Joss Whedon o cómo el último aluvión de acusaciones de comportamiento tóxico ilustran la necesidad de derribar ídolos

Las declaraciones de la actriz Charisma Carpenter contra el célebre creador terminan de abrir una caja de Pandora que llevaba años a punto de estallar.

Dos semanas después de la gran explosión, la llama de la condena a los comportamientos tóxicos y abusivos por parte del guionista y director Joss Whedon, denunciados esta vez por la actriz Charisma Carpenter a principios de febrero, sigue prendiendo. Después de todo, costó mucho que las acusaciones en su contra llegaran a calar tanto en un público que, durante años, contribuimos con nuestra admiración a elevar más y más la figura del creador, inflando (por lo que ahora vemos) el ego que, en parte, le permitió comportarse de tal manera. Tuvo que ser una de las actrices principales de Buffy, Cazavampiros y su spin-off Angel (uno de sus proyectos más queridos, con diferencia) quien decidiera hacer público el comportamiento abusivo, manipulador, y nada profesional que sufrió durante los años que trabajó bajo las órdenes de Whedon –comportamientos que se alineaban con los descritos por el actor Ray Fisher en el set de la Liga de la Justicia–, para que la reacción de rechazo fuera más o menos unánime.

Porque las declaraciones de Ray Fisher, en las que acusaba a Whedon de un comportamiento “desagradable, abusivo, y completamente inaceptable”, en cierto modo quedaron para muchos camufladas por la confusión que rodeó al film del supergrupo de DC Cómics y Warner Bros. desde la partida de su director original, Zack Snyder, pasando por el relevo de Whedon, el estreno, los rumores y el ya cercano Director’s Cut. Tanto, que apenas importó que sus compañeros Jason Momoa y Gal Gadot corroboraran (uno más enfático, la otra más sutil) la experiencia descrita por Fisher. Pero la carta abierta de Charisma Carpenter hizo público tal nivel de abuso, mezquindad y trauma que ya no pudimos –ni quisimos– seguir ignorando o haciendo la vista gorda en favor de mantener impoluto un legado que, francamente, no debería servir de escudo. Por eso, en Sala de Peligro nos gustaría, además de comentar esas últimas revelaciones, analizar todo el contexto que las rodea, la magnitud y el impacto de las mismas… y, finalmente, el papel que nos corresponde a la hora de separar al autor de una obra que, reconozcámoslo, es más grande que él.

Luces y sombras del Whedonverso

En marzo de 1997 la cadena estadounidense WB comenzó la emisión de Buffy, Cazavampiros, la serie sobre una joven que, con su diminuta estatura, su humor mordaz, y su… inusual nombre, resultaba ser la elegida para luchar contra los vampiros y demás fuerzas del mal, rodeada de su pandilla de amigos e intentando no sacrificar su vida social por su legendario deber. La serie –que adaptó con éxito lo que Whedon intentó por primera vez en un film de igual título e infausto recuerdo– sorprendía por la riqueza de sus personajes, la epicidad de sus aventuras y la profundidad de las metáforas con las que enlazaba elementos sobrenaturales y vivencias cotidianas de la juventud estadounidense y, además de lanzar a sus protagonistas al estrellato durante las 7 temporadas que se mantuvo en antena, dio inicio a lo que se vino a llamar el Whedonverso, tal era la admiración de los fans por el creador y por las historias que ideó desde entonces: Buffy, su spin-off Angel, el western galáctico Firefly y el thriller de tintes sci-fi Dollhouse.

Con una base de fans cada vez más fiel y devota, y un reconocimiento mayor a cada paso, Whedon continuó guionizando, dirigiendo o produciendo muchos otros proyectos, algunos para la pequeña pantalla (Dr. Horrible’s Sing-Along Blog, Agentes de S.H.I.E.L.D.), otros para la gran pantalla (La cabaña en el bosque, su reinterpretación de Mucho ruido y pocas nueces, las dos primeras entregas cinematográficas de los Vengadores, o su aportación en la Liga de la Justicia). También entre viñetas firmó etapas inolvidables de la Increíble Patrulla-X y los Runaways, afianzando con su característico estilo su lugar como figura de referencia en ese punto en el que convergen el mundo friki y el feminismo… de hecho, en 2013 recibió el honor de ser nombrado campeón narrador de historias en la lucha por la igualdad de género por el grupo de defensa de los derechos humanos Equality Now. Esa era la cara visible de Joss Whedon. Ese era su legado.

Ni siquiera entonces podía decirse que su trabajo, o su figura, se vieran libres de problemas que chocaban con esas credenciales feministas que tomó por la pátina que cubría su trayectoria, con esa imagen y reputación que se formó en base a las heroínas que nacieron de sus obras. Ojo, no es cuestión de poner en duda el talento de Whedon, la validez de sus personajes femeninos, o el innegable interés que tuvo en desarrollar sus historias y sus complejas personalidades en un momento en el que todo esto aún no se estilaba. Pero por cada muestra de brillantez manifiesta, se hacía la vista gorda a aspectos de su trabajo o de su persona que, por más que no quisiéramos, levantaban sospechas. Rumores de relaciones un tanto problemáticas con actrices bajo su mando, decisiones argumentales que ya en su momento eran cuestionables… el auto-descrito como “bae súper woke” (… dicho en una entrevista con Hollywood Reporter) tenía una querencia por cosas tan poco woke como utilizar la violación como herramienta en sus guiones para hacer que un protagonista masculino comprenda cosas sobre la mujer que la sufre, como vimos en Buffy y a punto estuvimos de sufrir en la serie de culto Firefly si esta no hubiera sido cancelada. Sus mundos eran notablemente blancos. Tan feminista como es, las mujeres a las que favorece en sus guiones suelen caer en un tipo de apariencia de fragilidad algo reducido, es decir, blancas y diminutas. También es fácil encontrar declaraciones suyas en las que comenta sin pudor los cuerpos de sus actrices y, de una manera muy diferente, los de aquellas más… “mujeronas”, de aspecto más voluptuoso y, a sus ojos, menos vulnerable.

Tres polémicas marcaron el inicio del fin de su fama feminista. La primera, tras el estreno de Vengadores: la era de Ultrón, le llevó a dejar temporalmente las redes sociales para esquivar las críticas de espectadores disgustados con la manera en la que Natasha Romanoff lamentaba el abuso recibido en la Habitación Roja, entre otras cosas, por la esterilización forzosa a la que la habían sometido, categorizándose como “monstruo en un comentario que no sentó nada bien por lo que parecía implicar sobre la única mujer Vengadora. La segunda llegó cuando, al calor del estreno de la película de Wonder Woman dirigida por Patty Jenkins, se filtró el guión que Whedon había realizado en uno de los múltiples intentos fallidos de llevar a la heroína a la gran pantalla. Para nuestra sorpresa, se trataba de un guión que trataba a Diana de una manera un tanto misógina y sexualizada, siempre vista a través de la mirada masculina de un Steve Trevor que le robaba protagonismo. Estos son sólo algunos de los peros que recibió este guión que, por suerte, nunca fue; Whedon, sin embargo, lo defendió con orgullo.

La tercera polémica y, para muchos, el último clavo en el ataúd, llevó un paso más allá las sospechas de los fans para pasar a retratar a Whedon como una mala persona. Su ex-mujer, Kai Cole, publicó en 2017 una carta abierta en la web The Wrap que por primera vez puso toda la problemática ya sabida por los fans (y mucha desconocida) en dominio público. En ella, comentaba las infidelidades y engaños que su ex-marido mantuvo durante años, las manipulaciones y gaslighting a los que la sometió cuando ella manifestó sus sospechas. Alguien podría decir “muy bien, es un hombre infiel, un humano imperfecto ¿en qué afecta eso a su trabajo?”, y realmente nada de esto, por suerte, se ve reflejado en su obra… pero sí afecta a la veracidad de la personalidad que presentó de cara a la galería. “Usó su relación conmigo como escudo, de modo que nadie cuestionaría sus relaciones con otras mujeres o escudriñaría sus trabajos como nada menos que feministas”, afirmaba Cole, que también facilitaba fragmentos de las cartas en las que Whedon le admitió finalmente sus affairs. Fragmentos que ofrecían una imagen francamente vomitiva del autor: “Estaba rodeado de mujeres jóvenes, hermosas, necesitadas y agresivas. Sentí como una enfermedad, como algo sacado de los mitos griegos. De pronto era un productor poderoso y el mundo estaba a mis pies, y yo no podía tocarlo”. Ni toda la fidelidad de los fans podría conciliar esa imagen… con la que habían admirado.

Para muchos, estas polémicas nos llevaban de vuelta a esos tiempos en los que cualquier información de Buffy venía de los foros de fans que comentaban los últimos rumores y salseos venidos de convenciones, eventos, o de los propios rodajes. Y de todos ellos, el rumor más incómodo de leer nos lleva de vuelta a la protagonista de esta historia, la actriz que destapó la caja de Pandora a principios de febrero: Charisma Carpenter, quien dió vida a la mean girl de corazón de oro Cordelia Chase, primero en Buffy Cazavampiros y luego en Angel, ese spin-off centrado en el vampiro con alma titular, interpretado por David Boreanaz. Cordelia era el personaje que ofrecía el contrapunto cómico a la amargura de Angel y, quizás, el suyo fue uno de los arcos evolutivos más marcados y satisfactorios del Buffyverso. Hasta que llegó la cuarta temporada y su personaje sufrió todo tipo de barrabasadas que, incluso sin ningún contexto externo al argumento de la propia serie, resultaban increíblemente desagradables de ver. Aquello fue como ver un descarrilamiento a cámara lenta y, eventualmente, llevó al personaje a un final amargo a más no poder. Los rumores decían que el arco argumental había sido pobremente improvisado para ajustarse al embarazo de la actriz en aquel momento, pero no sólo eso, también era bastante aparente que todo hubiera sido una especie de castigo que acabó con Carpenter repentinamente en la calle. Cadena y responsables evitaron confirmarlo tanto tiempo como pudieron, hasta que Whedon afirmó en la TV Guidesentimos que su historia había llegado tan lejos como permitía el personaje y, siendo el momento de virar el rumbo de la serie, parecía hora de que cierta gente saliera de la ecuación”.

Tiempo después, Carpenter confirmó en la convención DragonCon de 2009 lo que muchos temíamos –la relación tirante con Whedon, su propio disgusto con lo que aquella temporada hizo con su personaje, y que su embarazo fue visto como un problema para el desarrollo de la serie–, pero lo hizo desde un tono correcto, conciliador. También reveló cómo se enteró de que no formaría parte de la quinta temporada de Angel, ni por boca de Whedon ni de la gente de WB, sino por la prensa… “lo cual apestó”. Las ocasionales declaraciones que parecían dar a entender que habían hecho las paces y que, incluso, volvería a trabajar con él, nunca quitaron el mal sabor de boca de quienes siguieron aquel hilo desde los rumores hasta su confirmación. 

La gota que colmó el vaso

Así pues, cuando Charisma publicó en sus redes sociales una extensa y honesta carta abierta en la que desgranaba lo que tanto se había especulado durante tantos años, una historia que siempre se sintió turbia pero que ahora conocíamos en cruento detalle, no fue sorpresa lo que sentimos, sino una profunda decepción hacia Joss Whedon.Durante casi dos décadas, me he mordido la lengua y hasta he excusado ciertos eventos que me traumatizan a día de hoy”, comenzaba Carpenter su carta, y sabíamos que era cierto. La habíamos visto quitar hierro, callar y sonreír. Nunca más. 

En su publicación original, del 10 de febrero, Carpenter afirmaba que Whedon “abusó de su poder en numerosas ocasiones mientras trabajamos juntos en los sets de Buffy Cazavampiros y Angel. Aunque él encontraba su conducta muy divertida, sólo sirvió para intensificar mi ansiedad, hacerme sentir carente de poder, y separarme de mis compañeros. Esos perturbadores incidentes despertaron una enfermedad física crónica que aún a día de hoy sufro. Con todo el dolor de mi corazón, he de decir que llevé ese dolor en soledad y, en ciertos momentos, de manera destructiva”. Mencionando las declaraciones de Ray Fisher como aquello que le hizo sentir que no podía callar más lo que sabía que era cierto, pasó a enumerar algunas de las agresiones verbales y amenazas que recibió del guionista y director de las series en las que trabajaba, centrándose por momentos en su embarazo, durante el cual la humilló ante sus compañeros y la obligó a cumplir horarios y condiciones que ponían en riesgo su salud.

Describió a un hombre “desagradable, viperino, insultante ante los demás conscientemente”, que jugaba a los favoritismos para crear rivalidades que hicieran a los actores ansiar su aprobación. Además de describir comentarios vejatorios en base a sus creencias espirituales, describió una reunión a puerta cerrada tras anunciar su embarazo en la que “me preguntó si me lo iba a quedar (el bebé), manipulando mi condición de mujer y mi fe como arma contra mi”. Esa versión de Whedon que Carpenter describía como “casualmente cruel” y cada una de las vejaciones que soportó durante años continuaron pesando mientras guardó silencio, viendo como él era alabado no ya como genio creativo, sino como dedicado feminista. “Nuestra sociedad e industria vilifica a las víctimas y glorifica a los abusones por sus méritos. La carga la portan los que sufren sus abusos y de quienes se espera que los acepten y que se adapten a ellos para recibir trabajo. El agresor continúa surcando el mundo indemne. Sin arrepentimientos. Sin remordimientos”. Tras el despertar que supusieron los movimientos de Time’s Up y #MeToo, y después de que Fisher dejase de formar parte de la película de Flash, Carpenter decidió participar en las investigaciones de WarnerMedia en relación a las acusaciones surgidas en torno al rodaje de la Liga de la Justicia.

Las reacciones del reparto

Las reacciones de sus ex-compañeras de reparto no tardaron en llegar. Sarah Michelle Gellar, la heroína titular de la serie, publicó ese mismo jueves una imagen en su cuenta de Instagram en la que afirmaba: “Aunque siempre estaré orgullosa de estar enlazada con Buffy Summers, no quiero estar por siempre asociada con el nombre de Joss Whedon. Ahora mismo mi atención está en criar a mi familia y sobrevivir la actual pandemia, así que no daré más declaraciones en este momento. Pero estoy del lado de todas las supervivientes de abuso y estoy orgullosa de ellas por hablar públicamente de ello. Las declaraciones de Gellar y Carpenter fueron compartidas por varias actrices más para expresar su propio apoyo y, en ocasiones, su percepción del ambiente tóxico descrito. Michelle Trachtenberg, la actriz que interpretó el papel de Dawn, la hermana pequeña de Buffy, desde los 14 hasta los 17 años, añadió a las declaraciones de Gellar que efectivamente Whedon no tuvo un comportamiento apropiado a su alrededor siendo ella una adolescente. “Gracias (Sarah) por decir esto. Ahora, como una mujer de 35 años, soy lo suficientemente valiente para compartir esto. Porque debe saberse”, decía, comentando después “Lo que hizo estuvo muy mal. Pero nosotras ganamos, ¡sobreviviendo!”. Más adelante añadió a su propia publicación original una preocupante nota final: “Lo último que diré sobre esto. Existía una regla que decía que no le estaba permitido estar en una habitación con Michelle a solas nunca más

Emma Caulfield, quien dió vida a Anya, también compartió en sus Historias una captura de pantalla del mensaje de Gellar añadiendo “En las sabias palabras de mi amiga (Sarah)”, mientras Amber Benson, la intérprete de Tara, retwitteó las acusaciones de Carpenter declarando: “Buffy fue un ambiente tóxico que empezaba por los de arriba. (Charisma) dice la verdad y la apoyo al 100%. Hubo mucho daño cometido en ese tiempo que muchos de nosotros seguimos procesando más de veinte años después”, añadiendo hashtags de apoyo a Fisher y Carpenter. Por su parte Eliza Dushku, la actriz que puso rostro a la cazavampiros rebelde Faith tanto en Buffy como en Angel y, más adelante, volvió a colaborar con Whedon protagonizando Dollhouse, escribió su propio mensaje de apoyo a Charisma Carpenter en el que afirmaba desconocer su calvario y reflexionaba sobre el poder negativo de conservar este tipo de males en secreto (algo que ella, por desgracia, sabe bien).

Clare Kramer, quien interpretó a la icónica villana Glory, Nicholas Brendon, parte del reparto principal como el graciosete y, a menudo, problemático Xander (y, en este momento, recuperándose de una cirugía de columna), Julie Benz, la retorcida vampira Darla en ambas series, David Boreanaz, el héroe protagonista de Angel, o J. August Richards, intérprete del cazavampiros autodidacta Gunn en dicho spin-off, son sólo algunos de los actores que mostraron su apoyo a su ex-compañera, con los dos últimos recibiendo respuestas de Carpenter que daban a entender que ya habían contactado con ella en privado para transmitirle sus fuerzas. Amy Acker, la actriz que interpretó el personaje de Fred como la única compañera femenina de Carpenter en el grupo central de Angel (y que ha vuelto a colaborar con Whedon desde entonces en su producción de Mucho ruido y pocas nueces), twitteó su apoyo a aquellos afectados por una situación que a ella, personalmente, le fue ajena. Incluso Danny Strong, Adam Busch y Tom Lenk, los actores que dieron vida a Jonathan, Warren y Andrewel trío de incels que en la sexta temporada de Buffy se alzaron como archienemigos de la Scooby gang impulsados no por fuerzas malignas sobrenaturales, sino por la poderosa misoginia y una destructiva fragilidad masculina– expresaron su solidaridad con las actrices resaltando su valentía, el poder de la verdad y, en el caso de Lenk, con una interesante reflexión sobre la importancia de dejar espacio a las voces de las mujeres afectadas.

Anthony Head, el actor británico que interpretó a Giles, el mentor de Buffy y sus compañeros, tuvo una de las reacciones más perplejas, emotivas y honestas a las revelaciones de sus compañeras de reparto en una entrevista con el programa This Morning, la mañana después de que Carpenter publicase su carta

Llevo en pie prácticamente toda la noche revisando mis memorias y pensando ‘¿Qué me perdí?’… y esto no es un hombre diciendo ‘Yo no lo ví, así que no pudo ocurrir’. Es simplemente que estoy abatido, de verdad, porque uno de mis recuerdos más queridos de Buffy era el hecho de que fuera tan empoderante, no sólo las palabras salidas de los guiones, sino el sentimiento familiar que desprendía la serie. Me entristece que la gente atravesase esas experiencias y que no… yo era una suerte de figura paterna en el set y habría esperado que pudieran venir a mi y decirme ‘Lo estoy pasando mal’, o ‘Acabo de tener una conversación horrible’. Es cierto que lo que describe Charisma se dio sobre todo cuando trabajó en el set de Angel y, por aquel entonces, yo ya no estaba. Pero el resto de publicaciones me tienen pensando ‘¿Cómo demonios no me di cuenta de que esto estaba ocurriendo?

James Marsters, el actor que hizo suyo al icónico personaje de Spike, no sólo dió su apoyo sino que comentó en su Twitter: “Aunque siempre sentiré el honor de haber interpretado a Spike, en el set de Buffy no faltaron los desafíos. No soporto el abuso de ningún tipo, y me rompe el corazón leer las experiencias de parte del reparto. Envío mi amor y mi apoyo a todos los involucrados”. 

Curiosamente, Marsters es el único actor masculino que ha compartido su propia historia de comportamiento, como poco, cuestionable por parte de Whedon. Spike inicialmente iba a ser un villano más durante la segunda temporada, pero se hizo tan popular entre los fans que fue ganando protagonismo hasta alzarse como inesperado compañero de Buffy, sobreviviendo hasta el final de la serie. Hace poco menos que un año, en verano de 2020, el actor compartió en una conversación en el podcast Inside of You que a Whedon no le hizo ninguna gracia que el personaje le rompiera sus planes, y se mostró claramente resentido con él, ya que no quería crear otro vampiro romántico o atractivo. El incómodo momento en el que Whedon pagó su frustración con el actor, “recuerdo que me empotró contra la pared, en plan, ‘No me importa lo popular que seas, niñato, estás muerto. ¿Me oyes? Muerto, ¡muerto!’… y yo me quedé pensando ‘Uh, vale, es tu juguete, tío’”. Marsters le quitaba hierro al asunto, pero aseguraba que ni Whedon bromeaba, ni se disculpó por el arrebato.

Los actores no son los únicos que han comentado la toxicidad generada por Whedon. Ese mismo verano de 2020 Jeff Pruitt, el coordinador de dobles de acción que trabajó con Whedon en Buffy durante las primeras cuatro temporadas de la serie comentó el cambio de actitud del creador conforme fue ganando fama, lo difícil que fue trabajar con él hasta que se hizo insostenible con un giro de lo más raro: Pruitt entonces mantenía una relación con su actual esposa, la doble de acción de Sarah Michelle Gellar, Sophia Crawford, quien también tuvo que dejar la serie antes de que comenzase la quinta temporada. Uno de los motivos que les obligaron a dejar la serie –con amenazas incluidas de que nadie volvería a contratarlos– fue que supuestamente Whedon buscaba que Crawford abandonase a Pruitt. Jose Molina, otro guionista colaborador de Whedon en Firefly se hizo eco de las experiencias de abuso twitteandoCasualmente cruel es la descripción perfecta de Joss. Pensaba que ser desagradable era gracioso. Hacer llorar a las guionistas durante las sesiones de notas le parecía especialmente hilarante. Realmente le encantaba presumir de la vez que hizo llorar a una guionista dos veces en una misma reunión”.

¿Cómo puede ser que tantas personas presenciasen, o sufrieran, tal abuso y, sin embargo, nada salpicase la aclamada figura de guerrero feminista de Joss Whedon? El extenso artículo publicado por Variety hace apenas un par de días da algunas de las claves que permitieron que un ambiente tan manifiestamente tóxico y enfermizo germinase con éxito. Según las fuentes internas consultadas por el medio, el estudio dejó bastante libertad a Whedon tras generar para ellos el exitazo inesperado que fue Buffy Cazavampiros. El presupuesto se mantenía ajustado, por lo que la presión siempre estaba ahí, dada la cantidad de efectos especiales necesarios para hacer justicia a la acción y las criaturas demoníacas que tanto gustaban a fans y crítica por igual. Pero el elenco, juvenil y en su mayoría debutante, la atmósfera energética y la ausencia de una supervisión real por parte del estudio fueron el perfecto caldo de cultivo, una vez Whedon aplicó su influencia, para que florecieran la competitividad, el caos y las inseguridades. Si añadimos los horarios intensivos y, sobre todo, una nocturnidad habitual, la estampa se vuelve aún más agresiva y adulta. Demasiado –apunta una de las fuentes de Variety– para la preocupación de la madre de Trachtenberg. El clavo ardiendo al que podemos agarrarnos es que, en sus interacciones en redes sociales, los actores y, sobre todo, las actrices dan muestras de que en muchos casos el compañerismo entre el elenco fuera la roca fundacional gracias a la cual no se derrumbaron. El hecho de que no todos notasen esa toxicidad, además de confirmar los favoritismos y que el acoso era bastante focalizado, deja margen a esperar que, al menos, estas vejaciones no fueran una constante absoluta de cada segundo en el set. 

Kill Your Idols

Para cualquier fan del universo nacido en Buffy Cazavampiros, la revelación de que tantos miembros del equipo responsable de la creación de la serie sufrieran un ambiente tan dañino y, sobre todo, por parte de quien durante todos estos años se ha beneficiado de la etiqueta de creador absoluto es, como hemos dicho antes, decepcionante. Lo es porque una parte fundamental de lo que cautivó a los espectadores desde la emisión de la serie es el poder de las mujeres mostradas en pantalla, difícil de ver en paralelo al comportamiento misógino del que se acusa a Joss Whedon. La fe que se tenía en su buen hacer era merecida, pues las historias que firmó siguen siendo algunos de los mejores ejemplos de televisión jamás creados. Ahí están esos episodios imposibles de olvidar como Silencio, un episodio mudo impecablemente escrito y actuado, Once More With Feeling, la fantasía musical que nadie habría esperado, o El Cuerpo, el desgarrador episodio emitido hace exactamente 20 años en el momento de escribir estas líneas. Acción superheroica, un humor brillante, drama verdaderamente conmovedor y un espíritu triunfante que lo envuelve todo, las series del Whedonverso lo tienen todo. El poder que tuvieron sobre muchas espectadoras que encontraban en ellas la representación –de todo tipo– que tanto ansiaban fue y sigue siendo muy real. Es imposible, e inútil, tratar de juzgar la genuinidad de las intenciones de Whedon cuando trabajó en estas historias. Lo que es innegable es el retrato que se forma a raíz de las acusaciones… y nuestra preocupación al leer lo que aguantaron las mujeres que dieron vida a dichas historias, mientras miramos de reojo sus redes sociales temiendo una nueva actualización.

Whedonesque, las cuentas en redes sociales del antiguo portal de información y celebración de los trabajos en los que colaboró Whedon, es ahora Wh*donesque. La Whedon Studies Association, una agrupación de académicos que estudian su obra, se está planteando cambiar también su nombre. Toda una institución en la fantasía y ciencia ficción televisiva, Buffy ha generado la creación de libros y ensayos académicos, cursos e investigaciones universitarias como disciplina –dentro de los dominios de Estudios Culturales–, y un sinfín de comunidades que en todo el mundo siguen analizando aquello que hizo de las aventuras de la cazavampiros adolescente una de las mejores historias de ficción moderna. Generaciones que crecimos inspiradas por Buffy y dando por hecho que Joss Whedon era… de otra manera. Todas estas acusaciones han despertado el eterno debate de si se puede, o se debe, separar al arte del artista. ¿Debemos renunciar a todo ese legado por una sola persona? Creo que no, porque todas esas historias no pertenecen sólo a Whedon.

Entonces… Where do we go from here?

Las denuncias contra Whedon hablan de un comportamiento reprochable, vergonzoso y dañino pero que, por una parte, no comparte la naturaleza criminal de otras acusaciones vertidas recientemente contra otros autores y, por otra, no impregna ni caracteriza las obras ancladas a su nombre. Ancladas porque, pese a la figura casi mitológica que se llegó a formar en torno a él… esas obras nunca fueron sólo suyas. Una vez Whedon compartió sus creaciones con el resto de creadores implicados en su realización y con nosotros, los espectadores, esas creaciones tomaron vida propia, significaron algo para cada persona que las disfrutase que, a veces, va mucho más allá de lo que cualquiera de los guionistas pudiera tener previsto. Obviamente, cada caso de abuso (en la industria de entretenimiento, y en general) debe de ser investigado y castigado. Las industrias del cine, la televisión, los cómics, los videojuegos, la música… deberían dejar de servir de refugio exento de consecuencias para los culpables, sin que su prestigio les sirva de inmerecido escudo. Pero ni las demás mentes creativas volcadas en la realización de estas obras, ni los fans que las disfrutan y para quienes significan tanto, deberían pagar ese precio con cancelaciones que de poco sirven.

Ninguna de esas obras fue resultado del genio único de Whedon en solitario, sino del trabajo conjunto de un buen número de profesionales –desde guionistas hasta intérpretes, sin olvidar a todos aquellos encargados del vestuario, maquillaje, fotografía, efectos especiales…– cuyas carreras, en muchos casos, nacieron de hecho en esos proyectos. Dos de esas profesionales, las guionistas Marti Noxon y Jane Espenson, son dos nombres que deberían recibir parte de ese reconocimiento, hasta ahora centrado casi exclusivamente en su creador, por su contribución a las historias que hicieron de Buffy lo que es. La caracterización de sus personajes, especialmente los femeninos, la exploración de sus grandezas, sus miserias, su sexualidad y todo aquello que las hace fascinantes, y esos guiones y diálogos que, comentábamos antes, han pasado a ser objeto de estudio… todo ello lleva las huellas de Noxon, Espenson y sus compañeros de Mutant Enemy Productions: Doug Petrie, Rebecca Kirshner, Drew Greenberg, Steven S. DeKnight, David Fury, Drew Goddard y tantísimos otros. Quizás, en lugar de idolatrar a una sola figura, haríamos bien en seguir las trayectorias de quienes colaboraron en aquello que nos enamoró… de una manera sana y crítica.

En concreto, Noxon (quien también pasó a producir la serie en sus dos temporadas finales) comentó las acusaciones en su cuenta de Twitter apoyando a las voces silenciadas pero, también, ofreciendo las posibles claves para cambiar el panorama. “Me gustaría validar lo que las mujeres de Buffy están compartiendo, y apoyarlas mientras cuentan sus historias. Merecen ser escuchadas. Comprendo las motivaciones de Charisma, Amber, Michelle y todas las mujeres que han hablado”, decía en su primer tweet. A continuación, Noxon compartía una columna que ella y su compañera en Mad Men, la guionista Kater Gordon, escribieron para Hollywood Reporter, “How the TV Industry Can Better Protect Writers From the Next Toxic Showrunner”, en la que ambas sugieren toda una serie de cambios necesarios en la industria para luchar contra el abuso, basándose en sus propias experiencias.

Sin necesidad de ceñirnos al mundo del entretenimiento, toda mujer ha experimentado situaciones de abuso de poder, de ambientes tóxicos, de manipulaciones que intentan hacer dudar de la naturaleza egoísta y cruel de los manipuladores, o de silencios necesarios para conservar algo que hemos luchado por conseguir. Pero, sinceramente, nunca ha sido un secreto. Lo que en los últimos años ha empezado a cambiar, y que muchos se resisten a aceptar, es que ahora hay al menos una voluntad por escuchar esas historias, y que estas no necesariamente (aunque sí, a veces) suponen el fin de la carrera de quien se atreve a hablar. Es un equilibrio delicado y que aún estamos aprendiendo. Pero, lejos de cancelaciones y hogueras, nuestro papel en todo esto es, sobre todo, seguir escuchando, e intentar disfrutar de aquello que nos aporte algo sin necesidad de alzar monumentos y egos. Nuestro entretenimiento no merece que nadie sufra ni el más mínimo abuso.