Palabra de editor 23 – NFT – No Fastidies, Tolai

Los NFT son lo peor y te voy a explicar cómo he llegado a esa inesperada conclusión.

Palabra de Editor es la columna de opinión de Pedro F. Medina (@Studio_Kat), Editor Jefe, responsable de licencias y redes sociales de Fandogamia (@Fandogamia) y periodista con una faceta nada oculta de showman en los eventos de cómic y manga.

Cada día me llegan más tuits promocionados e informaciones de todo tipo (pro y contra) sobre los NFT. Al principio pasaba del tema (bastantes preocupaciones tengo ya en la cabeza, y yo soy de esos que siempre llega tarde a las modernidades), pero conforme más leo más me llevo las manos a la cabeza. Hace cosa de un mes ya dejé por las redes mi opinión al respecto: «Cada vez que indago en los NFT me parecen más MIERDA Y ESTAFA. Acabo de leer a un autor que le ha comentado la jugada a una editorial… lo que faltaba. Beneficio de dos, un sacacuartos para la mayoría, intermediarios sin escrúpulos, pura especulación y además contaminantes». Pero como 280 caracteres quizá se queden cortos para una columna completa hoy me voy a extender un poquito más. Seguidme y os voy contando.

Ante todo, explicación para legos (como yo hasta hace… cuatro semanas): ¿qué es un NFT? Wikipedia dice que «Un token no fungible o TNF (también conocido por la sigla NFT, del inglés non-fungible token) es un tipo especial de token criptográfico que representa algo único». Vamos, una cosa digital (CUALQUIER cosa digital, ya sea una ilustración, un GIF, una canción, la skin de un videojuego o icono para el escritorio del PC) que se puede comprar y que certifica su propiedad mediante blockchain, la misma tecnología que usan las criptomonedas. Simplificando muy mucho, que puedes comprar la propiedad de un ítem virtual. No compras la exclusividad de su uso, ni restringes su difusión. No puedes cambiarlo de sitio, ni tienes sobre él derechos intelectuales (que pertenecen siempre a su autor/a) ni técnicamente de explotación (aunque sí lo puedes revender). De hecho, ese es el único atributo en torno al que gira todo: los NFT pueden venderse como un ítem indivisible. No hay fracciones, hay uno de cada. Y están a la venta. Dinero. Vender. K-ching!

El valor de los NFT depende única y exclusivamente de lo que otros quieran pagar por él porque por sí mismo, en realidad, no lo tiene o no demasiado. Hay un tipo que hace un par de meses compró el meme de NyanCat por unos 600.000 dólares, pero el hecho de que sea su propietario, verificable, imposible de suprimir de la ecuación, no impide que el resto del universo siga utilizando al NyanCat en sus publicaciones online… si es que acaso alguien seguía haciéndolo a estas alturas de 2021. Eres el dueño de un activo intangible sobre el que no tienes ningún poder, salvo echarte el pisto diciendo “esa imagen tan famosa de Internet es mía” y hasta que te la quites de encima y se la coloques a otro comprador. Si suena a economía piramidal… es que suele ser economía piramidal.

El asunto es complejo porque entremezcla temas polémicos, como el valor del arte (pero aquí el cuadro no lo puedes encerrar en tu galería privada, sino que pagas por un certificado digital muy enrevesado que dice que es tuyo y ya, un ticket muy elaborado); el coleccionismo, que puede alterar los precios en cuestión de minutos por el valor añadido fanático que se le da al objeto más allá de su valor real, y la especulación, que surge del interés económico a costa de los demás (comprar para revender, sacando tajada, y me da igual que hablemos de una escultura que de unas entradas para la Champions) o de una manipulación artificial del mercado (fabricar solo cinco productos cuando hay más de mil personas interesadas). A mí, que pienso que el arte es morirse de frío, que soy de los que sacan las figuras de las cajas en cuanto las compra para que se llenen bien de polvo, y que me cago en quienes venden cómics descatalogados al 500% de su PVP aunque se les caigan las páginas por el pegamento reseco, pues esto de los NFT como que me huele a chamusquina.

El asunto viene a ser como aquello de comprarte un pedazo de la Luna, traducido a un papelito que te da derechos de propiedad aunque jamás vayas a recorrer tu feudo, o adquirir un título nobiliario en Sealand (hacerte barón te sale por 75 euros) que te puedes enmarcar y mirar con ¿orgullo? de vez en cuando. Curiosidades que te pueden sacar una sonrisa por lo inocente o divertido del planeamiento, pero que nunca movieron millones de euros. Aquí está el quid de la cuestión: el inusitado interés en este método de mercadeo de viene de gente con mucho dinero que intenta hacer todavía más dinero fomentando una demanda que hasta ahora no existía, la de comprar humo a precio de oro bajo el viejo/nuevo eslógan de lo moderno y lo digital. Porque a quienes se trata de convencer de que el sistema funciona y los tokens digitales se venden a espuertas es tanto a los posibles compradores como a los necesitados creadores. Los marketplaces y casas de subastas se llevan sus comisiones por venta, pero incluso acuñar estos e-productos con un código de blockchain para dotarlos de autenticidad cuesta sus perras.

Así que cuando descubres que el tarado (no hay otro término) que se ha gastado unos milloncejos de dólares en comprar un collage digital es un tal Metakovan, uno de los principales promotores de estas bichas con un fondo de inversión en criptomoneda, se refuerza mi idea de que todo es una estrategia de marketing para incentivar que los artistas paguen por encriptar su arte, a la expectativa de que su obra se revalorice (¿?) y puedan vender sus piezas a alguien (¿¿??). Que especulen con sus propias creaciones, en otras palabras. No sería tan diferente de un artista que se imprima sus postales para venderlas online, porque al final el que gana siempre es la imprenta, pero es que además han de decidirse rápido: si no llegarán otros especuladores que, sin consentimiento de los autores originales, cogerán los .jpg y los encriptarán igual. Ni permisos ni hostias, o con nosotros o a tu costa. No hay otro esquema que este:

  • Paso 1: haz NFT de tu arte digital pagando a quienes ofrecen servicios de encriptación blockchain.
  • Paso 2: ¿¿??
  • Paso 3: PROFIT (de quienes ofrecen servicios de encriptación blockchain).

Y ya. No hay más. Quien no haya vendido una comisión en su vida, ¿por qué iba a venderla en formato digital? Esto queda para unos pocos que especularán con su arte como ya hacían en el mercado físico. El resto solo está (estamos) para alimentar la pirámide con sueños, esperanzas y bitcoins.

¿Y todo esto qué tiene que ver con los cómics, que de lo que van estas columnas (se supone)? Pues que las grandes compañías, que podrían haber puesto los puntos sobre las íes mencionando algunas minucias como la propiedad intelectual y sacando a sus jaurías de leguleyos, están cediendo al chantaje NFT y comienzan a anunciar que sí, que harán sus propios NFT, que se suman al carro de los criptiprecios. Y eso lleva a que otras empresas más pequeñas, también autores de aquí, escuchen los cantos de sirena y anuncien sus propias chorradas, a ver si cae algo. ¿Qué más da que la tecnología blockchain consuma energía eléctrica por un tubo, que comience a haber escasez de hardware por culpa de la demanda exagerada para hacer minería informática, o que la Historia con mayúsculas nos grite a la cara que esto es otro Second Life? Si no te has comprado un original de cómic en tu vida, ¿para qué te vas a meter ahora en esto, que es peor y ni siquiera se encuentra en nuestro plano de existencia? “¡El blockchain siempre vivirá!”, escucho a algunos gruñir. Pero qué me estás contando, si ya no existe ni la Store de Playstation Vita.

Recordad los tulipanes. Recordad las Variant Covers. Recordad los peluches de Totoro a 15000 pesetas.