El Fuego, el apocalipsis flamígero según David Rubín

Astiberri publica uno de los cómics más ambiciosos, implicados y apasionantes del respetado artista gallego.

El pensamiento apocalíptico es algo que habrá cruzado la mente de cualquier persona con un mínimo de observación a su entorno: sociedades cada vez más desiguales en lo económico y polarizadas en lo político, un cambio climático imparable ante la inacción de quienes ostentan el poder (normal, si se tiene en cuenta que serán los que se salven si sucede la hecatombe), pandemia. Y por si fuera poco una brutal guerra ha impactado en la vida de quienes no tienen la culpa gracias a la infumable inflación…

Es inevitable tener estas ideas. Y, depende de en qué circunstancias, hasta pensar que es la opción deseable. En cualquier caso, es algo que ha permeado en la ciencia ficción. La ilusión que causó la llegada a la luna ha sido sustituida por un pesimismo fatalista más que patente.

Y ahora llega El Fuego de David Rubín. Un cómic ambicioso que tiene mucho que decir con respecto al contexto en el que la humanidad se está moviendo. La premisa pone al lector en mano de Alexander Yorba. Es un arquitecto que ha diseñado una colonia en la luna para salvar la humanidad (o, al menos, eso cree) frente a un imparable asteroide que destruirá la Tierra. Sin embargo, ese es el plan B. Las esperanzas están puestas en una lanzadera que puede que acabe con la amenaza.

El mundo de este arquitecto salta por los aires en el momento en el que se le detecta un cáncer que acabará con su vida en poco tiempo. Lógicamente eso le conducirá a una crisis existencial en la que deberá, por primera vez, entender claramente quién es y cuáles son las consecuencias de sus acciones.

El cómic, al igual que un referente como puede ser Vivir de Kurosawa, está estructurado en distintos fragmentos en los que se presenta distintos retazos de una vida específica. Pero al contrario que la película, aquí se trata de deconstruir (o destruir) y que tanto el protagonista como el lector se replanteen algunas de las decisiones vitales.

Y es que es ahí donde reside la potencia incendiaria de la obra: todo el artificio, en verdad, no es más que una metáfora alrededor de la alienación que puede tener cualquier persona. Especialmente aquel que se cree que está ciego y se cree importante en una causa errónea de la que no es más que un peón al servicio de fuerzas que configuran la realidad y nunca pierden una sola partida. Y eso, efectivamente, es algo con lo que cualquier lector puede identificarse.

Como también lo hace con un personaje cuyos conflictos internos, sus matices, errores, virtudes y contradicciones son profundamente humanas. Se ha construido desde una gran habilidad a la hora de afrontar las complejidades del individuo, en lugar de hacer una historia arquetípica.

Lo sea o no, se antoja como una pieza en la que se deja ver de forma más evidenciada la personalidad del artista. De alguna manera, este proyecto se percibe como un esfuerzo de exhibición de la situación y la visión de un autor en su madurez. Una que pega con la fuerza de un adolescente inconformista y las reflexiones de alguien que ha visto mucho y ha hecho un gran esfuerzo de autoconocimiento.

El hecho de que haya un gran conflicto alrededor del fuero interno de un personaje, otorga a El Fuego de un valor filosófico y lírico que lo asocian con personalísimas e innovadores y existencialistas acercamientos al apocalipsis como puede ser Melancolía de Lars Von Trier. Se aprecia referencias tanto de la cultura popular como de creaciones más exigentes. En cualquier caso, este es un trabajo en el que un gran mcguffin alimenta la presión y la desesperación del protagonista en su relación con el entorno.

La anagnórisis que lleva a cabo consiste en encontrar qué es lo verdaderamente importante en un mundo que condiciona hasta la propia identidad para convertirla en una marca. Y ese es el verdadero fuego: las ideas nocivas que rigen la vida. Seamos conscientes o no. Y un llamamiento a que lo seamos hasta que sea tarde. Es una tesis tan incómoda como valiosa.

Por tanto, el valor simbólico aquí manejado es de primer orden. Tiene un gran nivel de complejidad, a la vez que es accesible en la medida en que tiene mucha verdad. El Fuego te agita y te deja arrinconado. Y eso, visto lo visto, es de algo más fundamental que nunca. Todavía hay mucho por lo que luchar.

Este se trata de un proyecto pasional que Rubín ha luchado por que vea la luz durante años. Su mayor peso en la industria estadounidense, ha provocado que El Fuego se fuera aplazando hasta que el orensano pudiera volcarse. Y se puede decir sin el menor atisbo de duda que la larga espera se ha visto recompensada.

Antes de nada, cabe destacar la lucha e implicación del autor por hacer industria dentro del mercado español, a pesar de estar trabajando en Estados Unidos. Que una pieza de esta envergadura tenga su edición original en España es de agradecer. Son estos los pasos que, con suerte, servirán para fortalecer este mercado.

Ninguna palabra que se pueda escribir aquí hará justicia al apabullante arte que reside en estas páginas. El autor lo da todo en este relato y, lejos de acomodarse, no deja de sorprender y de ser impredecible. Maneja los recursos del cómic como pocos y sabe qué composiciones emplear para captar y mantener la atención del lector en todo momento. No deja de sorprender y es de esos casos en los que no se sabe qué tipo de página puede uno encontrarse cuando las va pasando… Es un veterano con una carrera muy extensa a sus espaldas y eso se traduce en un aspecto visual tan impactante como estimulante.

Emplea un estilo muy reconocible que da mucho dinamismo a este cómic. El diseño de personajes es icónico, y lanza imágenes para el recuerdo. Su mundo es perfectamente creíble y respira. Se nota el tiempo y esfuerzo que se ha depositado aquí con el objetivo de disipar cualquier duda que pudiera haber acerca de la capacidad de transmitir la visceralidad y la fuerza a través de su trazo. Y, por si fuera, se nota que ha buscado experimentar manejando distintos estilos dentro de estas viñetas.

El artista tenía que ser más vibrante de lo que ha sido nunca si este proyecto quería hacer arder la imaginación del lector. Y por supuesto que lo es.

Desde luego, el autor goza de un momento dulce con la publicación en poco tiempo de Cosmic Detective y El Fuego. Ambos proyectos se enmarcan en un mismo género, pero del contraste estético entre ambos se evidencia el manejo experto de los códigos característicos de las distintas variantes de la ciencia ficción. Mientras que en una opta por una lisergia colorista, aquí se ha buscado darle unos tonos más oscuros e, incluso violentos. Priman los tonos rojizos, verdosos y amarillentos (siempre apagados), lo cual da una atmosfera de decadencia palpable al entorno que aquí se presenta.

Astiberri edita este cómic en un formato impresionante que permite a uno deleitarse con mayor detalle del portento gráfico que es esta obra. Además, ha visto la luz en dos idiomas: el gallego y el castellano, con lo que puede ser accesible a un público mayor. A su vez, contiene un interesantísimo epílogo de Fernando de Felipe.

El Fuego te abrasará, te destruirá y no quedará más que polvo…. Pero de ti depende de si quieres renacer o ser pasto de las llamas.