¿Y el Salón? Bien, gracias.

Hacemos recuento de nuestras sensaciones en el reciente evento comiquero

Había muchas ganas de volver a juntarnos todos, de volver a un salón del comic. Y esta primera edición del Madrid Comic Pop Up era la ocasión propicia.

Pero cualquier comienzo de un salón del comic es complicado, surgen muchos problemas inesperados, hay demasiadas cosas que pulir y las circunstancias eran difíciles, cuando menos:

Tras una pandemia global de la que no acabamos de salir, sin la posibilidad de traer invitados internacionales, con poco tiempo para montarlo y luchando contra el miedo y la lógica aprensión a lugares cerrados repletos de mucha gente, la dirección de Comic Pop Up se enfrentaba a un reto. Y una parte importante de ese reto es definir qué quieres ser, hacia donde enfocar el proyecto.

¿Volver al origen, al comic, al arte, o seguir con el rollo «expofriki» o «Comic Con», con un tono marcadamente «peliculero y americano»? ¿Son incompatibles o deben convivir? Probablemente esa sea una pregunta para otro momento. Pero es seguro que esa indefinición no ayudó a esta edición.

En cualquier caso, nos encontrábamos otra vez en IFEMA, un lugar bien comunicado y preparado para convenciones, y estábamos deseando ver a los amigos, desvirtualizar a los mutuals de twitter y conseguir esa firma de ese dibujante de comics. La excitación se podía notar en el ambiente… ¡Habíamos vuelto!

La primera impresión al entrar en el pabellón 6 era de… pobreza, sinceramente. Había grandes espacios vacíos en un pabellón que ya habían recortado por dentro. Faltaban muchos stands. Los precios poco competitivos por metro cuadrado echaron atrás a tiendas y posibles expositores.

Una vez más, había pocos comics en el salón del comic. Es cierto que cada una de las tiendas presentes ofrecía material muy interesante; pero se antojaban escasas para lo que debería ser un evento de estas características.

Eso sí, hay que resaltar que varios de los expositores que fueron manifestaron estar bastante satisfechos del resultado; vendieron bastante y acabaron existencias, como comentaba Ricardo Esteban de Nuevo Nueve ya el sábado por la mañana.

 

La exposición de Goomer, de Ricardo y el recientemente fallecido Nacho, era realmente buena y representativa de la obra. Resultaba un gustazo deambular por ella, recibir flashbacks de cuando lo leímos originalmente, y apreciar la manufactura de los originales, con todos esos detalles, de color, de trazo, que inevitablemente se pierden a la hora de ser reproducidos. La dedicada a Jorge Fornés, con reproducciones de páginas digitales que ya han empezado a calar como icónicas, resultaba impresionante. Y la del TMEO, hacía un certero repaso visual a los nada menos que 34 años de historia de esta publicación fundamental para el cómic español.

El stand del Witcher de Netflix era espectacular y valía la pena hacer cola para verlo por dentro. Pero era el único de su clase; seguramente eso se solucione por sí mismo en años venideros cuando esté más asentado.

Había Funkos, claro. Hoy en día no se puede dar un paso sin ver Funkos. Pero tampoco tantos. Y no había tiendas con profusión de Black Series y Marvel Legends. Faltaba Merchandising.

Hay que reconocer que el ring de wrestling fue la estrella de la función. Los luchadores dieron un buen espectáculo, auténticos atletas y actores entregados. No podías evitar sonreír como un niño al verlo. Aunque, por divertido y simpático que sea, no es que sea una actividad que tenga demasiado que ver con los cómics. Además, resultaba muy intrusivo para con el resto de actividades programadas: el volumen sonoro de su retransmisión y música acompañante no dejaba oír las charlas que se celebraban al mismo tiempo, es decir, la mayoría. Es necesario pulir ese aspecto de cara a siguientes ediciones de algún modo, porque constituye un verdadero problema.

Mención aparte merecen los cosplayers. Dan color y vida a los salones de comic y deberíamos apreciar más los currazos que se meten para hacer sus disfraces. Me ilusiona ver a un cosplayer con un traje original y bien hecho. ¡Todavía me arrepiento de no haberme sacado una foto con Magneto!

Por supuesto había autores de comics de grandísimo nivel, auténticas estrellas de los tebeos y todos nacidos en España. Somos muy afortunados al tener a gente como Carlos Pacheco, Jorge Fornés, Daniel Acuña, Cafu, Iban Coello, Fernando Dagnino, Kenny Ruiz, Kike Vegas… realizando sesiones de firmas y haciendo acto de presencia en el evento. Además, teníamos artist’s alley con autores como Francis Portela, Juapi, Arantza Sestayo o Tirso Cons, por enumerar solo a algunos. Y aunque (siendo sinceros) nos hubiera gustado presencias internacionales, este año era imposible; no se puede echar en cara a la organización. 

Uno de los triunfadores del Comic Pop Up fue Kromic Bruck, alias Adolfo Saro, con la presentación de su libro El Poder de los 80. Las largas colas de firmas resultaron sorprendentes en un autor novel. Otras charlas a las que acudimos incluyeron las de la historia del TMEO, o la de Paco Hernández sobre la divulgación del cómic en redes. Y además estaban las varias de índole didáctica sobre creación que la escuela ESDIP ofreció, como en la que Jorge Fornés desglosó la narrativa que ha plasmado en la maxiserie de DC dedicada a Rorschach sobre los guiones de Tom King.

Pero en definitiva lo que quiero reflejar en este artículo era el ambiente eléctrico, la alegría de los reencuentros tras dos años difíciles, los abrazos entre desconocidos que se han hecho amigos durante el confinamiento a través de las redes. La Comic Pop Up tuvo problemas, pero no le importaron a nadie, no era el momento de quejarse ni de exigir, sino el de celebrar nuestra afición al comic y los amigos que hemos hecho gracias a ella.

Fue un puente de diciembre mágico. ¿Y el Salón? Bien, gracias.