Las Historias Jamás Contadas de Spiderman – La telaraña de los discretos

Kurt Busiek y Pat Olliffe firmaron en los años noventa una de las mejores etapas jamás publicadas de Spiderman

Dudo que veáis más Historias Jamás Contadas de Spiderman…al menos no escritas por mí. Me lo pasé bien en esa colección, pero ahora estoy ocupado con otras cosas y creo que es mejor dejarle Spiderman a otros. Hace mucho tiempo que Kurt Busiek (Boston, 1960) pronunció esas palabras, pero, de momento, ha cumplido a rajatabla su intención inicial de no volver a escarbar en el pasado del arácnido más célebre de Marvel.

Dicen que no debe volverse con frecuencia a los sitios donde uno ha sido muy feliz. Realmente, cuando el guionista recibió el encargo de Tom Brevoort para guionizar Legado del mal no podía imaginar la fuente de inspiración que le resultaría aquella indagación sobre las maldades del, por entonces, difunto Norman Osborn.

Corría la década de los noventa y el carismático universo de Spidey se hallaba en una locura de decisiones editoriales apresuradas y rocambolescas conjuras del clon. Costaba enganchar a las nuevas generaciones hacia un icono de las viñetas con décadas y múltiples colecciones a sus espaldas. De la misma forma, la audiencia fiel se frotaba los ojos, hastiada de lo irreconocible que les resultaba su querido Peter Parker en unos años realmente oscuros.

Bob Budiansky y Danny Fingeroth estaban buscando alguna fórmula mediante la cual Marvel pudiera empezar algo nuevo con el trepamuros, pero sin adulterar la esencia. Se hablaba de volver al pasado y Busiek, con la paciencia de un archivero, se sentía capaz de hallar esa alquimia que estaban buscando.

Lástima que todo comenzó con un error de cálculo…

Aquellos maravillosos años

Universidad. Gwen Stacy. El Coffe Bean. Compatibilizar los exámenes finales con villanos como El Rino o Kinping. Pocos instantes perduran en el imaginario popular del Spiderman clásico como sus años en la Empire State University. Sin duda, la editorial pensaba que evocar esa nostalgia en una colección sería un oasis en aquellos tiempos noventeros… ¡pero Busiek se presentó con múltiples ideas sacadas de la época de instituto de Peter Parker, sus días como nerd angustiado por mantener el disfraz lejos de la mirada indiscreta de su tía May!

El revés pudo haber sido definitivo, aunque había algo en esa aproximación. Desde Amazing Fantasy # 15 (agosto de 1962), el corpus que Steve Ditko y Stan Lee habían marcado para el origen y descubrimiento de los poderes del héroe más amistoso de la Casa de las Ideas parecía palabra revelada. De cualquier modo, Busiek había hecho los deberes con rigor historiográfico y la precisión de un cirujano para incorporar sus propuestas entre esas aventuras clásicas con más cabos sueltos de los que parecían a simple vista.

Paralelamente, Pat Olliffe, quien ya gozaba de buena reputación por sus lápices para ilustrar a iconos galácticos como Adam Warlock, siguió el mismo impulso que Busiek, aunque teniendo más información y presentando unas ilustraciones que evocaban a la perfección el ambiente de comedia romántica superheroica que John Romita tan bien supo insuflar a Peter, Harry, May Jane, Gwen o Flash Thompson en sus años dorados.

Lejos de amilanarse por el error de Busiek, el artista aceptó la apuesta a doble o nada.

Al rojo vivo

Septiembre de 1995. El primer ejemplar de Las historias jamás contadas de Spiderman resulta un cómic sorprendente en su contexto por… la increíble normalidad. Ello no es motivo de crítica, sino de encendido elogio, nunca mejor dicho por el villano que puso en liza: El Abrasador. Un Spidey bisoño y capaz de hacer chistes malos en mitad del peor de los peligros es recibido por una descarga de llamas.

Un número autoconclusivo bien narrado donde todas las piezas se encontraban en su sitio, incluso un capitán George Stacy que empieza a hacerse preguntas sobre esa supuesta amenaza que tanto pregona el Daily Bugle. Fiel a sus raíces, Busiek hace una velada alusión a los tejemanejes de Norman Osborn desde las sombras, pero lo importante es la capacidad de hacer un inicio, nudo y desenlace sin fisuras o falsos adornos.

Si se observan los bocetos originales de Olliffe para conseguir el puesto, hay una dulzura propia de John Romita al presentar a Peter y Gwen de forma bucólica en un paseo romántico. Ahora, al saber que se adentra en los territorios del maestro Steve Ditko, sabe adecuar el trazo del lápiz para representar a ese joven estudiante atormentado que el genio de Pensilvania casi usó como su alter ego en las viñetas.

Más anguloso, pensativo y con la mirada baja. Trajes encorsetados del primero de la clase y mirada tan talentosa como huidiza a través de las gafas. El dibujo de Las historias jamás contadas de Spiderman se alejaba de la moda imperante, de las posturas imposibles o los músculos de gimnasio pasado por inyección de esteroides. Todo es tan simple que atrapa, como si volviésemos a pasar las páginas de Amazing Fantasy.

Julián M. Clemente lo ha afirmado en diferentes ocasiones: Stan Lee y Steve Ditko hicieron algo que suele funcionar con el público: presentaron todos los defectos de su héroe desde la página inicial donde recibía calabazas y las burlas del resto de la clase. Desde ese momento sin pudor, cualquier audiencia está dispuesta a asumir también sus virtudes sin cuestionárselas: que sea tan listo como para fabricarse sus propios utensilios de héroe o que tenga un agudo humor que oculta bajo la timidez, plagado de referencias a la cultura pop.

Busiek es un discípulo más que digno de la Edad de Plata, algo que ya exhibe en apenas el cuarto número de la colección. Ante la perpleja mirada de su padre, el coronel John Jameson le ofrece algunas de sus conclusiones sobre el arácnido. Olliffe, con una economía de espacio perfecta entre las viñetas, muestra la realidad cotidiana del día a día del adolescente, la cual no se parece en nada a la imagen que se ha hecho su investigador sobre él. Una pequeña maravilla que sirve para comprender muchas cosas del protagonista sin apenas malgastar tinta.

Sin embargo, ¿bastaba aquella simpleza para recuperar la gloria perdida? En ocasiones, cometemos el error de confundir la humildad de explicarse con claridad y sin sofismas con falta de talento. Aquel dueto artístico no quería encadenar un macro-evento tras otro, tampoco venderse a sí mismos o jugar con las portadas alternativas. Y la premisa funcionaba. Una parte del público se animaba a entrar, al fin, en una colección de Spidey que no tuviese décadas de pasado a sus espaldas.

¿Y el sector veterano? Allí, simplemente, se preparaba la butaca de lectura para disfrutar de los…

Detalles que quizás te hayas perdido

Los Simpson revolucionaron la televisión durante la década de los noventa. Uno de los equipos de guionistas más completos en la historia de la animación se devanaba los sesos para embelesar a la audiencia durante veinte minutos cada semana. Entre otros logros, consiguieron acuñar los chistes con referencias que tenían objetivo doble: si no se sabía a qué aludían, seguían siendo gracioso. En cambio, la persona que captaba de dónde provenía, se carcajeaba también, pero sumando un punto de asombro hacia el rico trasfondo que ocultaba esa familia amarilla.

De similar forma, Kurt Busiek no iba a exigir un máster a ningún cliente que quisiera invertir en aquel nuevo título. Beneficiado por la decisión editorial de Tom Brevoort de que hubiera nuevas cabeceras por el módico precio de 99 céntimos, el público de más trayectoria estaba encantado de poder rellenar al fin algunos huecos curiosos como qué sucedió con las primeras gafas de Peter o ciertas confusiones con los nombres de su mejor amiga que tenía la venerable tía May.

Se trataba de detalles eruditos racionados a la perfección para no perjudicar a la lectura novel, simplemente, premiaban al perspicaz ojo que las viese. Busiek había releído un porcentaje altísimo de todos los cómics (no solamente los de Spiderman) que sacaba Marvel en la década de los 60. Exploraba las incongruencias y trataba de moldearlo de una forma que encajase.

Otros casos iban más allá. Sally Avril era una clara referencia a la primera chica con la que vimos hablando a Peter, quien intentaba infructuosamente invitarla a salir a un plan de tipo cultural-científico. Aquel guiño paso a ser algo más: Busiek dio vida a una adolescente complicada que fue mucho más importante de lo que nunca habríamos pensado en Midtown High School.

Todavía hoy sigue siendo una lectura poderosa Las historias jamás contadas de Spiderman # 13 (septiembre de 1996), quizás una de las joyas de este periplo. Como buen artesano, el guionista, además, permite que el halo trágico explique algo que nunca se había desarrollado del todo: Stan Lee ubicó a La Antorcha Humana y al arácnido como competidores en el camino heroico; en algún momento, eso se fue transformando en una paulatina cercanía y posterior amistad. Una conversación nos faltaba y, gracias a esta colección, hallaríamos la pieza.

Entre tanto objetivo logrado, la única obsesión frustrada para Busiek fue cambiar el nombre de la colección: No es el título que te compras si no conoces al personaje, afirmó de forma tajante. El bostoniano se habría sentido más cómodo con sugerencias como la de su buen amigo Karl Kesel, quien le propuso Amistoso Vecino Spiderman. La editorial no aceptó, pero tiempo después sí se ha bautizado así a una línea del cabeza de red.

Bring on the New Guys

Pat Olliffe mostró un respeto reverencial a los diseños y composiciones de página de Steve Ditko. Cuando narra la primera cita entre Peter y Betty Brant, cuida al máximo los detalles de peinado y estilo vistiendo de la intrépida secretaria para que encaje con el Bugle de aquellos días de asombro. Discípulo aventajado de la escuela de Rick Leonardi, aquí mostraría una capacidad de adaptación tremenda.

No obstante, los argumentos de su guionista le permitirían jugar asimismo con creaciones propias, puesto que pudo diseñar una nueva galería de villanos que atormentasen al lanzarredes sin desgastar en exceso a los pesos pesados ya conocidos de su galería de némesis.

Las historias jamás contadas de Spiderman # 10 (junio de 1996) dio la oportunidad al dibujante de lucirse con la habilidosa Commanda, una ladrona de guante blanco que, quizás, dio al bisoño héroe un necesario entrenamiento antes de saber lidiar con contrincantes de la talla de Felicia Hardy. La forma de presentarla a cargo de Olliffe está plagada de guiños a iconos de la distinguida competencia como Selina Kyle, si bien aquí la dama ladrona posee cabellos rubios y un refinado acento europeo.

Mucho más atormentado sería otro antagonista que no hubiera desentonado tampoco en Gotham City: Ala de Murciélago, una figura trágica cuyo arco permitiría observar cómo Spiderman es capaz de mostrar una gran empatía con criaturas cruelmente transformadas, una experiencia que le sería de suma utilidad con gente como el doctor Curtis Connors. En sus apariciones, también se olfatea algo de la estética de Bruce Timm para Batman: La serie animada.

En resumen, este sagaz retorno al origen de Spidey contó con un artista más que capaz y que no busca excesivas formulaciones, capaz de jugar con las estructuras básicas de antagonistas que siempre han funcionado con el cabeza de red y que él actualiza de forma inteligente.

Hazaña nada pequeña, puesto que el propio Olliffe ha admitido que Brevoort manejó hasta última hora otros nombres de la nómina de dibujantes, quedando convencido, curiosamente, a través del estilo clásico con el que había encarado unas trading cards del héroe. Hay una entrevista a destacar en el podcast Make Mine Mayday donde el ilustrador se sincera acerca de lo importante que fue aquella oportunidad para participar posteriormente en la singladura de Spidergirl, uno de los títulos más sugerente en Marvel a finales de la década de los noventa, con Tom DeFalco al mando de las operaciones.

Caprichos personales

El personaje Marvel favorito de Kurt Busiek es Ojo de Halcón. Desde pequeño, el futuro escritor se había fascinado por la célebre serie Los dos mosqueteros (1971), donde la trama televisiva se centraba en los intentos de una pareja de pistoleros para alcanzar el indulto con buenas acciones. Por ello, el picajoso y talentoso Clint Barton debía hacer su aparición, la cual fue reservada a las páginas de Las historias jamás contadas de Spiderman # 17 (enero de 1997).

La forma nostálgica en la que Olliffe trae al arquero en sus días de rivalidad con Iron Man y romance con Natasha Romanoff es un verdadero homenaje que se da el propio guionista, aunque, nuevamente, sin hacer que eso menoscabe sus enciclopédicos conocimientos marvelitas. Durante los días de San Lee y Don Heck en Los Poderosos Vengadores, el redimido arquero parecía un verdadero devoto de la causa de Spidey para reclutarlo en el supergrupo. ¿Por qué? Nuevamente, hay dieciocho deliciosas páginas aguardando para mostrar la respuesta.

Finalizando 1998, Busiek se permitió otro capricho al propiciar el encuentro de las dos grandes creaciones del genial Steve Ditko: El Doctor Extraño se adentraba en la telaraña. Este número especial tuvo como dibujante invitado a Neil Wokes, quien se sumerge con valentía en los terrenos de la heterodoxia, con composiciones de página tan estimulantes y psicotrópicas como las que brindaba Ditko.

Busiek, quien ya había deslumbrado con la nostalgia de la que impregnó su Marvels (1994), portentosamente ilustrada por Alex Ross, firma aquí un argumento donde puede celebrar contar con un guionista a la altura de su espíritu como sagaz y erudito arqueólogo: Roger Stern. Ambos escritores, atentos ante cualquier agujero de la trama, no solamente resuelven pequeñas incongruencias sobre cómo Flash Thompson era capaz de ver la forma astral del maestro de las artes místicas, también empiezan a comprender lo jugosa alianza que pueden ejercer por su forma de entender este universo de ficción.

Y es que Stern sería el broche de oro de un proyecto que se reformulará muchas veces y terminará siendo conocido como Siempre Vengadores, una oda a la continuidad revestida de épica. Ambos apasionados del cómic se retroalimentan en su entusiasmo para dar resultados prodigiosos.

Durante los días de Las historias jamás contadas de Spiderman, Busiek lanzaría a su amigo el reto de terminar la andadura de David Lowell, un antihéroe que había presentado en su colección y que sería recogido por Stern para explicar cómo se adaptó al presente tras cumplir su condena en prisión durante el número anual de 1997 en El Asombroso Spiderman.

Con todo, no siempre habría alegres sincronías con colegas de profesión. Cuando desembarcase John Byrne para firmar su Spiderman: Capítulo Uno, Busiek lamentaría la falta de referencias del artista con respecto a su trabajo previo: Mi única desilusión fue el anuncio por parte de John de dejar de lado los acontecimientos de la miniserie Amazing Fantasy (16-18) y no tan sólo ignorarlos sino contradecirlos, hacer como si no hubiesen sucedido.

La mención se refería la guindilla del postre que el bostoniano dio a su andadura con Spiderman, tres números que simulaban haber continuado la legendaria Amazing Fantasy antes de El asombroso Spiderman # 1 (marzo de 1963). El único defecto de esa miniserie, al igual que sucede con los especiales de Las historias jamás contadas de Spiderman, es que, sin desmerecer el lápiz de profesionales como Paul Lee, es fácil echar de menos el arte plástico de un Pat Olliffe sin el que no se entendería la atmósfera tan especial que estaba logrando ese inteligente periplo nostálgico.

El vecino de al lado

Estaba destinada a ser un chiste, la broma privada de Steve Ditko. Como la mujer de Norm en Cheers o como la esquiva Maris en el show de Frasier. Mary Jane Watson era la clase de cita a ciegas que cualquier adolescente temería, un emparejamiento tejido por May Parker y su amiga Anne, quienes ejercían de casamenteras. Siempre ocurría algo que impedía que los dos tortolitos se conocieran.

Pat Olliffe, sin embargo, tenía la ventaja de conocer el futuro. Que Stan Lee iba a obligar a Peter a crecer y que un artista llamado John Romita iba a aprovechar años haciendo cómics románticos para brindar a una muchacha pelirroja deslumbrante que escondía secretos más adultos de los que escenificaba con su desenfrenado carpe diem. A través de las gafas de Sol de Mary Jane, el trazo de Olliffe presentó la mirada de una amistosa vecina en la portada, alguien que siempre supo quién se escondía detrás de la máscara.

“El vecino de al lado” es un relato bajo la perspectiva de la mujer más importante en la andadura del arácnido. Incluso El Hombre Radiactivo (mucho antes de que Matt Groening y su equipo creasen el suyo) sirven de pretexto para que Busiek explique qué había detrás de la sucesión de jaquecas de la esquiva dama. Pero esta pelirroja escandalosa no huye de nadie permanentemente, un diálogo plagado de profecía y donde Olliffe culmina la mirada de una ventana indiscreta en el neoyorquino Queens.

Romita, el padre gráfico de la inolvidable Mary Jane, sería el artista invitado en Las historias jamás contadas durante una curiosa iniciativa editorial: los números -1 que contaban acontecimientos del remoto pasado de los protagonistas. En este caso, Busiek cedió los bártulos a su camarada Roger Stern, quien recuperó los días como espías de los padres de Peter, cuestión espinosa en algunos mentideros, para fabricar una historia tipo agente 007 donde incluso el bueno de Logan haría acto de presencia.

At last!

Hay un pequeño sabor agridulce en la última pieza de la andadura que nos ocupa. En justicia, Las historias jamás contadas de Spiderman # 25 (octubre de 1997) prometía mucho: un sonriente Duende Verde ocupaba otra espléndida portada de Olliffe, anticipo de que se iba a mostrar, al fin, un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre Spidey y su némesis en aquella cabecera.

Al igual que Roger Stern, co-guionista para la ocasión, Busiek estaba fascinado por la evolución que el bueno de Norman Osborn tuvo en sus primeros años como villano: Siempre he encontrado fascinante del Duende Verde. En sus primeras apariciones solo quería ser el líder del crimen, pero todo cambió en el momento que supo la identidad secreta de Spiderman.

Con la presencia de Ron Frenz, artista con toque clásico que sustituiría ocasionalmente a Olliffe, además de su amigo personal al haber compartido estudio de trabajo, y las tintas de Bob McLeod, la despedida del título deja un eco propio de sinfonía interrumpida. Todo comienza en los muelles de New York, donde El Amo del Crimen y el Duende Verde se revelan sus identidades secretas. De cualquier modo, el segundo hace trampa al usar una máscara para aparentar ser Jonah Jameson.

Ambos criminales intentan hacerse con un arma de gran poder que se exhibe en la Empire State, justo el día en que Peter Parker, Flash Thompson y rostros que luego serán muy importantes (Gwen Stacy, Harry Osborn, Miles Warren, etc.) están calentando motores para el curso que va a empezar en las aulas universitarias.

La aventura es divertida, además de ser un guiño cariñoso a la etapa que sucedió a la Ditko y Lee: los años de comedia romántica superheroica de Romita. Sea como fuere, quedan inconclusas algunas cuestiones que hacen sospechar que Busiek, como ha afirmado en reiteradas ocasiones, tenía muchas historias jamás contadas en su cajón. Cuando fallece en las páginas de El Asombroso Spiderman, el Amo del Crimen parece convencido de haber dejado evidencias sobre la identidad civil del malvado Duende Verde, quien ha intentado destronarle en el mundo del hampa.

Si eso es así, ¿cómo salió Jonah Jameson ileso de semejantes acusaciones? Conociendo el potencial para zurcir las pequeñas roturas de la continuidad de Stern y el propio Busiek, se olfatea que había una aventura tramada a gran escala. De hecho, algo se transpira en La venganza del Duende Verde (2002), miniserie de tres números donde Stern homenajea la etapa de Las historias jamás contadas de Spiderman con flashbacks que recuerdan a los esbirros de Norman que creó Busiek para explicar cómo el bueno del industrial decidió dar un paso más y ponerse una máscara para acabar con el molesto héroe callejero. Para que el círculo sea perfecto, Olliffe es uno de los ilustradores en ese retorno del antagonista.

Andadura editorial en España

Forum fue la encargada de traer en mayo de 1997 Las historias jamás contadas de Spiderman. Por el módico precio de 225 pesetas de aquella época, el público pudo descubrir, a través del trazo de Pat Olliffe, a un Spiderman que salía en plenitud de fuerzas de una especie de diario. Visto el resultado, casi parecía una metáfora de cómo aquella cabecera iba a permitir reverdecer viejos laureles al cabeza de red.

Hasta el verano de 1999, la editorial se hizo cargo de llevar a lengua castellana esta singladura, unas grapas donde colaboraban especialistas de la talla de Eduardo Salazar o Manuel Barrero, entre otros. Igual que sucedió en Estados Unidos, la colección fue objeto de culto para la comunidad lectora que la devoró, si bien nunca fue un superventas, aunque el prestigio del que gozó la hacía material muy seleccionable para futuras reediciones. Hemos de mencionar asimismo los retapados de Forum, donde se agrupaban de cinco en cinco las antiguas grapas.

Aprovechando el tirón del estreno de Spiderman 2 (2004), dirigida por Sam Raimi, Planeta DeAgostini sacó seis volúmenes en formato prestigio para recordar aquella singladura de Kurt Busiek. Julián M. Clemente, autor de varias monografías sobre el lanzarredes, fue el encargado de hacer los textos introductorios a cada uno de los ejemplares, además de incluirse algunos materiales extra de interés.

Sin duda, la versión más completa hasta que Marvel Héroes de Panini Cómics sacó en 2018 un volumen único que salgada una de las deudas pendientes: junto con todo el material recopilado, se incluían las tres aventuras de Amazing Fantasy, ansiado prólogo a los acontecimientos narrados por el equipo creativo.

La telaraña de los discretos

¿Qué pretendieron Kurt Busiek y Pat Olliffe al iniciar aquella singladura? Quizás, simplemente, dar un poco de rostro y voz a nombres como Jason Ionelo, Tiny McKeeven o Sally Avril. De igual forma, otorgaron más alma a figuras como Liz Allan, la reina de belleza del insti que, secretamente, tenía más interés del que parecía por Peter.

Hay una escena magnífica entre ambos en el gimnasio donde Liz revela perspicacia al afirmar que Parker es el único del ambiente que, en realidad, es el único que no está intimidado o celoso de Flash. Podría partirme en dos, contesta el adolescente temiendo desvelar su secreto. Puede que sí… puede que no. Pero solo hace falta veros juntos para darse cuenta de que no le tienes miedo. Una pequeña maravilla de diálogo que revela la complejidad que se le podía dar a aquellos años de adolescencia.

Y no hemos hablado del prodigioso duelo entre Spidey y Gordon Savinski, donde Olliffe se sumerge en la maestría de Ditko cuando colocaba al héroe frente a algunos retazos incómodos del pasado de Betty Brant, cuya biografía aquí se enriquece y hasta endulza un poco al eterno gruñón de Jonah Jameson. O cómo Busiek demostró que incluso un ave veterana como Adrian Toomes podía seguir aprendiendo humildad pese a su curtida edad.

Conforme avanza el tiempo, Las historias jamás contadas de Spiderman quizás no pueda presumir de haber tenido un hit que fuese la canción del verano, pero, progresivamente, se va tornando en ese disco que no encanta, donde cada pista está a la altura de la anterior, dejando una sensación de melodía insuperable.

Por eso, es un clásico. El encantado de una telaraña discreta en la que es imposible no dejarse caer de vez en cuando para maravillosas relecturas donde se revelen más detalles que, quizás, nos habíamos perdido.