El Born Again de Daredevil. A la caza del superhéroe

Reflexionamos sobre la redefinición que Frank Miller y David Mazzucchelli llevaron a cabo con el Hombre Sin Miedo, quizás la obra definitiva sobre el personaje.

…“No he perdido nada”, dijo, y rió como un niño…

Fragmento de Dios y Patria, #232 Daredevil

La primera vez que leí lo que se conoce como Born Again de Frank Miller y David Mazzucchelli, con color de Richmond Lewis y Christie Scheele, fue como complemento de ocho páginas en la colección de El Asombroso Spiderman editado por Forum. Estoy seguro de que en aquella primera lectura no supe apreciar la trascendencia de este arco de siete números (#227 al #233 del primer volumen americano de Daredevil) con el que Miller retomaba el personaje. Intuía que era algo distinto, claro, como me había pasado con la lectura de Los Nuevos Mutantes de Chris Claremont y Bill Sienkiewicz, pero mi yo lector de aquellos años disfrutaba sobre todo con Los Vengadores, Los 4 Fantásticos o La Patrulla X, modelos que seguían una narración más estrictamente superheroica. Aquel niño que yo era seguramente prefería identificarse con héroes que transmitían esa sensación de asombroso. Les pedía a los cómics que fuesen algo más que cómics, hasta llegar a imaginar que uno podría entrar en las viñetas de tanto leerlas.

Con los años, mi experiencia lectora se ha visto modificada. No ha sido raro que me sorprendiese una sensación de insatisfacción cuando las fórmulas usadas en las series de superhéroes se repetían. Esa insatisfacción nace no de lo que me ofrecen las viñetas que leo, sino de lo que yo les empiezo a pedir a ellas después de décadas leyendo historias. Reconozco que todavía hoy pido a menudo que lo imposible contamine la realidad mientras leo; recuperar esa lectura primigenia del niño que fui.

Pero entonces me pregunto: ¿sabría apreciar la caída y la redención de Matt Murdock que cuentan Miller y Mazzucchelli en Born Again?

Estos autores dejaron atrás la ingenuidad asociada al género de superhéroes, buscaron ponernos en tantos lugares distintos que no es otra cosa que la fascinante misión de las historias atemporales. Y todos sabemos que cuando una ‘obra’ es atemporal siempre se volverá a ella (más si cabe, en la actualidad, una época en la que con más frecuencia de la que se debiese se suelen reciclar ideas y conceptos de un modo derivativo), que es lo que pasa con Born Again.

Frank Miller volvió a la serie para seguir donde la había dejado después de Ruleta, con un Matt Murdock/Daredevil repleto de dudas. Miller siempre ha sido un autor que no se imita a sí mismo. Explora el arte de la narración secuencial para trasladarlo a la dimensión humana del personaje que escribe en cada momento. Matt Murdock/Daredevil fue el primero al que Miller destruyó para comprobar que podía hacerlo renacer a través de las cosas que ha perdido. O dicho de otra manera, personas que se convierten en héroes por aquello a lo que han renunciado, que averiguan con la sonrisa de un niño que máscara y persona son indisolubles para trascender su condición de personaje y convertirse en símbolo.

Con el tiempo he regresado varias veces a estos números que se recopilan como una obra cerrada y contenida. Pero en realidad la trascendencia de Born Again es mayor porque está dentro de la continuidad del personaje. Sin duda alguna, ahí radica uno de los primeros logros de lo que consiguieron Frank Miller y David Mazzucchelli. No se ampara en un universo paralelo o en una novela gráfica que deje atrás el enorme peso de las historias contadas del Hombre sin Miedo. Y todos sabemos que es más complicado contar algo nuevo y perdurable dentro de la ortodoxia de una continuidad con tantos años a la espalda, que hacerlo al margen, de un modo independiente. De ahí que me pregunte si hoy día sería posible hacer Born Again. No hablo de un tebeo esencial y coetáneo como Batman: El regreso del Señor de la Noche, también de Miller, ni de otros títulos capitales de los años Ochenta que fueron claves para reformular el género de superhéroes. Acaso el Batman Año Uno, posterior a Born Again, y también de los mismos autores, es lo más cercano a estos siete números de Daredevil que hablan del final y del comienzo, porque se insertan en la colección del murciélago. De lo que no hay duda es que Miller estaba en pleno apogeo creativo, y Mazzucchelli, que había estado dibujando la serie con guiones de Dennis O’Neil, lo alcanzaría en el proceso de este arco esencial.

El abismo de la realidad

La ambición de Miller y Mazzucchelli fue más allá, mucho más allá con Born Again. Reformuló la esencia del género de superhéroes dibujando un triángulo invisible que conecta el origen del género a finales de los años treinta con el inicio de la década de los 60, esto es, cruzar de una vez el mito y la persona para ser uno, un hombre que mantiene la fortaleza del niño, es decir, del héroe. Nadie mejor que Frank Miller entendió las contradicciones y ambigüedades de Daredevil y, a la vez, del propio género de superhéroes. El carácter religioso y el laico, la inevitable pugna entre el componente fantástico y la realidad, para mostrar la soledad, la humanidad y los flaquezas morales y éticas en una historia repleta de grises y condenadamente estética que juega con la ambivalencia proponiendo al lector un caudal de experiencias y lecturas que contaminan lo real y la persona que somos en el momento de leerla.

Los autores usan el medio (o más bien le exigen) que sea algo más que simples tebeos, porque no se conforman con menos. Como el historiador romano Claudio Eliano describía los hábitos de las moscas y cómo estos insectos podían morir para ser devueltos a la vida a través de un procedimiento muy sencillo. Este consistía en coger a la mosca muerta, cubrirla de ceniza y esperar a que el sol la reanimara. Da lo mismo que lo que Eliano contase fuese verdad o mentira. El poder del texto radica en el hecho de que un niño cogiese una mosca muerta, le echara ceniza encima y esperase a que los rayos de sol la reanimara para que volviese a volar. Obviamente la mosca no voló, ni esa vez, ni el resto de veces que el niño lo intentó. Y ya sabemos que el culpable de una decepción es el decepcionado y no el que decepciona. Todo esto viene al caso, porque en muchas ocasiones me ha sacudido la decepción no ya de lo leído por primera vez, como por lo que he releído por segunda, tercera o cuarta vez, como si aquella primera lectura hubiera sido irreal e imposible y no tuviera compensación con la vida. Porque todos sabemos que aunque una historia suceda en el espacio exterior y no en el asfalto de una ciudad, las buenas historias nos acercan a nosotros mismos, favorece la energía para temer menos la vida, para hacer cosas que no te atreves a hacer. Sin embargo, todas las veces que releo Born Again me parece que lo leo por primera vez, me arrastra y me inquieta y me desnuda igual que Miller y Mazzucchelli desnudan a Matt Murdock. No exagero. Con seguridad, estas siete entregas de Daredevil me reconfortan al formular posibilidades de la persona que soy, alguien que sabe que ser uno mismo es muy poca cosa, ¿verdad Matt?

“¿Quién hablará de Matt Murdock?”

Born Again tiene una evidente simbología cristiana y supone una crítica a la América de Ronald Reagan, pero por encima de cualquier consideración expresa la única pregunta válida de toda trascendencia: ¿Quiénes somos?

El guionista y el dibujante llevan a Matt Murdock de la oscuridad a una nueva luz, a la vez que revela, a través de esta caída y renacimiento de una trama cruda y criminal, poco frecuente en el género de superhéroes, los mecanismos ocultos de la corrupción y de control social. 

El camino del héroe

Desde la primera página de “Apocalipsis” (#227 Daredevil), dividida en 5 viñetas (dos rectangulares y tres verticales) hay una tendencia a la configuración claustrofóbica del espacio poco habitual. En esas viñetas vemos un personaje roto, Karen Page, antigua novia de Matt, a la que la vida ha golpeado en sus sueños llevándola a la adicción, a hacer porno, y todo por una dosis, una yonqui que vende la identidad secreta de Matt por una nueva dosis de heroína.

Daredevil. ¿Oyes? Ése es su nombre. Pero tiene otro. Y lo he escrito aquí. ¿Lo quieres o no?

Esta línea de diálogo de Karen Page funciona como Judas en la representación de La Pasión de Cristo. Pero lo que aquí nos interesa es el lado de desesperanza y muerte, esa debilidad del personaje y cómo los autores a menudo colocan a los personajes a contraluz en las situaciones importantes. Es un juego plástico de sombras y luces que pone de manifiesto la agresión del cuerpo y la mente. El siguiente será el de la inmensa figura de Kingpin cuando le llegue el sobre con la identidad secreta de Daredevil. A partir de este momento, en una narración milimétrica y agobiante, el mal encarnado por este hombre orondo orquestará un plan para que Matt Murdock lo pierda todo, absolutamente todo, y solo pueda pensar en sobrevivir. Las cuatro últimas viñetas representan la culminación de esa destrucción en la que Matt recoge entre lágrimas los restos del traje en los escombros de su casa que acaba de volar por los aires.

Así comienza “Purgatorio” (#228 Daredevil), con Matt sin dinero, perdiendo la cordura paulatinamente, sobreviviendo en un cuartucho sin calefacción, sin comer, sin dormir, sufriendo paranoias que contrastan con la enorme presencia de Wilson Fisk en su ventanal que da al Empire State. Matt es un despojo, está completamente abatido, enloquecido, y, en ese estado, va a luchar contra Kingpin. Es una pelea descarnada. Matt, un hombre bueno, bondadoso, termina en la calle. Un vagabundo. Alguien sin nada. A la intemperie. Un paria. Destruido por el mal. Es entonces cuando empieza a recordar las palabras de su padre. Un luchador.

“Paria” (#229 Daredevil) muestra el abandono en un ambiente navideño que potencia la orfandad del personaje. Un abandono que lo lleva a sus orígenes, al gimnasio de La Cocina del Infierno. 

Me hice un luchador como tú. Incontables horas con el saco. Pegando… Pegando… Me lo hiciste prometer por mi madre. Mi única alegría. Nunca pude compartirla. Ahora, todo lo demás ha muerto. Sólo vive el luchador. Sólo el luchador”.

La visión crítica de la ciudad también se refleja aquí en ese contraste entre la Manhattan que compra favores, donde está el poder, corrupta, que contempla Kingpin desde su atalaya y el barrio en el que nació Matt, Hell’s Kitchen, a ras del suelo, por los que se arrastra el protagonista hasta terminar en brazos de Maggie, la monja que es más que eso, en un dibujo a página completa que representa la Piedad de Miguel Ángel, ese dolor y sufrimiento del cadáver de Jesús que simboliza el de Matt Murdock.

Por eso, antes de recuperar su nuevo yo, necesitará purgar su cuerpo y su alma. Morir y “Nacer otra vez” (#230 Daredevil). Dormir, comer, no pensar. Matt vuelve a ser un niño. Lo debe aprender todo de nuevo. Ni siquiera puede andar. Así empieza la recuperación de su identidad secreta. Una salvación que se produce en ropa de calle y que se representa entre Matt Murdock y Daredevil. Pero este Daredevil es un psicópata contratado por Wilson Fisk, que ha mandado matar al mejor amigo de Matt, Foggy Nelson. Antes de esta pelea cargada de simbolismo, hemos visto una escena relevante protagonizada por Melvin Potter, un antiguo criminal rehabilitado al que ayudó Daredevil, que se dedica a confeccionar trajes, y al que Kingpin le ha ordenado que confeccione un traje de Daredevil. Melvin se debate entre hacerlo o no, si no lo hace le quemarán el negocio, pero sabe que si lo hace el traje traicionará a la persona que le ayudó. Entonces, a contraluz, Matt le dice a Melvin: “Haz el traje. No pasará nada”. Esa sombra renacida que tranquiliza a Melvin antes del combate entre Matt y Daredevil, una manera de cazar al viejo superhéroe y hacer claudicar lo que fue. De este modo, Matt recuperará el traje desde que lo agarró entre sus manos cuando Kingpin provocó que su casa saltara por los aires. Es un hombre renacido en el que no hay dualidad posible, máscara y persona, niño y hombre.

Pero estos tebeos no solo representan el viaje de ida y vuelta de Matt Murdock, el resto de secundarios tienen la misma importancia y su propio trayecto esencial. Karen Page, esa mujer dura y frágil, huye de otro infierno en busca de la única persona que puede salvarla. Su necesidad de llegar a Estados Unidos puede leerse de muchas maneras. O el periodista Ben Urich, que conoce la identidad de Matt desde el número 164 de Daredevil, y que lo niega durante el arco narrativo de Born Again tres veces, como Pedro negó a Jesús, para volver a decir su nombre y destapar (contar) las podredumbres de un sistema que descubre su verdadera cara en las dos últimas entregas de este ciclo. 

La aparición del Capitán América en los dos últimos números cobra un simbolismo nítido, llevando la lectura del tebeo a algo más exigente, político, social, económico, radiografía del propio género, ya que no se conforma con ser un simple tebeo, que extrapola su naturaleza a través de esta aventura estética.

Los creadores han asumido riegos y desafíos para abrir nuevas fronteras en la hibridación del género negro, el de superhéroes y un naturalismo narrativo que ancla el dibujo de Mazzucchelli, muy alejado de lo que vendría unos años después, a inicios de los noventa, con la hipertrofia propuesta por Jim Lee y compañía. En los trazos de Mazzucchelli se observan ecos del dinamismo de Gene Colan, de Alberto Breccia, de Mort Cinder y el ritmo que el Miller dibujante desplegaba en sus composiciones, porque una de las más evidentes influencias de Mazzucchelli es la de Miller. Ambos entendían la narrativa secuencial de la misma manera. Su estilo turbio y realista junto al texto que combina varios puntos de vista otorga densidad a una historia que va de lo individual a lo colectivo.

Como decíamos, los dos últimos números (#232 “Dios y Patria” y #233 “Armagedon”) tienen un significado demoledor sobre el país y la sociedad americana, como si los autores tuvieran un escalpelo filosófico/crítico para diseccionar su idea del sistema. En esos números, Kingpin, que tiene vínculos con la cúpula militar, se hace con los servicios de Nuke, un soldado secreto de la CIA que sembrará el terror en Hell’s Kitchen. Nuke es un tipo desquiciado, un mero instrumento del gobierno, adicto a las anfetaminas que tiene la bandera estadounidense en el rostro. Pero representa lo contrario al Capitán América y, también, a Daredevil. No es ya que la ciudad esté podrida y sea corrupta, es que lo está el mismo sistema, las instituciones, las estructuras de poder que lo derrochan hacia el ciudadano de a pie y que en estos números adopta la figura inmensa de Kingpin. Esto se desenmascara en tres viñetas reveladoras: Nuke en un primerísimo plano tenso aludiendo a “Los muchachos” (los soldados fallecidos); Kingpin agarrando la bandera americana con medio rostro en negro y una tercera con Nuke de espaldas y Kingpin frente a él a oscuras con la luz en la bandera de Estados Unidos mientras dice “…Juntos, hemos formado una triple alianza… la política, el ejército y las finanzas… unidos contra la locura que nos rodea, la decadencia del espíritu americano. Hay quienes dicen que estamos conspirando, que somos traidores… Un hombre amenaza con destruir lo que hemos construido, me llama asesino. No soy un asesino, hijo mío, solo un hombre que ama América…

Cazando héroes

Hay muchas formas de cazar a un león, como hay muchas formas de cazar a un superhéroe. Habrá algunos que me digan que para cazar un león lo más sencillo es ir al zoo con una escopeta y pegarle un tiro, que es algo semejante a colocar a un héroe en una pelea molona con un villano atractivo, en acciones tan imposibles que niegan el mismo avance de la historia. Aunque no deja de ser la opción sencilla, sin duda alguna no trasciende su condición de personaje para convertirse en símbolo, ni por asomo se propone romper el punto de vista existente de un género cíclico.

Este camino lo evitan Frank Miller y David Mazzucchelli. El suyo es una narrativa secuencial que consigue el acto alquímico de mayor intensidad: sin darnos cuenta no estamos leyendo las viñetas de un cómic, sino que estamos dejando que esas viñetas nos lean a nosotros. Nos está transformando en otros que estaban dentro de nosotros, por lo que nos está agrandando. Born Again es uno de esos tebeos. El que reconcilia al niño y al hombre. El que hibrida los orígenes de los primeros héroes como Batman o Superman con la mirada o nueva identidad que proponen Stan Lee y Jack Kirby en los sesenta para crear un nuevo carácter individual y hacerlo avanzar por derroteros más estimulantes. Para demostrar acaso que el camino puede modificarse y no está agotado.

Cuando lo estamos leyendo, esas páginas nos enseñan a cazar un superhéroe de verdad, el de la perplejidad que nos pregunta: ¿Quién eres?, o ¿Quiénes somos?

Estos son los tebeos que hacen que la experiencia lectora no se conforme con ser meros tebeos que cazan leones en un zoo, sino que hacen avanzar el medio, el género, a nosotros con sus diferentes lecturas. Tebeos que nos llevan a los lugares que solo aquellos tebeos capaces de hacernos volver a nacer, a mirar desde la adultez con la mirada infantil-juvenil, a saber que todo adulto atesora un niño dentro y que cualquier niño aspira a soñar como un adulto que es un héroe, consiguen. Y, sí, claro, Born Again es uno de esos tebeos.