Carta abierta de Alvaro Pons, al respecto de la polémica del Gran Premio Cómic Barcelona

El prestigioso crítico y divulgador Álvaro Pons transmite su opinión sobre la polémica del Gran Premio Cómic Barcelona

Carta Abierta de Álvaro Pons

«En su momento, pareció una buena idea» ¿Cuántas veces habremos dicho esta frase a lo largo de nuestra vida? Salvo estar tocado por alguna infalibilidad divina, supongo que todo ser humano la puede aplicar una o varias veces en su vida.

En la reunión del Jurado que decidió los premios COMIC BCN se siguió la dinámica habitual: se constituyó el jurado con la dirección de la organización convocante y se prosiguió con un representante de la misma como moderador. Se discutieron las diferentes categorías, siempre en buen ambiente y se llegó al debate del Gran Premio. Se tomó de partida una lista de nominables, confeccionada con los votos de los profesionales, y cada miembro propuso dos nombres de esa lista. En ese listado aparecían nombres no solo de autores y autoras, sino de otras especialidades de la industria del cómic: coloristas, rotulistas, editores y teóricos. Reconozco que, de forma previa a esta lista, yo tenía en mente dos propuestas, un autor y una autora. Como tuve que cambiar uno de los nombres por una cuestión de incompatibilidad, al ver que se proponía el nombre de un teórico presente en el listado, me sumé a esa propuesta porque pensé que era una buena idea abrir el Gran Premio a otro profesionales. No fui el único que tuvo esa idea y lo planteó y, de hecho, hubo sintonía y se alcanzó un consenso rápido en la figura del teórico. En ningún momento esta reflexión se hizo desde la mala fe o el intento de ningunear o no valorar la importancia de la autoría por parte de nadie del jurado, sino desde la idea de abrir el premio a otros profesionales de la industria. Y, repito, me parecía una buena idea. Se preguntó al representante de la organización si era acorde a las bases y, ante la respuesta afirmativa, se aprobó. La dirección de la organización cerró la reunión y nos felicitó por el trabajo.

A los pocos minutos de que se hiciera público el fallo dos días después, no fueron pocos los amigos y amigas que me indicaron «¿pero no has visto la que se va a montar?». Y, la verdad, no. Reconozco mi absoluta ingenuidad ante lo que iba a venir. Por lo menos por lo que a mí respecta (y puedo asegurar que es general a todos los miembros del jurado), en ningún momento pensé que podía dar lugar a problemas. Sí a sorpresa, pero no a rechazo. Visto a posteriori, no puedo entender que no lo pensara, que no imaginara todas las diferentes consecuencias de esta decisión, lo reconozco. Me resulta incomprensible y no puedo explicar por qué no lo vi venir. No lo hice.

Porque visto con la distancia, es evidente que esa «buena idea» podía no serlo desde otras perspectivas. Algunos autores y autoras y otros profesionales han indicado muy acertadamente que, pese a que la propuesta es interesante y se puede contemplar, no eran las formas ni el momento. Y muchísimos más, incluyendo colectivos y asociaciones, han mostrado su rechazo a esta opción. No es una cuestión de a quién se ha dado el premio, el nombre es secundario y cualquier otro nombre debería generar la misma polémica. Es evidente que la decisión no es aprobada por una parte importante de la profesión: aunque yo pueda pensar que es acertada, si la mayoría piensa que no, lo más probable es que sea mi razonamiento el que no es adecuado. No tengo ningún problema en admitirlo ni voy a enrocarme en mi opinión ante argumentaciones que comprendo y puedo asumir.

Sea autoral o profesional, la figura del Gran Premio del Salón debe ser de consenso y cualquier cambio, guste o no, debe ser hecho con mucho diálogo. Por mucho que yo crea que la idea está justificada, no fue una decisión acertada a la vista de la respuesta. Eso sí, puedo asegurar que nunca se tomó desde el interés personal, el amiguismo, el revanchismo o el intento de minusvaloración, sino desde la honestidad en creer que era una buena opción. Pero es cierto: no era ni el momento ni el lugar.

No podemos volver atrás en el tiempo y cambiar mágicamente los hechos. Hay una decisión y la asumo con todas sus consecuencias, el problema es que esa decisión ha generado una situación de una tensión insostenible y que está ahí, presente y viva. No desaparecerá mirando a otro lado. Creo que ha habido muchas opiniones, desde temperadas a exaltadas, pero que todas coinciden en una clave que es el argumento fundamental: se ha dado un premio que tradicionalmente se daba a autores y autoras a un teórico. Puede ser legal de acuerdo a las bases, pero supone una lectura que no sigue los precedentes ni la interpretación del resto del mundo. Si yo digo que algo es verde y el resto del mundo que es rojo, es claro y meridiano quién se equivoca. El argumento es lo suficientemente manifiesto e importante como para separarlo por completo del nombre del premiado: fuera quien fuera el galardonado, el error es el mismo, no necesita ni debe tener ninguna otra matización.

Llegados a este punto, tenemos una decisión de un jurado que ha dado lugar a una situación muy tensa y compleja. La cuestión es: ¿cómo lo resolvemos? Y aquí aparece un segundo problema: el jurado no tiene capacidad real de resolver el problema, aunque lo creara con su decisión. Da igual que mantengamos la decisión o que decidamos ahora que nos equivocamos, el fallo del jurado ya se ha hecho público y figura en un acta. Es la organización convocante la que debe y puede tomar una decisión en cualquier dirección como responsable final del premio. Solo la organización convocante de los premios puede actuar, con muchas opciones posibles: desde anulando el fallo del jurado a otras que se han puesto encima de la mesa, perfectamente factibles y que abrirían un camino de solución que podría haber sido inmediato. Pero no soy yo el que debe ni puede decidir, sino simplemente acatar lo que se decida.

No me puedo sentir bien ante la situación generada por una decisión en la que he participado, más cuando da lugar a una lectura, por desgracia, contraria a lo que siempre he defendido: la importancia de la autoría como eje fundamental de la historieta. No se puede estar bien cuando una decisión tuya ha causado daño a todos y todas, a uno y otro lado del premio. Solo puedo apelar a encontrar soluciones desde el diálogo, defendiendo cada argumento con la fuerza necesaria, pero siempre desde la búsqueda de un consenso. Entiendo también que me debo apartar de la discusión: si el jurado se ha equivocado, no debe formar parte de la solución, cualquiera que sea y que deseo y espero se encuentre. No se puede ser parte del problema y de la solución, aunque por supuesto, haré todo lo que se me pida y esté en mi mano para ayudar a salir de esta situación.

Solo hago una última petición: que se abandone cualquier polarización y se rebaje la tensión sin llegar a decisiones sin vuelta atrás. No reproduzcamos el atroz debate político que vivimos: sea cual sea la opinión, aunque sea muy diferente, se puede debatir y llegar a acuerdos. Puede haber personas con ideas muy alejadas, pero solo hay un bando: el del cómic. Conozco a casi todas las personas que se han expresado en un sentido u otro, con una actitud u otra y, fuera de las redes, todas me parecen personas sensatas, razonables y honestas. Seguro que, sentadas en una mesa, llegarían rápido a un acuerdo. Por desgracia, las redes amplifican sentimientos y sensaciones equivocadas sobre las personas que, afortunadamente, desaparecen instantáneamente cuando las tenemos delante en persona.

Disculpadme si no entro en debates ni respondo comentarios, solo serviría para crear ruido y creo que ahora todos los esfuerzos solo se pueden enfocar en una dirección: resolver esta situación.