El Nuevo Universo, cuando Jim Shooter jugó a ser Dios Creador

El Nuevo Universo no surgió de un delirio demiúrgico de Jim Shooter, sino de un encargo de unos directivos muy nerviosos que ni el empeño del editor pudo sacar adelante.

Del Big Bang al Little Universe

Se dice que cuando Jenette Kahn fue nombrada en 1976 Publisher de DC, en la fiesta de presentación estuvo departiendo con los autores de la casa y al joven escritor de la Legión de Superhéroes (25 añitos de nada) le preguntó qué haría él para revitalizar a DC. Jim Shooter, desde sus dos metros la miró y dijo: “Borrarlo todo y empezar de cero”. De aquí podemos pensar que el germen de lo que luego sería Crisis en Tierras Infinitas surgió en ese momento, pero todo lo que cuenta Shooter es tan ameno e interesante como discutible.

El caso es que uno de los principios editoriales por los que se ha regido siempre Shooter ha sido esa máxima de “Cualquier tebeo puede ser el primer tebeo de alguien”, en el sentido de que debe ser lo suficientemente claro para que a ningún neófito se le quiten las ganas de seguir leyendo cómics. Shooter pensaba que las continuidades demasiado alambicadas (o sea, las de cualquier editorial con más de cinco años de historia) eran veneno para conseguir nuevos lectores. Cuando se convirtió en Editor en Jefe de Marvel en 1978, enseguida una idea empezó a rondar su mente. El Big Bang.

Shooter tenía claro que aquello que no funcionara había que eliminarlo y reemplazarlo por algo nuevo. Notoria fue su pelea con Doug Moench, cuyo Shang Chi, un título con unas ventas aceptables pero que disgustaba a Shooter y al que quiso matar. No cancelar la serie para mejor ocasión, no, sino matar al personaje y sustituirlo por un ninja o algo similar, sin que le importara que un personaje fuese chino y un ninja fuese japonés. Pero Shooter fue más allá y también quiso que Thor, también escrito por Moench, muriese junto a todo Asgard y que otro personaje que no fuese Donald Blake encontrase el bastón. Tanta intromisión acabó hartando a Moench que dejó Marvel para irse a DC. O se tuvo que ir tras dar una entrevista en la que contaba los locos planes de Jim Shooter. Los editores tuvieron que salir en tromba para desmentir a Moench y decir que, “tranquilos, aquí nadie va a matar a nadie” para tranquilizar al fandom.

Pero Shooter seguía darle vueltas a esa idea de un reinicio fuerte del Universo Marvel, algo que él llamaba el Big Bang, consistente en una luz en el cielo que mataría a todos los héroes del Universo Marvel que serían reemplazados por nuevas versiones. Es decir, ese nuevo Spiderman no sería Peter Parker, el tímido estudiante, sino un John Smith que podría ser fontanero u oficinista. No era nada nuevo, ya lo había hecho DC a finales de los 50 con las nuevas versiones de Flash o Linterna Verde, o Marvel con la Antorcha Humana en los 60. La idea no gustó nada en el bullpen, donde pensaban que era una tontería cambiar personajes que funcionaban bien, o hacer que los mismos equipos creativos de los personajes que no funcionaban hicieran nuevas versiones de los mismos. Y, salvo honrosas excepciones, la Historia ha demostrado que, realmente, esa estrategia no funciona. Sí, te estoy mirando a ti, Thunderstrike, o a ti, Amadeus Cho.

Una nueva propuesta aún más radical proponía cerrar todas las series y empezarlas desde cero, aunque aquí Spiderman sería Peter Parker, pero otro Peter Parker actualizado. Tony Stark no tendría que ver con Vietnam ni Reed Richards sería veterano de la II Guerra Mundial. Es decir, la jugada que pocos años después hizo DC tras Crisis. O tras Flashpoint. Pero como hemos dicho ya, Marvel estaba teniendo tanto éxito y vendía tan bien que disuadía a las altas esferas de cualquier cambio radical. Hasta que las cosas empezaron a no ir tan bien, claro, o no lo bien que ellos querían.

En 1984 Jim Galton, el presidente de Marvel reunió a todos los vicepresidentes, incluyendo a Jim Shooter como responsable de la línea editorial. Galton quería un revulsivo que alejase a Marvel de una DC que le empezaba a recortar terreno y, sobre todo, que hiciese atractiva a la empresa ante una eventual venta, porque Cadence Industries, la empresa dueña de Marvel, estaba en proceso de liquidación y cierre, y los directivos querían salir con la mayor cantidad de dinero posible. Además, en 1986 se cumplían 25 años del inicio de la Marvel moderna con Los 4 Fantásticos y querían celebrarlo con un evento especial para, de paso, anular comercialmente el plan de DC de revitalizar sus cómics con motivo del 50 aniversario que celebrarían en 1985.

Jim Shooter levantó la mano y contó su idea de cerrar todas las colecciones y empezar de cero, añadiendo a la propuesta el pago generoso de royalties tanto a los autores implicados -para atraer el mejor talento de la industria- como a los autores originales de los personajes -para compensarles, evitar futuros litigios y crear buenas relaciones públicas-. La idea no gustó por los motivos antes dichos: las ventas iban muy bien y nadie, salvo Shooter, quería arreglar algo que no estaba roto. Como alternativa, Shooter propuso crear un Nuevo Universo de personajes totalmente distintos a los habituales de la editorial. Nuevos personajes, nuevas historias, nuevo enfoque, y un inicio fresco que podría atraer nuevos lectores. Shooter recibió el visto bueno y un presupuesto bastante generoso de entre 120000 y 250000 dólares, según donde lo leas.

Todo empezaría con una luz blanca en el cielo.

Hijos del Evento Blanco

Aunque casi estuvo a punto de no empezar. Un par de semanas después, Shooter fue llamado por Galton, que le preguntó cuánto había gastado. “Unos 10000 dólares”, contestó Shooter. “Pues ni un centavo más”, le ordenaron. Otras fuentes afirman que el recorte fue escalonado, pero las causas y sus resultados fueron los mismos. Ante la inminente venta los directivos habían decidido recortar gastos. Shooter pensó por un momento que la iniciativa Nuevo Universo había sido cancelada pero no era así. Le dijeron que siguiese adelante, pero sin presupuesto extra. Desde ese momento Shooter solo pudo contar con voluntarios: Archie Goodwin, que era una excelente persona, y asistentes de editor que querían hacer méritos. Shooter era consciente de que no podía contar con autores estrella como era su intención porque nadie iba abandonar su lucrativo trabajo en Thor, Los 4 Fantásticos, Spiderman o La Patrulla-X para embarcarse en un proyecto aparentemente condenado al fracaso. Cierto, salvo una excepción: precisamente el dibujante de La Patrulla X, John Romita Jr.

Jim Shooter cuenta que Romita Jr. llamó a su despacho e insistió en dibujar el cómic que iba a escribir Shooter, a pesar de que este le quiso disuadir porque Romita iba a perder dinero por ello. Tanto insistió que lo logró, para regocijo y sorpresa de Shooter. Como sorpresa fue que el legendario dibujante y entintador Al Williamson se ofreciese para entintar a Romita Jr. La versión de Romita Jr. es que Shooter fue el que le hizo la propuesta prometiéndole que el personaje sería como el Superman de Marvel y que le haría ganar mucho dinero.

Alguien tan controlador como Shooter quería que este Nuevo Universo tuviese unas premisas claras contra la manera más orgánica e incluso aleatoria con la que se habían creado los Universos Marvel y DC que, según él, daban lugar a un sinfín de incongruencias y fallos de continuidad. En eso tenía razón, pero a cambio habíamos conseguido personajes inmortales e historias imperecederas. Pero, en aquel momento, la consigna era “realismo”, una palabra que a muchos nos produce escalofríos. Recordemos que estamos en los 80 y muchos de los cómics que tenían éxito o lo iban a tener de manera inmediata proponían un tono más verosímil, sin tecnologías imposibles, invasores extraterrestres, poderes disparatados ni panteones de dioses mitológicos además de presentar protagonistas moralmente más ambiguos. Además, las acciones de estos nuevos personajes sí tendrían consecuencias en el “mundo real” frente a este Universo Marvel en el que mientras que mientras Galactus viene a devorar el mundo tú fichas en la oficina y te pones a revisar facturas como si no pasara nada. Otra regla era que el tiempo pasaría al mismo ritmo que en nuestro mundo. Cada doce números habría pasado un año para los protagonistas. Se trataba de mostrar “el mundo tras la ventana”, la famosa frase de Stan Lee que acabó convirtiéndose en uno de los eslóganes de este Nuevo Universo que Jim Shooter en ocasiones llamaba, modestamente, Shooterverso.

La premisa era sencilla: el 22 de julio de 1986 a las 4.22 de madrugada, hora de Nueva York, el cielo se iluminó, breve pero rotundamente, por una luz blanca que alteraría la genética de 2 personas por cada millón. De esta manera, unos 9850 seres humanos se convertirían en “paranormales” desarrollando poderes y/o cambios en su forma física. El primer número de Star Brand aparecería el día 15 de julio y otras siete colecciones irían apareciendo en semanas sucesivas.

El camino hasta ese lanzamiento no había sido fácil. Shooter comisionó a Tom DeFalco para que dirigiera la nueva línea, pero este no supo bien cómo enfocarlo, así que el propio Shooter tomó las riendas y dirigió una tormenta de ideas con DeFalco, Archie Goodwin, Eliot R. Brown, John Morelli y Mark Gruenwald, ideas que luego serían desarrolladas por una serie de guionistas y dibujantes que, en su mayoría y como reconoce el propio Shooter, fueron contratados porque eran novatos o no tenían trabajo en ese momento.

Star Brand era el título estrella de la colección, con Shooter poniendo todo su empeño en el guion y John Romita Jr. teniendo roces constantemente con el guionista que le hicieron abandonar el título tras ocho números para recalar, felizmente, en Daredevil. El protagonista, Keneth Connell era un mecánico de Pittsburgh (la ciudad natal de Shooter) que obtiene grandes poderes cósmicos. En principio intentó ser un superhéroe genuino, pero ese empeño pronto se diluye y a lo que se dedica el protagonista es a vivir su vida y a intentar deshacerse de los poderes. A pesar de todo, fue el título más interesante de la línea protagonizado además por un personaje que no dejaba de ser un trasunto del propio Shooter y anticipando ese concepto de postsuperhéroe de principios del siglo XXI.

Spitfire and the Troubleshooters contaba la historia de una brillante ingeniera del MIT que, ayudada por cinco estudiantes, construía una armadura bastante más mazacote que la de Iron Man pero tan armada como la de Máquina de Guerra. Escribía Gerry Conway y dibujaba un Herb Trimpe que ya se encontraba en retirada de la industria con la edición de un novato Bob Harras.

D.P.7 (abreviatura de “7 paranormales desplazados”) era un grupo de paranormales que escapaban de una clínica cuyo objetivo era controlarles la mente y usar sus poderes militarmente. Estaba realizada por Mark Gruenwald y un principiante Paul Ryan y editada por Ralph Macchio.

Justice presentaba a un caballero exiliado de otra dimensión mágica desde la que vino por un portal abierto por el Evento Blanco, dedicándose a ejecutar malhechores. No le faltaba ni el mullet ochentero ni el guardapolvo de nuevo romántico. Archie Goodwin escribía y dibujaba Geoff Isherwood en uno de sus primeros trabajos. Editaba Michel Higgins, que también se ocupaba de Star Brand, Kickers, Inc. y Nightmask

Kickers, Inc. era un equipo de futbolistas (entiéndase: fútbol americano) profesionales que forman un grupo de superhéroes sin tener superpoderes, salvo el quarterback. Eran un equipo de “arregla entuertos” cuyas aventuras escribía el propio Tom DeFalco con dibujos de otro recién llegado que pronto se volvería inseparable de él, Ron Frenz.

Mark Hazzard: Merc era un mercenario y veterano de Vietnam, sin poderes y su historia lidiaba con el estrés post traumático y con cómo afectaba su carrera a su vida civil. Otro cuasi debutante, Peter David, firmaba el guion que ilustraba un veterano (50 años) Gray Morrow. En este caso el editor era un joven Jim Owsley que aún no había cambiado su nombre a Christopher Priest.

Nightmask, obra de Archie Goodwin y un prometedor Tony Salmons entintado por Bret Blevins, relataba la doble vida de Keith Remsen, cuya habilidad paranormal consistía en poder entrar en los sueños ajenos. Pesadilla en Elm Street acababa de estrenarse.

Finalmente, Psi-Force era un grupo de adolescentes con poderes psíquicos con un mentor que era un agente del FBI nativo americano que moría en el primer número. Uniendo su energía mental creaban una entidad llama Psi-Hawk, al igual que los Jóvenes Eternos de Jack Kirby se unían formando el Hombre Infinito. Escribía Steve Perry, que tuvo una carrera en los cómics que solo abarcó un par de años con dibujos de unos casi debutantes Mark Texeira y Kyle Baker. Editaba Bob Budiansky, el mítico guionista de Transformers.

Solo leyendo estas breves sinopsis podemos entender que las reglas fundacionales del Nuevo Universo se las pasaron mayormente por el forro. Algunos personajes no tenían nada que ver con el Evento Blanco, había supertecnología capaz de crear armaduras superpoderosas, magia y un par de seres de inmenso poder. Incluso lo del paso “real” del tiempo era relativo. El primer año de D.P.7 contaba solo unas semanas de la vida de los personajes, y el nº13 presentaba un salto temporal para poner la serie al parejo del resto. Además, la idea caía en lo que podemos llamar “trampa de la verosimilitud”: cuanto más realistas quieras que sean las consecuencias de los actos de los superhéroes, más te alejas de nuestro mundo, como bien demostraría casi en paralelo Watchmen.

El Nuevo Universo vendió muy mal para los parámetros de la época, unos 150000 ejemplares de media, ni mucho menos lo que se esperaba para un lanzamiento tan publicitado. En un 1986 en el que tanto DC como Marvel estaban produciendo cómics de altísima calidad cuando no algunos de los mejores títulos de la Historia, nadie prestó excesiva atención a unos cómics con personajes no demasiado atractivos a priori, realizados por nombres casi desconocidos. Shooter se puso muy nervioso por estos resultados, lo que unido a la presión que iba notando ante la inminente venta de Marvel, exacerbó su carácter tiránico y controlador. Los títulos sufrieron un incesante carrusel de cambios de equipos creativos que no hicieron ningún bien a la línea, nombres como Mark Bagley, Mike Vosburg, Bob Hall, Cary Bates, Keith Giffen, David Michelinie, Danny Fingeroth, Fabian Nicieza, Terry Kavanagh, Roy Thomas,…  Los propios Shooter y Romita Jr. abandonaron Star Brand en el nº 7. Sin embargo, Paul Ryan se dibujó los 32 números de D.P.7.

El Nuevo Universo se convirtió en blanco de burlas cuando no de venganzas. Es bien conocida la parodia de Shooter que John Byrne, con la complicidad de Len Wein, perpetró en Leyendas, donde Guy Gardner se enfrentaba con un tal Sunspot, que era una parodia de Star Brand con la cara de Jim Shooter que decía cosas como que tenía “el poder de crear un Nuevo Universo”. El villano se derrotaba a sí mismo pegándose, literalmente, un tiro en el pie. La inquina no quedó ahí: el 4 de abril de 1987 John Byrne hizo una fiesta en su casa a la que asistieron un buen puñado de trabajadores de Marvel donde quemaron un muñeco relleno de ejemplares del Nuevo Universo que representaba a Jim Shooter.

Para principios de 1987 Marvel ya tenía nueva dueña, la empresa New World Pictures, que tenía intención de renovar a Shooter, pero que cuando se enteraron de la animadversión que sentía el personal hacia él decidieron no hacerlo, se dice que tras ver un vídeo con la quema de la efigie del editor en jefe. Shooter cuenta que él hizo lo posible para que le despidieran y así cobrar la jugosa indemnización. Eso sucedió el 15 de abril de 1987.

La vida después de Shooter

El Nuevo Universo continuó bajo la dirección editorial del sucesor de Jim Shooter, Tom DeFalco. En octubre de 1987, y tras doce números, cerraron Kickers, Inc., Mark Hazzard: Merc, Nightmask, y Code Name: Spitfire, la efímera serie de cuatro números que intentaba sustituir a Spitfire and the Troubleshooters. En septiembre de 1987 un John Byrne recién vuelto de DC tomaba las riendas como autor completo de Star Brand, que adoptaba una periodicidad bimestral, dándole una orientación mucho más superheroica. Conociendo el ego de Byrne está claro que no podía decir que no al ofrecimiento de Howard Mackie, que editaba el título. Todo lo que fuera meterle el dedito en el ojo a Shooter era de su agrado. El título pasaba a llamarse The Star Brand, dándole más énfasis al poder que al protagonista y abriendo la posibilidad de que más personajes ostentasen dicho poder. Los intentos del protagonista para deshacerse de su poder ocasionaban la destrucción total en plan Akira de Pittsburgh, la ciudad natal de Jim Shooter, en un especial titulado The Pitt, escrito por Mark Gruenwald y Byrne y dibujado por Sal Buscema.  A este suceso se le llamó el Evento Negro. Además el protagonista tenía un hijo que tenía su mismo poder y que se manifestaba como un bebé brillante y chungo.

Este intento de cambiar el statu quo se reflejaba tanto en los cuatro títulos supervivientes como en otro especial The Draft, escrito por Gruenwald y Nicieza y dibujado por Herb Trimpe, donde se intentaba registrar y militarizar a los paranormales, y en The War, donde los Estados Unidos culpan a la Unión Soviética de la destrucción de Pittsburgh y se revelaba que Ronald Reagan y el Ayatolá Jomeini eran paranormales. Todos intentos fútiles, porque en enero de 1989 John Byrne daba carpetazo al experimento contando, vía viajes en el tiempo de los que tanto le gustan, que el Evento Blanco fue creado por el propio Ken Connell ya anciano en un nuevo intento de desembarazarse de su poder. Tras esto, todas las colecciones supervivientes cerraron en febrero de 1989 completando 32 números, salvo en el que caso de The Star Brand, que cerró en el 19.

Los personajes del Nuevo Universo aparecieron en años posteriores en Quasar, en Spiderman 2099 y en Los Exiliados, además de un número especial por el 20 aniversario de la iniciativa, Untold Tales of the New Universecon portada de Romita Jr, guion de Jeff Parker y dibujos de Javier Pulido con el cachondo título de «Aventuras en el mulletverso». Tampoco podemos olvidar, aunque todo el mundo la haya olvidado, la versión que realizaron Warren Ellis y un Salvador Larroca en su apogeo calcafotos titulada newuniversal publicada en 2007 con motivo del 20 aniversario del Nuevo Universo, y también es remarcable el uso que le dio Jonathan Hickman a los conceptos y personajes en su andadura en Vengadores.

A pesar de sus muchos defectos, el Nuevo Universo marcó el camino para los posteriores universos superheroicos que surgieron como setas en los años 90, creados a partir de férreos conceptos editoriales y con un desarrollo encorsetado y poco espontáneo. El Evento Blanco es una de las inspiraciones de Joe Straczynski, que ya lo ha remedado en Rising Stars o en The Resistance. Pero es Jim Shooter el protagonista de uno de esos “herederos” del Nuevo Universo, el Universo Valiant que dirigió tras un intento infructuoso de compra de Marvel en 1988. Allí vertió su idea de un universo más realista, donde la muerte de los personajes tuviera sentido y no fuese una puerta giratoria. Shooter aprendió de los errores cometidos y trajo a la editorial a autores de calidad contrastada y con capacidad para aguantarle como Bob Layton, Barry Windsor-Smith, Steve Englehart, David Lapham o Don Perlin y creó a personajes mucho más atractivos que los del Nuevo Universo, como Shadowman, Rai, X-O Manowar, Archer & Armstrong o Eternal Warrior. Eso no le libró de volver a ser despedido cuando la línea editorial apenas llevaba un año de andadura por desavenencias con los dueños de la empresa. Lo que es seguro es que sonrió cuando, sin necesidad de un Big Bang, Marvel presentó versiones actualizadas de sus personajes en forma de Universo Ultimate.

¿Piensas que Zack Snyder es un visionario? Si dices eso es porque no conoces a Jim Shooter.