Taika Waititi, comediante hasta la médula

Director de cine y renovador de la comedia. Así es el director neozelandés más divertido.

Cuanto más escribe uno, más consciente es de lo sumamente complejos que son los mecanismos de una comedia. Sonará a tópico, pero la risa es una de las cosas más difíciles de captar de otro ser humano. Si ya resulta muy complicado ser gracioso en persona, a través de un papel es una hazaña digna de dioses. Y mantener el ritmo cómico con chistes que cuentan terceras personas mientras tú te limitas a registrarlo en una cámara con unas determinadas circunstancias, es directamente un milagro.

Sí, como en todo, hay una serie de técnicas. Pero, aunque puedas llegar a manejar todas a la perfección, no quiere decir que vayas a tener éxito en el objetivo de hacer que una o varias personas se desternillen. Hace falta una espontaneidad, un inteligible, que consigue que finalmente logres ganarte al siempre exigente público. Eso es lo que distingue a la comedia de verdad que al graciosillo que cuenta chistes y resulta más pesado que otra cosa.  

Así pues, la comedia es subjetiva. Como buen género dramático y, por tanto, arte, no hay más reglas que las que uno decida seguir. Y además es la que más virulentamente es juzgada. Y es que es fácil: una comedia debe hacer gracia. Si no lo consigue, no funciona. Es un baremo de medir la calidad de una película muy directo, más que con otros géneros. Y, por eso, como creadores es el más exigente.  Hace falta ser valiente para intentar ser gracioso. Y Taika Waititi es, probablemente, uno de los directores de nueva generación con mayores arrestos. 

Taika David Cohen, conocido por todos por su apellido Waititi, es una de las grandes voces de la comedia cinematográfica contemporánea. Y como todos los éxitos, no son flor de un día. Este neozelandés de ascendencia judía (como todos los grandes cómicos del ámbito anglosajón), tampoco es que en sus primeros años hiciera nada que estuviese fuera de lugar.

Hijo de granjero artista y de profesora de cultura europea. Se divorciaron cuando Taika era muy joven y fue su madre la que se encargó, en buena medida de su educación. Eso explica, tal vez, su sensibilidad tan particular y su tema predilecto en toda su filmografía: las intrincadas relaciones en núcleos familiares desestructurados.

También cabría resaltar que al ser un estudiante de arte y no de cine, ha logrado huir de los esquemas comunes y de los vicios que se suelen adquirir cuando un aspirante a director acude a un centro de enseñanza específico. Pero esa libertad está, también, cuando se entiende que Taika no es un director por vocación.

Sus proezas visuales (Edgar Wright o Wes Anderson son influencias evidentes) y su humor no son revolucionarios. Pero pocos son los nombres en el cine de masas que sean la mitad de genuinos, libres y sinceros. Cuando uno se fija en Taika, es imposible disociar su cine de su personalidad, ni mucho menos, de sus otros trabajos.

Los inicios han estado alejados del cine, pero no de la comedia. Antes de dar el salto a la dirección, se labró cierta fama como humorista. Aunque toma su inspiración del legado humorístico de su país (ese humor seco, que no cínico) no tardaría en destacar su nombre gracias a su jovialidad renovadora.

¿Para cuando un remake de La Extraña Pareja con estos dos?

Formó parte del quinteto humorístico, So You’re a Man, del cual formaría parte su colaborador habitual, Jemaine Clement. El grupo se formó en la universidad entre Waititi y cuatro colegas y supondría su primer gran éxito. Hicieron giras por teatros de renombre e incluso compartieron cartel con nombres como el de Simon Pegg.

Este grupo tocaba completamente desnudo la guitarra en un show que mezclaba música y comedia. Esa fue la tónica habitual de los años que vendrían después. Su fuerte amistad con Clement hizo que siguiesen trabajando juntos en los años que estarían por llegar.

En el momento en que se dio carpetazo a So You’re a Man, surgiría The Humorourbeast, dueto por Clement y Waititi. Y ahí le llegó el primer reconocimiento crítico, ya que el premio Billy T. al mejor grupo cómico. Era el respaldo necesario para dar el salto a la interpretación.

Taika hizo sus pinitos frente a la cámara en producciones independientes y pequeñas en Nueva Zelanda, pero su verdadera llamada de atención en el panorama internacional sería gracias a su cortometraje Two Cars, One Night. En él, paradójicamente quiso alejarse de la comedia. No hay personajes extremos ni nada bombástico. Solo una conversación entre tres niños que, con toda probabilidad, está inspirado en una experiencia personal. Terminó recogiendo la estatuilla Andrea Arnold en una ceremonia en la que también competía Nacho Vigalondo. Casi nada.

Ahí es cuando entra a jugar a ligar mayores. Trabajó como actor en algunas películas en Estados Unidos como la denostada Green Lantern y siguió sin dejar de lado su faceta como director.

En sus primeras películas toma literalmente la idea de que el humor debe nacer del dolor. De hecho, hay más drama que humor. Y, de forma progresiva y natural, dio un traspase a aquello por lo que alcanzó la fama en primer lugar: sus alocadas, esperanzadoras y renovadoras formas que conseguir la risa del público.

Eagle vs. Shark, la extrañeza tragicómica

La ópera prima de este peculiar director es, probablemente, la más alejada a lo que se suele asociar con su estilo. Y, a su vez, no desaparece del todo. Esta película se circunscribe dentro de las películas indies que renuevan las comedias románticas clásicas. Y se produjo mucho antes de la eclosión que trajo consigo la popularidad de películas como (500) Días Juntos.

Waititi 1. Megalodón 0.

Sigue teniendo muchas de los temas, filias y fobias de este director, pero tratados con un tono distinto al que terminaría luciendo en su madurez. Es una improbable historia de amor entre dos perdedores que no busca la carcajada. El mood optimista proviene más del espíritu creativo y de unos personajes desesperados que conectan a pesar de ser los menos indicados para hacerlo, que de una búsqueda consciente de comedia a toda costa. Por ese motivo, es difícil clasificarla en un punto en concreto ni mucho menos, sirve para entender cómo funciona la comedia de Taika Waititi.  

En este momento, daría el salto y crearía su primera producción estadounidense: Flight of the Conchords. Ella traería también la conversión de Clement en un nombre a tener en cuenta para las grandes ligas. También supondría el último intento de hacer un retorno a los orígenes ya que la serie estaría co-protagonizada por Bret McKenzie, antiguo miembro de So You’re a Man, a quien tampoco se podría decir que le haya ido particularmente mal.

Esta serie, aunque no contó con un éxito inmediato, ha obtenido un estatus de pieza de culto. En ella, vemos un espíritu iconoclasta que pretende parodiar, desde la camaradería, todos y cada uno de los clichés e imágenes implantadas en la memoria colectiva por los musicales y la industria musical. Probablemente, no estuviera tan alejado de las motivaciones que llevó a reunir el mencionado grupo cómico.

Boy, las fantasías salvadoras

Su siguiente película llegaría cinco años más tarde, en 2010. Probablemente debido, como suele ser habitual, a las dificultades de encontrar financiación para hacer determinado tipo de cine. De nuevo, esta película prima un contenido más dramático que cómico. Aunque la comedia es mucho más explícita. Aquí Taika, probablemente por el camino que ha tomado su carrera con Flight of the Conchords, y una primera película que no terminó de funcionar en comparación con sus otros trabajos, optó por hacer ligeros cambios de rumbo.

De hecho, sus golpes de humor son deudores de la serie y sus momentos dramáticos recuerdan a los proporcionados de Eagle vs. Shark, de una forma más depurada, por supuesto. Sumado a una serie de referencias directoriales que, pasadas por el filtro personal y contextual neozelandés suponen un golpe de aire fresquísimo. De hecho, esta, probablemente, sea la película más autobiográfica de su autor. Al fin y al cabo, trata acerca de la superación de las fantasías infantiles creadas alrededor de un padre ausente (interpretado por el propio Taika).

El humor, al igual que Flight of the Conchords, juega, sobre todo, de nuevo a la parodia referencial de los grandes iconos. En este caso de Michael Jackson. Si es capaz de sacar petróleo, con un presupuesto bajo, de este personaje, no queremos imaginar cómo podría haber resultado el biopic Bubbles, el mono del rey del pop.

What we do in the Shadows, la cotidianeidad de lo extraordinario

Salto a 2014. Y Taika Waititi entró verdaderamente en órbita de los ojos de todo cinéfilo que se precie por la puerta grande. Esta es la primera comedia pura que ha dirigido el excéntrico realizados de Nueva Zelanda. Aunque lo justo es decir que proviene de un cortometraje dirigido en 2005. Los caminos hasta conseguir hacer una película son inescrutables. Y largos.

De nuevo, tomó unos iconos reconocibles, como son los mitos de los vampiros y los desintegró. Pero, al contrario de Flight of the Conchords, fue una propuesta más extrema. Si bien, los vampiros son, tradicionalmente, tan inalcanzables como el objeto de deseo que condena a la perdición, aquí los convierte en seres tan mundanos como el compañero de piso más asqueroso del que hayáis podido disfrutar.

Todos tenemos fotos de bodas más siniestras.

Todo eso, aderezado con una propuesta formal basada en el posthumor, humor en constante búsqueda de incomodidad. Al contrario que en otros ejemplos de este tipo de comedia, como The Office o Parks and Recreation, estos seres no quieren ser grabados. Y, por ese motivo, no se van a cortar en ningún momento. Porque, al final del día, siguen siendo vampiros.

La hilaridad de esta película consiste en hacer mundano algo que no lo es. Y en la desmitificación del mito romántico por excelencia. Además del traslado temporal de personajes que no son de esta época.

En esta secuencia se puede ver una cantidad ingente de mecanismos cómicos presentes. En primer lugar, tenemos el clásico listo/tonto. El dependiente no se lo toma en serio y termina asustado por la presencia maligna. Nosotros, como espectadores ajenos a todo el peligro y teniendo más información que el dependiente, nos reímos de su sufrimiento.

En segundo lugar, está la ruptura de la cuarta pared y la referencia cultural con Crepúsculo. Popularmente, está concebida como una edulcoración del mito vampírico, con lo que uno de ellos se sienta como en esa película y que el otro se enzarce en una pelea por ello, es hilarante.

Por último, tenemos un chiste por montaje. Un personaje hace o dice una cosa y, por corte, se pasa a, precisamente lo contrario. No es un truco nuevo, pero la situación, de nuevo, es tan extrema que es inevitable soltar una carcajada.

A raíz de todo lo que ha supuesto esta producción, ha traído con éxito una serie para FX que expande el universo de una manera, sencillamente, memorable (solo a él, ya con cierto estatus, se le podría haber ocurrido hacer el crossover más ambicioso jamás hecho de vampiros que han dejado sus colmillos en la cultura popular) y el spin off Wellington Paranormal.

Hunt for the Wilderpeople, el animal fuera de la jungla

Su siguiente incursión volvió a ser una película eminentemente neozelandesa. Un chaval problemático es entregado por recursos sociales a sus tíos que viven alejados de toda urbe.

Esta película entra en diálogo directo con Boy, ya que vuelve a tratar temas como la madurez. No obstante, se ha optado por hacerlo desde otra perspectiva, sin que por ello se sacrifique nada de humanismo.

Todos somos Ricky. Especialmente cuando nos toca ir al supermercado.

Esta, a su vez, es la primera película en la que sus referentes cinematográficos pasan a ser más textuales. Tal vez se deba a que contaba con un mayor número de medios y, por primera vez, trabajaría con una estrella como es Sam Neill.

Esta película habla acerca de cómo se civiliza un chaval en las circunstancias más impropias para ello. De nuevo, vuelve a posicionarse en una mirada infantil y algo marginal (se nota que tiene interés por personajes que no son los clásicos héroes. Y si le toca acercarse a uno, se dedicará a ridiculizarlos constantemente, como sucede con Thor).

Y, a pesar de todo lo expuesto, esta película no rehúye de hacer humor incómodo. De hecho, vamos a hablar de la escena más divertida y negra de la película.

¿Qué mecanismos nos encontramos aquí que nos hacen risa? En primer lugar y el más evidente, es un manejo muy sutil y experto de los silencios. Una pausa después de una determinada sentencia conduce inevitablemente a que nos riamos.

Por otro lado, tenemos a un personaje que representa la sabiduría y la espiritualidad diciendo cosas absurdas. La gracia nace de esa disonancia entre lo que un personaje es y las palabras que salen de su boca, que no se corresponden con lo que podemos esperar de él. O se corresponden llevadas a un extremo grotesco.

Todo ello envuelto en una circunstancia trágica en la que la risa no debería estar. Y si está, actúa como una liberación de la que luego nos sentimos mal. Un escenario bien escogido puede ser en sí mismo un plus para conseguir despertar el sentido del humor.

Thor Ragnarok, la absurdez autoconsciente

Y llegó el pelotazo. Manejar grandes presupuestos para Marvel Studios supone una presión sobre los hombros de quien decida firmar con esa productora. Además, la relación entre identidad y libertad, normalmente, es inversamente proporcional tanto respecto a la inversión que hagan a tu película, como con los espectadores que puedas llegar a obtener.

Por tanto, guste más o menos, las películas de Marvel son muy homogéneas y diseñadas por comité para contentar a un público determinado. Cuando la apuesta es tan grande, hay que mirarlo todo con lupa.

¿El Thor con más chispa?

Y, sin embargo, existe Thor Ragnarok. Esta película solo puede ser calificada como una rareza de gran presupuesto. Si pensamos en películas palomiteras, pocas se pueden comparar a esta locura sobre raíles. Es una explosión controlada de colores y es la película más estimulante de toda la oferta del Universo Cinematográfico de Marvel.

Además, esta película ha redefinido como pocas a un personaje como es Thor que, hasta ese momento, flaqueaba cuanto más en serio y más cercano quería ser a la épica de los cómics. Taika condujo a Chris Hemsworth a su vis cómica, hasta ahora, desperdiciada en las anteriores apariciones del personaje. En muchos sentidos, Thor Ragnarok puede ser interpretada como la primera película del dios nórdico.

Además, su sombra ha impregnado al resto de películas. Y es que esta manera tan desinhibida de irrumpir en el Universo Marvel da un paso más allá a los gags para convertir la película en todo momento en uno muy grande.

Recupera cierto espíritu camp de tíos ridículos en mayas dándose guantazos con otros tipos más ridículos y dinamita cualquier atisbo de seriedad añadiendo la psicodelia y los colores de Kirby al son de Inmigrant Song.

Y, por ese tono de locura infantil y jovial, sumando, de nuevo, algunos de los temas presentes en toda su obra, se puede decir que es primero una película de Taika Waititi y, segundo, una de Marvel Studios. Y se podría decir que que es el único director del que se podría decir eso.

Y, por si fuera poco, Taika logró realizar una serie de cortometrajes que recuperaría el mockumentary que le lanzó al estrellato. Que alguien explique cómo Marvel accedió a semejante movimiento kamikaze.

Jojo Rabbit, la sátira política

Este subgénero ha tenido grandes exponentes y cuando uno piensa en él piensa en grandes nombres como Charles Chaplin o Stanley Kubrick. Son grandes las obras cinematográficas que han consistido de sacar los colores a los dirigentes del momento en que se produjeron las películas.

El revisionismo histórico si bien es un posicionamiento moral y social más cómodo, no es menos cierto es que solo analizando el pasado podemos extrapolar algunas cuestiones todavía vigentes. Sin embargo, por su carácter vital, esta misión de hacer un mordiente análisis a la Alemania Nazi le vino grande y finalmente ha terminado siendo una película que no encuentra su foco y, por ende, no es todo lo incisiva que debería haber sido.

Dicho lo cual, Taika es, por derecho propio, uno de los nombres con mayor calado en la comedia contemporánea. Y sigue siéndolo, incluso, en sus propuestas más fallidas.

 

Taika tramitando su afiliación al grupo skin de su zona.

Para ejemplo, vamos a seguir el mismo ejercicio tratando de comprender esta escena.

En primer lugar, se logra la comedia a través del contraste con un juego metatextual con el espectador. Cuando uno piensa en la Gestapo tiene una imagen muy tenebrosa de ese órgano nazi. El casting de alguien con aspecto de no haber roto un plato, como es el de Stephen Merchant (actor que además es una torre, lo cual sirve para dejar claro visualmente el estatus de superioridad del que goza ese personaje) hace que esa imagen buenista de la Gestapo sea cómica, teniendo en cuenta de cuál es su cometido. A su vez, encaja a la perfección con el tono y el punto de vista inocentón del protagonista.

Por otro lado, tenemos un running gag clarísimo con el constante saludo nazi que se repite tres veces, el número exacto para que funcionen este tipo de chistes sin llegar a cansar. Posteriormente, Taika volverá a emplear ese mismo recurso, pero con fines más cercanos a generar tensión dramática que cómica.

Por último, el remate de la escena es el silencio con el que el oficial de la Gestapo analiza el lenguaje no verbal del general interpretado por Sam Rockwell. Se genera una tensión debido a la impredictibilidad de la respuesta de Merchant. La comedia está en el momento en que no sospecha de él, mostrando que de observador tiene poco, a pesar de que sus acciones indiquen lo contrario.

Probablemente esta sea la escena con mayor sutilidad respecto al resto del metraje. Y se capsula todas las buenas intenciones de la que ha partido esta propuesta.

Esta última película hasta el momento le traería su esperado Oscar a mejor guion, lo cual no es otra cosa que el reconocimiento crítico y posicionamiento internacional. Es uno de los directores de nueva hornada más cotizados y este hombre desnudo dorado en miniatura viene a evidenciarlo. El futuro de este incansable y prolífico currante está por ver, pero todo parece indicar que será positivo.

Lo que está claro es que el director neozelandés tiene una comprensión profunda de la vida. Su honestidad reside en ser capaz de lograr darte un abrazo a la vez que te rompe el corazón. Elimina toda la neblina de todas las complicaciones de nuestras vidas y consigue que, al menos, durante la duración de una película todo sea claro. Sin pretenciosidades, egos o artificiosidad. Solo personas siendo tan patéticas como todos nosotros. Y orgullosas de serlo. Ya quisieran muchos.