Doom Patrol, vuelve la serie superheroica más desquiciada

La serie capitaneada por Jeremy Carver desarrolla algunos de los aciertos que ya tenía.

Cuando lanzas una primera temporada como la que fue Doom Patrol, debe de ser difícil retomarla. ¿Cómo superar semejante nivel de caos y de locura controlada? Si sorprendió fue porque consiguió abrazar sin complejos algunos conceptos totalmente lisérgicos, deudores de los cómics, que son adaptados de una forma muy fiel al espíritu. Pero al contrario de Legión, que buscaba epatar por una estética apabullante y un ingenio visual desbordante, en Doom Patrol lo hace a través de narrativas absurdas.

Lo que se va a encontrar el espectador es exactamente más de lo mismo. Si algo funciona, no hay que cambiarlo. Es muy continuista respecto a lo visto en la primera temporada. Tanto en forma como en fondo.

Estos tres primeros episodios tienen un carácter vertical y se entrevé algunas tramas horizontales que, a falta de ver hacia donde conducen, resultan menos potentes y urgentes que lo que se vio en la primera temporada.

Algo que aportan estos episodios es la introducción de nuevos personajes, como Dorothy, que han sido traídos a la vida con un respeto por los trabajos que adaptan. Este personaje en particular, supone un salto mortal debido a lo complicado que es de adaptar de una forma que no sea demasiado desagradable para el espectador mayoritario. Entienden el concepto de adaptar y los trasladan aceptando su parte ridícula, cosa que convierte esta serie en algo singular. El mero hecho de que vivamos en un contexto en que esta serie no solo ha sido posible, sino que ha tenido cierto recorrido es buena señal. El público parece no conformarse con más de lo mismo, y parece haber nichos más amplios para productos tan extravagantes como ese y eso puede ser un indicativo de que los creadores pueden apostar por caballos que no hace tanto estaban fuera de competición.

Todo ello se puede apreciar en la aproximación de los villanos que se introducen en esta temporada: el doctor Tyme, una de las creaciones de Arnold Drake, y Red Jack, ideado por Grant Morrison. Aunque el primero sea más cómico y el segundo más perverso, no dejan de tener un halo de excentricidad que hace que se vea con cierta distancia. No suponen una gran amenaza para los personajes, pero te ofrecen algo que no puedes ver en ninguna otra propuesta superheroica. Son mucho más creativos e imaginativos de ña media, eso desde luego. Eso es algo persistente respecto a la primera temporada y puede jugar en su contra. Pero una vez se aceptan sus reglas, se disfruta de ello.

Desde que cerraron El Bulli las presentaciones se volvieron más experimentales.

El carisma de todos los interpretes sigue intacto y se les nota a estas alturas muy cómodos con unos personajes tan extremos. Desde el histrionismo y la rabia de un divertidísimo Brendan Fraser, pasando por la contención y el dolor expresado con poco de Matt Boomer o la clase y los misterios de Timothy Dalton, que se nota más implicado en encontrar la humanidad en su Niles Caulder. Sin desmerecer en absoluto el exigente trabajo de Diane Guerrero y de April Bowlby. Todos ellos forman un grupo de un carisma muy particular que hace fácil que el espectador se encariñe con estos personajes. Los hacen creíbles y entienden a las mil maravillas las interacciones que deben tener.

Que la serie esté protagonizada exclusivamente por personajes extremos (en lugar de ser el contrapunto, un secundario, que es lo habitual y tradicional por motivos dramáticos) no quiere decir que no haya cierta implicación emocional. De hecho, tiene más mérito lograrlo teniendo a estos personajes. Por muy raras que sean las peripecias y el espectador no haya pasado por lo mismo que ellos, sus motivaciones siguen siendo humanas, con lo que podemos identificarnos con ellos sin demasiado problema.

Y es que todo aquel que pueda acercarse a la serie tiene una familia. Sabe lo que es lo dura que es la convivencia y los problemas que ello contrae. No hay decisiones fáciles si afectan a los demás. Y no es del plato de gusto de nadie tener que realizar sacrificios, por buena que sea la causa. Y de eso trata al final esta serie y el material que adapta: de las dificultades que tiene estar en una familia de monstruos como tú.

Foto de una familia disfuncional cualquiera.

Otro tema que se intuye es la redención de errores pasados. Especialmente con Caulder, quien ha puesto las cartas sobre la mesa desde el final de la temporada pasada, mostrando que es el responsable de todo lo que han pasado los protagonistas hasta convertirse en lo que son. Este personaje intenta mantener un barco a flote que él mismo ha agujereado. Aunque se desconoce si es por propio interés o ego o por una cuestión de empatía con sus víctimas.

Todos estos conflictos internos y temas son los que hace que el espectador opte por volver semana tras semana a invertir cuarenta minutos de su tiempo con estas inenarrables criaturas y sus peripecias alucinadas. Los guionistas de la serie lo saben y ha potenciado estos conflictos, mejorando algunos peros, como ese Cyborg que ejercía de catalizador hacia el motor de acción, pero que no terminaba de encajar en el grupo.

Doom Patrol vuelve para quedarse y muy mal dadas tienen que darse para que no tenga más temporadas. Buena muestra de ello es que HBO España haya decidido emitir los episodios a ritmo USA en lugar de esperar a que se complete. Pierde el factor sorpresa que tuvo la primera. Y no propone nada que suba exponencialmente la apuesta. Pero tampoco la baja. Mientras siga siendo así, bienvenida sea la dosis de demencia semanal. Se la ha echado de menos.