una vida libre.

Así es como se deben afrontar las crítiicas.

Pero lo central es la posibilidad de salvar a JFK y las consecuencias que ello traería, al contrario que el cómic que adaptan, en el que se aborda la relación de Cinco con el asesinato del presidente (y que además de publicó antes de una obra con el que guarda cierto parecido: 22/11/63, de Stephen King) . Conducir a buen puerto este tipo de historias en las que los viajes temporales y sus efectos juegan un papel crucial de una forma coherente, y aquí hace que parezca fácil trabajar en ello.

Todo ello aderezado de algunos de los diálogos más afilados y cínicos que de los que he podido disfrutar en mucho tiempo. Se nota mucho disfrute a la hora de escribirlos y ese entusiasmo se transmite a través de la pantalla.

El retorno The Umbrella Academy se sostiene en cosas que sí que funcionaron la primera y que están lejos de agotarse. Aunque, por el camino, se han perdido parte de la frescura encantadora. Es más irregular, aunque sea más grande. Lo que sí que sigue siendo un entretenimiento con de primer orden con una cantidad de ideas por el que muchos matarían en un verano que necesita unos cuantos desesperadamente. Bienvenido sea.