The Mandalorian, el cazarrecompensas solitario de Disney+ y su Baby Yoda llegan a España

Hemos sentido una perturbación en la fuerza por la Península.

Es oficial y rotunda la llegada de Disney+ a territorio español. Y lo ha he hecho en un contexto, aparentemente, inesperado, pero, desde luego, muy conveniente para sus intereses. Su apuesta es clara: contenido de carácter infantil. Lo es hasta tal punto que la compañía del ratón ha optado por censurar aquellos elementos de las producciones de décadas del pasado que a día de hoy pueden resultar polémicas.

Pero hay anomalías dentro de ese catálogo. Cosas que destacan por encima de la tónica general. La punta de lanza de un contenido de otro carácter, por el momento, es un mugriento cazarecompensas de la saga que sucedió hace mucho, mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana.

En España, Disney+ ha optado por la emisión semanal de episodios. Eso afecta también a The Mandalorian. Aunque es una decisión tomada desde el principio y ese fue el modelo por el que se optó en su emisión en Estados Unidos. Aun así, resulta llamativa esa estrategia y cómo puede servir para ganar tiempo de cara que se puedan reanudar las producciones congeladas. Disney+ es la más joven de las plataformas y necesita contenido original propio para que los posibles suscriptores escojan esta plataforma frente al resto de la competencia.

Dicho lo cual, pasemos a estudiar los dos episodios disponibles en España. El detonante de la serie tarda en llegar en su primer episodio. Se toma con calma el presentar el mundo y el protagonista (a quien, como en las buenas historias, se le presenta llevando a cabo acciones. Dando información a través de lo que el personaje hace, no por lo que dice. Que es poco, por otra parte). Y el primer punto de giro no hace acto de aparición en estos episodios. Así que, con esto, se entiende que la serie tendrá un ritmo pausado. Es una serie muy seca y bastante violenta, para tratarse de lo que estamos hablando. También tenemos a un personaje descarnado, nada emocional. Tan frío como el metal que lleva cubriendo su cuerpo.

No queremos fotos. Solo estamos saqueando.

Se plantea una misión suicida. Es contratado por el Imperio, totalmente en ruinas (siempre es de agradecer que Werner Herzog marque su acento alemán, ya que conecta con la inspiración de George Lucas en la Alemania nazi) para rescatar y entregarles a un bebé, que se encuentra escondido en un entorno hostil, en malas manos.

Tras el primer episodio cuyo cliffhanger es la aparición de cierto bebé sin nombre, el segundo episodio hace una apuesta formal muy potente: ser mudo durante buena parte de este. También es un tanto discutible la premisa de la que parte: ¿Si su misión era tan exigente y dura, no debería haber ido con la nave cerca de dónde está el niño? ¿No es un error de novato aparcar en la otra punta del planeta, si este es hostil? Pero es algo menor y a los puntos a los que conduce son más interesantes que si no se hubiese producido dicha premisa. También tenemos una caracterización de un personaje, vemos cómo actúa en circunstancias complicadas. Además, se nos dan datos que conducen a especular alrededor del motivo por el que el bebé es tan importante para su contratante.

Es un episodio que abraza y explicita totalmente sus referentes. Los planos en el desierto son herederos de la figura de Sergio Leone (y este lo fue de los grandes directores americanos de western, como John Ford). A su vez, es inevitable pensar en Lobo Solitario y su Cachorro, con un antihéroe teniendo que hacer frente a un mundo en el que no encaja a la vez que protege a un niño. Es una incografía que tenemos completamente interiorizada pero que resulta interesante vela pasada por el filtro de Star Wars.

La labor interpretativa de Pedro Pascal es sumamente compleja. Se le ha eliminado el principal recurso que tiene un actor y suple esa carencia con una interpretación muy física. Logra expresar y transmitir con poco, sin que nos demos cuenta.

Ojito, que a partir de este punto se va a hablar de la serie como un todo. Pueden haber SPOILERS del resto de la temporada. I have spoken!

The Mandalorian es una serie con más de un error de guion que han repetido más de una vez: algún ex machina por aquí, alguna cosa que sucede sin justificación a alguna por allá, algunos problemas de ritmo… De hecho, la serie está descompensada en sus tramas horizontales y verticales. Cuando hay episodios completos que se desvían de la trama general, da la sensación de que están ahí para cumplir con los episodios pactados pero que los guionistas no han conseguido sumar el suficiente contenido dramático como para hilar una temporada completa.

Eso se agrava con una cuestión que, por otro lado, logra que mantengas el interés en un producto: la decisión de contar con la dirección venga firmada de nombres de prestigio. Nada tiene que ver el episodio de Bryce Dallas Howard que con el de Taika Waititi (atentos a la conversación entre los dos soldados del imperio en el episodio final). Pero a la vez, se adaptan ambos a la identidad visual y formal de la serie. Ese punto en el que los directores disponen de libertad creativa a la vez que se respetan unas señas de identidad de la serie sería lo idóneo para satisfacer a todas las partes.

El mandaloriano dándose un paseo con Kuiil, una de las alianzas que forjará en la serie.

La serie destila una humildad en el momento en el que sabe dónde se ubica y lanza un mensaje de aceptación y homenaje constante a sus referentes, que van de los cinematográficos a los de los cómics (la citada Lobo Solitario y su Cachorro). Tenemos mucho de spaghetti western y de cine de samuráis (de hecho, el cuarto episodio es un clarísimo remake de Los Siete Samurais, una de las películas legendarias de Akira Kurosawa que, casualmente, no tardó en trasladarse al western americano con Los Siete Magníficos. Fun fact: ese es el episodio de Bryce Dallas Howard y maneja unos códigos que, tradicionalmente, han estado ligados al género masculino).

En suma, es un tono y un tipo de serie que nunca habíamos visto en la franquicia Star Wars. Eso quiere decir que es un golpe de aire fresco a una franquicia necesitada de ello. Tome ejemplo de las mejores cosas que nos ofreció Rogue One y nos conduce a terrenos menos arquetípicos de lo que es característica principal de la saga. Aunque no esté del todo bien llevado el arco del personaje, sí que hace que se enfrente a conflictos internos complejos. De hecho, el personaje es antipático, frío, sin mucha humanidad pero alcanzará la redención.

Tras el injustificable desencanto por parte del fandom con el Episodio VIII y el absurdo cierre del Episodio IX, el público busca algo que les haga mantener la esperanza en la saga. Y esta serie logra ese objetivo con nota. Además, Jon Favreau (que, por otra parte, viene de una de las peores películas “live action” que jamás ha producido Disney. Y mira que no era fácil) y Dave Filoni no solo han conseguido crear ese producto, si no que han generado una unanimidad en la satisfacción del público. Y no era tarea sencilla.

Cuando un producto se ha realizado con cierto cuidado, conocimiento y ganas se nota en todos y cada uno de sus planos. Incluso cuando flojea la serie, se nota una pasión y un esfuerzo en hacer las cosas lo mejor posible.

The Mandalorian no es una serie perfecta ni competitiva respecto a otras. Pero tampoco creo que busque ser un Breaking Bad. Dentro de esos márgenes, es un entretenimiento de primer orden. Tanto para seguidores o no de la saga. Cumple más que de sobra con los objetivos que busca. Es precisa, discreta y directa, como el punto de mira de mira que te está apuntando en vuestra frente sin que te des cuenta.

Y sí, Baby Yoda es muy mono y roba todos los planos que sale.