Hey Kids! Comics!

Amenazas, explotación y humillaciones detrás del mundo del cómic.
Título: Hey Kids! Comics!
Guión y dibujo: Howard Chaykin
Color: Will Quintana
Edición Nacional: Dolmen Editorial
Edición original: Image Comics
Formato: Cartoné, 160 páginas a color Tamaño: 21 x 29
Precio: 24,9  €

La traición muchas veces depende del punto de vista. Gran cantidad de traiciones, en verdad, no lo son tanto. Cuanto más jerarquizada sea una relación, más necesaria e inevitable será una traición. Consecuencia de ello es una falta de comunicación y de información flagrante, de dar por hecho las cosas, de no tomarse la molestia de ganárselas cada día. Esa unilateralidad es dolorosa solo para una parte que jamás lo percibirá. Porque desde la altura del trono la vista recta solo conduce a una pared, no a los que están arrodillados. ¿Se debe guardar lealtad al déspota que se lo ha ganado a través de la represión, seamos o no conscientes? El acto forzoso de buscas opciones mejores que se ajusten a nuestros intereses, ¿es justicia o deslealtad? ¿Se puede considerar una traición a la revolución rusa? ¿O las invenciones de Copérnico? ¿O las acciones de Jesucristo? ¿O las revelaciones de Julian Assange y Edward Snowden? ¿O V? ¿O los creadores de cómics que se posicionaron a favor o en contra del puritanismo censor de Frederic Wertham? No es tan fácil de determinar, ¿verdad?  

Sin querer pecar de ideologizar de más este texto, vivimos en un sistema capitalista en el que en nombre del dinero nos hemos deshumanizado (o nos hemos vueltos más humanos de lo que nunca hemos sido). Y ello hace que, inevitablemente, en su forma más descarnada, las motivaciones personales estén movidas por un puro egoísmo. Eso lleva a oportunismos varios, a que haya explotadores y explotados, que el arte ocupe un lugar difícil de integrar en una maquinaria industrial y a una insatisfacción perenne en las dos caras de la moneda.

Hey Kids! Comics! tan solo es un reflejo de todo estas infraestructuras sociales. No sorprende a nadie a estas alturas de la Historia, pero sí que ahonda en un microcosmos de injusticias a las que pocos o nadie quieren poner la lupa, porque prefieren una mentira cómoda. Desde esa perspectiva, resulta sumamente curioso que esta industria en particular se encargue de producir las historias más fantasiosas en comparación al resto.

Howard Chaykin es “perro viejo” en esta industria y, tan solo por eso, debe tener un conocimiento y una visión muy clara y certera del terreno de las arenas movedizas en las que se mueve. Aun así, llevó a cabo un proceso de documentación meticuloso investigando sobre algunos aspectos, y también hizo un acopio de anécdotas propias y ajenas. En el texto que incluye la edición de Dolmen Editorial de la obra (aunque no sé si el autor se sentiría cómodo con estos apelativos a su trabajo), el de Nueva Jersey indicaba además que daba igual si fueran ciertas o no a la hora de seleccionarlas para incluirlas en sus cómics.

El «inquisidor» Werthan justificando porque debían censurar los cómics.

Todas esas decisiones conducen siempre a un lirismo metatextual en el que no importa lo que sucedió o no, ni quienes fueron los protagonistas, si no las acciones que han provocado una atmosfera hostil. A lograr esos objetivos, contribuye el acierto de ubicar temporalmente episódica (que coincide, a su vez, en el modo de publicación periódica de los cómics books). El autor escoge 1945, 1955, 1965 y 2001 como años en los que ubicar y estructurar la historia cada uno de los cinco números que forman Hey Kids! Comics!. Con estas coordenadas se coge al lector y se le conduce un viaje por despachos que debían oler a humo de puro, a sudor y a pulsos y abusos de poder.

Aunque la mayoría de las situaciones sean familiares para todos los conocedores del desarrollo de esta industria, si se toma de este modo, se quedaría uno en la primera capa y obvia de lectura. No deja de ser estimulante ver cómo los cuenta un narrador consagrado que ha formado parte de esos ambientes laborales. Su testimonio es valioso por sí mismo y sabe dónde detectar el contenido dramático. Y deja claro que le interesa más estudiar las causas, las motivaciones, las consecuencias y un desarrollo histórico del tema. De este modo, hace una pareja perfecta con el meticuloso Marvel Cómics: La Historia Jamás Contada, de Sean Howe, a pesar de que esta resulte infinitamente más personalista y ajena.

La otra gran meta de Howard Chaykin es la de desmitificar, de cara a los lectores de cómics, las intrahistorias que los han cimentado. Su reflejo de personajes los personajes detrás de la cámara no es nada halagüeño. Es una historia de ganadores de perdedores en la que, afortunadamente, se esquiva el maniqueísmo moral. Pero se roza un relativismo moral en el que lo único que importa es la supervivencia sin importar el coste. Unas perspectivas que tienen poco de heroico y mucho de mundano, cosa que contrastaban con el tipo de historias del cómic que produjeron y vendieron.

El Chaykin dibujante no sorprende con su estilo sucio y muy identificable. Encaja perfectamente con la sordidez en la que es planteada la historia. Si bien no es donde más destaca, funciona a la perfección a la hora de que funcione como un todo orgánico y sin fisuras. Además, tiene años de experiencia como narrador gráfico y eso se puede apreciar de la primera a la última viñeta.

Los artistas veteranos no supieron ver el reconocimiento que terminarían teniendo sus creaciones. Ni les sentó bien.

La edición publicada por Dolmen Editorial viene complementada con historias de una o dos páginas realizadas por artistas invitados prestigio: Jerry Ordway, José Luis García López y Walter Simonson, un texto introductorio a cargo de Angel de la Calle y otro del propio Chaykin desgranando el proceso creativo, además de cubiertas alternativas y otras historias breves del mismo.

No es un cómic que vaya a ser del gusto de todos los potenciales lectores. Ni mucho menos de las personas implicadas directa o indirectamente. Ni por su visión cínica y ácida de estas historias. Pero, desde luego, no debe estar muy alejada de la realidad. Una realidad que es necesaria ventilarla e exponerla para así, si sucede alguna clase de cambio imposible en la condición humana, consigamos no repetirla. Está en manos de todos, por lo menos, intentarlo. Al fin y al cabo, todos somos los héroes de las historias que contamos.