Give Me Liberty: el cómic de Frank Miller y Dave Gibbons que casi predijo el futuro de EEUU

Publicada por Dark Horse, Miller y Gibbons nos presentaban unos Estados Unidos que pretendían parecer demenciales, llevados al límite: una caricatura a través de la que dejar caer algunos temas relevantes sobre la nación.

En 1990, Frank Miller y Dave Gibbons lanzaron una miniserie de cuatro entregas titulada Give Me Liberty, a medio camino entre la sátira política y el cómic de acción futurista. Fue publicada por Dark Horse, que, de ese modo, fichando a dos de las superestrellas más aclamadas del panorama del cómic norteamericano, pasó a consolidarse como una de las editoriales independientes más prominentes de ese ámbito a partir de entonces. En Give Me Liberty, que transcurría en un futuro por aquel entonces cercano, Miller y Gibbons nos presentaban unos Estados Unidos que pretendían parecer demenciales, llevados al límite: una caricatura a través de la que dejar caer algunos temas relevantes sobre la nación. Sin embargo, ese futuro propuesto ya es pasado hoy por hoy (abarcaba un periodo de tiempo entre 1995 y 2012), y como se suele decir, la realidad casi ha superado a la ficción. Y si no es así, pues no por mucho. Especialmente a la vista de los acontecimientos de estos días, que podrían encajar perfectamente en esta obra de ficción.

Give Me Liberty surge en 1988, cuando en la San Diego Comicon de ese año Miller y Gibbons se encuentran y deciden probar a hacer algo juntos. Miller ha publicado ya Batman Año Uno, Daredevil: Born Again, y Elektra Assasin, en las que ha desempeñado únicamente el papel de guionista, en lugar del habitual suyo de autor completo, con muy buenos resultados. Por su parte, Watchmen (dibujada por Gibbons) hace menos de un año que ha completado su publicación. Así que, reiteramos, tenemos juntos a dos autores artífices de varios de los tebeos clave que transformarían para siempre el medio y la industria, niños bonitos del público, la crítica e incluso el análisis académico, en su momento más brillante. La tormenta perfecta, como se suele decir, vaya. Sin embargo, a pesar de esta alineación all-star, el proyecto al principio no parece tener más inercia ni recorrido que los de ese encuentro inicial, y no acaba de materializarse: Miller solo escribe escenas sueltas y Gibbons acaba perdiendo el interés por ello.

Esto sería tres años después, cuando a Miller y Gibbons (en los lados de la foto) les diesen el premio Eisner por la obra

Es la intervención de la entonces pareja de Miller, la colorista Lynn Varley, la que saca a Give Me Liberty de la posibilidad de haber acabado en el limbo de los proyectos abandonados: anima al autor de Ronin a que se ponga con ello, comunique su entusiasmo a Gibbons, y hagan de la obra una realidad. Y de ese modo, aunque dos años más tarde de haber sido esbozada, Dark Horse lanza en verano de 1990 la miniserie, para regocijo de aficionados y crítica. Entre 1987 y 1990 Gibbons y Miller no han publicado nada de auténtico relieve (portadas de Lone Wolf & Cub para First Comics el primero, y poco más) así que la expectación es grande. El éxito que se obtiene es grande, y llevaría a los autores a retomar al personaje principal en varias secuelas posteriores, espaciadas a lo largo de los años. Pero quizás no sean tan interesantes, y su éxito creativo sea menor que esta primera serie limitada, así que será únicamente de la que hoy les hablemos.

Give Me Liberty nos cuenta la historia de Martha Washington, una joven afroamericana nacida en 1995 en un guetto institucionalizado que sirve a todos los efectos como prisión preventiva para minorías. Tras pasar por un hospital mental, inicia una carrera militar que la llevará a una serie de aventuras en las que salvará a la república de una conspiración para acabar con la democracia. Y dicho así parece algo bastante rancio y simplón, pero la gracia, claro, está en los detalles. Miller y Gibbons, parten, sí, de conceptos, nombres e imágenes con gran peso en la cultura estadounidense, en su digamos, mitología: la protagonista se llama casualmente como la esposa de su primer presidente; el nombre de la obra está sacado de una cita (“Dadme libertad o dadme muerte”) de Patrick Henry en 1775, en el contexto de la guerra de independencia; y la trama, conscientemente, transcurre por los mismos esquemas de muchas de las historias del literato Horatio Alger durante el siglo XIX: un niño criado en la pobreza, por una combinación de duro trabajo y golpe de suerte del destino, consigue salir de su miseria.

Pero claro, toda esta colección de ecos de la mitología norteamericana está subvertida: Martha no es precisamente parte de la élite privilegiada blanca, como su homónima primera dama del siglo XVIII. PAX, el cuerpo militar de los Estados Unidos, no es una noble institución, sino una fuerza a la que se alistan criminales para limpiar su expediente, un poco como la legión extranjera. Su logo es una mezcla entre la bandera norteamericana y el símbolo de la paz esgrimido en los 60 y 70 por los hippys en protesta contra la guerra del Vietnam, poniendo de relieve la perversión posterior de este movimiento. El mismo nombre nos evoca al imperio romano y a su doctrina de pacificación por la fuerza. El final del presidente Howard Nissen también reafirma esta metáfora.

La visión que Miller y Gibbons nos ofrecen del futuro próximo es cínica, distópica, brutal. La represión de minorías, la guerra, la contaminación, los conflictos internos en territorio norteamericano, la pobreza, la necedad usando la herramienta del voto, y los distintos grupos de interés que afectan el destino del país,  componen el desolador marco de esta historia, donde las únicas medidas institucionales positivas se llegan a producir por accidente, y no durarán.

La influencia de los exitosos trabajos anteriores de los dos autores tiene mucho peso, y la narrativa juega tanto con pantallas televisivas mostrándonos un futuro en el que parece que la sociedad ha enloquecido (al igual que en el Dark Knight de Miller), como con extractos de revistas que nos ponen más en contexto con la ambientación en la que se desarrolla la historia, al igual que en Watchmen. De hecho, hablando de esta obra escrita por Alan Moore, uno no puede evitar acordarse de otra suya, y plantearse si Give Me Liberty no nace, quizás inconscientemente del deseo de Miller de firmar algo así como un equivalente norteamericano a V de Vendetta en una pequeña medida: una historia de política ficción que use la iconografía nacional, ambientada en un futuro distópico no muy lejano. En cualquier caso, lo cierto es que el caldo de cultivo de Give Me Liberty es prácticamente el mismo que dio origen a las obras ya citadas, o a Brought to light, de Moore y Bill Sienkiewicz, por poner otro ejemplo. Pero se dan coincidencias, como con el enajenado villano del Cirujano General, que aparte de a un Darth Vader de la medicina, nos recuerda un tanto a Rorscharch por su pauta de habla.  

El futuro de pesadilla nacional que Miller y Gibbons proponían en 1990 está salpicado por presidentes de sonrisa socarrona, condescendencia, autosuficiencia y medidas fascistas que se van reflejando en el redoblamiento progresivo de las medidas de seguridad para protegerle. Por anuncios de una nueva imagen normalizada para el Ku Klux Klan. Por desastres ecológicos que sirven para plasmar metáforas visuales (como que la Estatua de la libertad debido al aumento del nivel del mar, esté sumergida hasta la cintura). Por guerras abiertas entre corporaciones y naciones. Los autores no se cortan, y la imagen de la supercadena de comida rápida Fat Boy está directamente inspirada en la mascota de la franquicia de la restauración llamada Big Boy, con quizás el esquema de colores de Ronald McDonald.

También hay satélites en órbita armados con láser apuntando a la superficie. Y un movimiento nazi homosexual. Escándalos sexuales salpicando al vaticano. Guerras en otros países que dejan espectáculos dantescos. Unas autoridades sanitarias de tal grado de fanatismo, que uno se plantea si de los que estará hablando Miller no serán más bien de los que se erigen como cuidadores del alma, y no del cuerpo (especialmente porque cuando se tratan de erigir en nación propia usan el nombre “País de Dios”). Antiguos aliados saudíes atentan en suelo norteamericano. Las manifestaciones por los derechos de las minorías se cobran víctimas por la violencia policial, como el padre de la propia Martha.  Los nativos americanos son confinados en un territorio que parece una concesión, pero que termina siendo una trampa mortal para toda su etnia. La miseria y el desempleo son rampantes. Los recortes en el ya casi inexistente sistema de salud dejan en la calle a 200.000 enfermos mentales a su suerte.

Nazis Gays. Cuando leí esto por primera vez, me resultó algo ofensivo. Luego, para mi mayúscula sorpresa, descubrí que efectivamente hay gente así.

Todos estos temas nos suenan ¿verdad? Los Estados Unidos de nuestro mundo no son tan lejanos a los que Miller y Gibbons planteaban, y a los que hace casi una década que alcanzamos. La ciencia ficción ha solido servir a menudo para advertirnos sobre cómo sería el terrible futuro si seguíamos por el camino que transitábamos, o para generar cierta distancia narrativa y establecer crítica, con convenientes metáforas apenas disimuladas, del presente desde el que se elabora la obra. Y eso era en realidad lo que los autores de Give Me Liberty pretendían, no jugar a pitonisos. Preguntado Dave Gibbons hace un par de años durante una entrevista en el Metrópoli Comic Con de Gijón, subrayaba que lo que Miller y él pretendían era eso, generar algo muy pasado de vueltas, ridículo, para verter sus gags sobre el clima político del momento. Luego, resulta entretenido (o escalofriante) contar el número de veces en las que, como Los Simpson, acertaron con la ocurrencia. Pero lo cierto es que, si uno lo piensa, ellos no hablaban del futuro, sino del pasado de ese país: de los ochenta y los setenta.

La carrera espacial, el fin de Vietnam, el escándalo del Watergate, un presidente republicano impresentable, la rebelión de los nativoamericanos tomando Alcatraz, los árabes embargando el suministro de petróleo en 1974, la resaca del movimiento hippy, la ola de patriotismo por el bicentenario de la nación en 1976, la elección del demócrata Jimmy Carter y sus medidas económicas para generar empleo, la crisis de los rehenes de Iran. Todos esos temas históricos de 10-20 años antes de la publicación de la obra son reexaminados en ella. Y luego se avanza hacia esa década de los ochenta de recuerdo excesivamente edulcorado, con la elección de Ronald Reagan, la recesión, los recortes, la iniciativa de defensa estratégica Star Wars, la invasión de la isla de Granada, el accidente nuclear de Three Mile Island, la guerra a las drogas, el ascenso del fanatismo religioso y los telepredicadores, la elevación de la comida rápida a icono cultural, la anteposición de los intereses de las corporaciones a los de los ciudadanos y las naciones, el fin de la carrera espacial con la catástrofe del Challenger, el vertido del Exxon-Valdez, desastres naturales como la erupción del monte St Helen, el huracán Hugo, el incendio de Yellowstone o las olas de calor de aquellos años.

Sobre eso, lo que pasó antes de que se publicase Give Me Liberty, es sobre lo que lógicamente comenta la obra, no de lo que ha ido sucediendo desde entonces. Lo que sucede es que aquellos hechos son remezclados y arrojados a un futuro que ya no es que sea nuestro presente, sino incluso nuestro pasado. Y, claro, el número de tendencias coincidentes resulta asombroso. Pero es que hay ciertas cosas que se van repitiendo a lo largo de la historia del mundo real; especialmente si se dejan sin solucionar determinados problemas sistémicos. Los altercados de esta semana en Minneapolis parecen evocar a los que se produjeron a partir de la agresión policial a Rodney King en 1991. Y simplemente, es porque las causas de fondo de ambos sucesos siguen vigentes. Lamentablemente, es muy probable que se vuelvan a producir cada cierto tiempo hasta que algo profundo cambie.

Rodney King, el padre de Martha, George Floyd y a saber cuantos más…

En consecuencia, parece obvio señalarlo, pero el taimado presidente Erwin Rexall no representa a los desvaríos de Donald Trump profetizados treinta años antes, sino que parodia más bien a Ronald Reagan, como ya Miller había hecho en Dark Knight Returns. De hecho, esa sátira no se ciñe al actor de westerns que dirigió EEUU durante los ochenta, sino también a las presidencias republicanas anteriores, y en concreto de entrada es más bien Nixon. Y todos sabemos que no era de fiar ¿no? Pues resulta que igual no. A Erwin Rexall le sucede en la presidencia de esos EEUU de Give Me Liberty el demócrata Howard Nissen, que, como el Jimmy Carter del mundo real, instauró una serie de buenas medidas para la población, con talante conciliador y de diálogo. Pero pasado un tiempo solo se tiene en cuenta su escaso carácter, su supuesta incompetencia, y sus ( sí también los tuvo, por supuesto), errores y desmanes políticos. El pueblo estadounidense pronto olvida que se le llamó “El salvador del alma de América”, y quieren en la Casa Blanca en contraposición a “El hombre que le devolvió a América sus cojones”. Así que reeligen a Rexall, que pasa de ser Nixon a Reagan, y que luego puede ser Bush,  Bush Jr,  Trump o el republicano que toque llevar a la Casa Blanca, por mucho que no parezca una buena idea, a vista de mandatos pasados plagados de abusos y catástrofes. Give Me Liberty es relevante y sigue vigente porque, como esbozo de la coyuntura de una nación, supo señalar temas en los que Norteamérica estaba y está encostrada, y, por tanto, condenada a repetir.

Igual tiene que acabar escondido en un bunker.

Nota: Tampoco pretende este texto ser señalatorio ni condescendiente con EEUU. Ni este redactor está cualificado para plasmar un análisis riguroso, ni es que por aquí la trayectoria de cultura democrática haya demostrado ser mucho más sana precisamente como para esgrimir ningún tipo de superioridad moral sobre nadie, después de todo . Pero la obra de la que estamos hablando deja caer este tipo de reflexiones en sus páginas, y resulta parte esencial de su contenido.

Prosiguiendo con el tebeo en sí, Miller es suficientemente inteligente como para, aunque designe a los republicanos como bestias fascistas, tampoco ignore los peligros de los demócratas: además de cometer sus propias injusticias y errores, ebrio, manipulado y quizás queriendo compensar sus complejos, Nissen perpetra actos tan terribles como los de sus contrarios ideológicos. Pero por lo menos tiene una conciencia que quizás pueda llevarle a enmendarlos. Sí, parece un Miller muy distinto al que estamos acostumbrados en las últimas décadas ¿verdad? Para ser justo, parece ser que últimamente ha retomado estas posturas ideológicas, anteriores a las más conservadoras que adoptó a principios del siglo XXI.

Las buenas medidas de Nissen le llegan a EEUU en realidad por accidente

Con todo, Give Me Liberty tiene otra poderosa virtud: muy pronto, Miller y Gibbons se dieron cuenta de que se estaban poniendo muy serios, de que los temas que tocaban eran relevantes y de calado, pero que precisamente por ello que corrían el peligro de caer del todo en el panfletismo. Así que, a mitad del segundo tomo, una vez planteado todo el entorno, la historia se torna una aventura trepidante en la que todos esos elementos van interactuando para hacerla más desenfrenada. Predomina la acción emocionante, la aventura pulp incluso, con malévolos ciborgs, amigables niñas deformes con poderes psíquicos, romances con apuestos indios, sangrientas luchas con sables, saltos desde aeronaves, enfrentamientos en la jungla, conspiraciones e intrigas de palacio, o rayos de la muerte desde el cielo. Lo bueno es que Give Me Liberty no renuncia a lo establecido en la crítica política en favor del espectáculo, sino que sabe dar paso a éste utilizando lo anterior.

Los diálogos son frescos y potentes, y cada número da para una lectura reposada llena de tramos distintos y de información, sin hacerse ni un pelo pesada. Resulta curioso no haber caído hasta la relectura en que el grupo de protagonistas está compuesto en su totalidad por personajes de minorías: Por supuesto, la arrojada y poliédrica Martha, más la grotesca pero encantadora AndraJann, y el bravo indio americano de apellido judío Wasserstein. Uno no recuerda que aquello levantase ninguna tóxica polémica en su día entre los aficionados. En ese aspecto, también hemos ido a mal.

El apartado visual es simplemente magnífico. Quizás, y son palabras mayores, estemos ante el mejor trabajo de la carrera de Dave Gibbons como dibujante; sí, tal vez superando a la vaca sagrada que es Watchmen. Y es que se nota que el guion de Miller no es tan minucioso y abarrotado de información imprescindible a transmitir como el de Moore, y eso deja libertad al artista para que dé lugar a un mayor número de bellísimas y espectaculares viñetas de mayor tamaño y splash pages. Contribuyendo a esta belleza visual, y nunca suficientemente aclamado por ello, en el color tenemos al Robin Smith, colaborador de Gibbons en la revista británica 2000 AD, que aquí se marca un despliegue soberbio e increíblemente elegante. La obra recibió en 1991 un premio Eisner a la mejor serie limitada, y es merecido en todos los frentes.

Give Me Liberty ha sido publicada varias veces en español por Norma Editorial. Uno siempre está tentado de recomendar la primera iteración, en cuatro tomos finos en formato prestigio, que al contrario de lo habitual en las ediciones de la época, estaban bien encuadernados y sus hojas no crujen ni se sueltan (ya saben: aquello del famoso formato otoñal). Pero al releerla, los patentes errores de traducción la lastran bastante. Quizás sea mejor recurrir al tomo en tapa dura que la recopila, dado que, como ya hemos dejado caer, aunque hay un cofre que recoge toda la andadura del personaje de Martha Washington en posteriores secuelas, no merecen del todo la pena.

«How», abreviatura de «Howard» = «Como». Ya.