Polifagia (relato zombi)

Usuario 95860
#1  Enviado: 12:21 20/12/2011

Mi primer relato zombi, lo escribí hace unos meses para un concurso.
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Polifagia




La noche caía cuanto permitía la Luna llena. Para Flavio era un alivio a medias. Se preguntó cuánta gente como él quedaría por los alrededores.

  Descansaba en un puesto elevado de vigilancia forestal. A simple vista no calculaba más de diez metros del suelo. Uno de los dos niños, Santiago, le dio un pequeño empujón.

  —Flavio, tengo hambre —protestó.

  En respuesta se alzó una sirena de aullidos. Era antinatural que aquellos lamentos lobunos provinieran de seres humanos. Aún de personas sin razón como aquellas.

  —Ellos también —respondió instantes después de que callaran, para recordarles que no tenía dulces a mano.

  Notó a ambos, Santiago y Ana, acurrucarse aún más bajo sus mantas. Cada vez que escuchaban los alaridos de los locos, se revolvían aterrorizados haciendo crujir el suelo de madera del refugio. Flavio tenía que esforzarse por apretarlos contra él y dominar sus propios temblores. ¿Qué esperaban los niños de él? No era su padre. Conoció a su madre, Marisa, cuando ya estaba divorciada. Los pequeños vinieron en el paquete. Evitaba el contacto con aquellos mocosos, cuya única aspiración en la vida era malhumorar a su madre y mantener su perpetuo y ruinoso dolor de cabeza. Fingió una fachada paterna frente a ella, pero en realidad detestaba a los chiquillos. Ellos tampoco le buscaban muy a menudo. Los críos perciben con claridad esas cosas. Y Marisa lo trataba como a un Toy Boy, que es como la prensa del corazón llama a las estrellas que se emparejan con novios más jóvenes. Quedan bien en la foto, pero luego son tildados de inmaduros.

  Y ahora él era cuanto tenían. Les volvió a mirar, pequeños, aterrorizados y vulnerables. Se sintió incómodo al verse a sí mismo a través de sus ojos.

  —Dormid, ya veréis que por la mañana se habrán ido —intentó.

   En aquellos momentos lamentó no tener mejor tacto con ellos. Con los críos en general. En su defensa podía alegar que aún no había terminado de asimilar lo ocurrido; no hacía ni cuatro horas que disfrutaban de una barbacoa familiar en una zona recreativa en el monte. Era el cumpleaños de Marisa. Otras familias hacían lo propio a su alrededor. Humo, risas, olor a carne quemada, niños, columpios. Paz.

  Cuando escucharon el primer grito, Santiago y Laura correteaban alrededor de su madre entre risas. Una mujer señalaba a los árboles con consternación, y los demás siguieron la trayectoria del dedo hasta divisar una figura que se recortaba tras un tronco.

   Creyó que se trataría de algún animal de gran tamaño, así que la primera reacción de Flavio fue llamar a su novia. El asombro recorrió un gentío que contemplaba la silueta con expectación. Marisa no le hizo caso, pero sí ordenó a los niños que acudieran a su padrastro.

   Un individuo encorvado se descubrió a la luz del sol. Algunos exclamaron con sorpresa. Avanzaba despacio, con andar simiesco. Aún recordaba con nitidez sus confusos ademanes, mientras se aproximaba con la cabeza gacha, como si siguiera alguna línea oculta en el suelo. Alguien le preguntó si necesitaba ayuda; en ese momento, el extraño alzó la mirada hasta encarar al grupo.

   Su palidez resultaba desagradable. Del cabello revuelto cayeron hojas resecas y ramas de pino. La boca lucía sanguinolenta, con profundos cortes en los labios. Aquel extraño los contempló con mirada cohibida, como si le hubieran descubierto haciendo algo malo. Voy a llamar a una ambulancia, dijo otro.

  No llegó a hacerlo. El extraño gritó con todas sus fuerzas mientras levantaba las manos y corría hacia ellos. La gente huyó como una manada de elefantes, de manera torpe y desordenada. Flavio tomó a los niños de la mano, mientras Marisa se dispuso a socorrer a un anciano que tropezó. Error. El demente los atacó a ellos primero; se abalanzó sobre el viejo hasta hincarle el diente en el cuello como en las películas de vampiros. Marisa empujó al atacante hasta hacerlo rodar por el suelo y dudó sobre la posibilidad de incorporar a la víctima, pues el anciano permanecía tumbado sin signos de conciencia. Su cuello regaba el suelo con decreciente intermitencia. Estaba vendido.

  Flavio machacó el nombre de su pareja, pero Marisa hizo oídos sordos; tomó una rama gruesa del suelo y atizó con ella la espalda del agresor, que intentaba ponerse en pie. Cada palo en la columna sólo retrasaba su levantamiento. La cabeza se convirtió entonces en su nuevo objetivo. Flavio obligó a los niños a darse la vuelta mientras continuaba reclamando a Marisa a voces.

  La brutal estrategia de su novia surtió efecto. El contrincante quedó tendido sobre la pinocha con las extremidades convulsas. Ella emprendió la carrera de vuelta hacia su familia, pero no llegó muy lejos; el anciano al que daba por muerto la agarró de una pierna. Marisa cayó con un alarido de sorpresa, seguido de otro de dolor. Al mirar comprobó que el viejo le estaba mordiendo el tobillo. Con cara de asco, lo apartó de una patada en la mandíbula y reanudó su carrera hacia Flavio con incipiente cojera.

  Su novio se interesó por su estado, pero ella quitó hierro al asunto.

  —Puedo correr —dijo.

  Miraron a su alrededor, pero todos se habían ido. Marisa resolvió que había que llamar a la policía, para desgracia de Flavio, quien sólo quería irse de allí. Él respondió que a aquellas alturas ya lo hubiera hecho cualquier otro.

  —¿Qué le pasa a Mamá? —dijo Laura interrumpiendo la regresión.

  No respondió de inmediato, pues su mente aún estaba a unas horas de distancia. En aquella zona recreativa, con Marisa maldiciendo la ausencia de cobertura de telefonía móvil. Él no quitaba ojo al anciano, quien intentaba arrastrarse por el suelo. Su debilidad se lo impedía, por lo que solo pudo alargar el brazo hacia ellos y balbucear palabras incomprensibles mientras los dientes resbalaban sobre la sangre que recorría su barbilla. ¿Pero qué le ocurría?

  Entraron en el coche, y luego de recordar a los niños ponerse el cinturón, su chica se detuvo con una mano en el abdomen. Usó la otra para agarrar el brazo de su novio con fuerza, como si así evitara caer al abismo. Flavio estaba a punto de encender el contacto.

  —¿Te importa sacar a los niños y alejarlos de aquí? —dijo ella con el tono que solía usar para no asustar a sus hijos.

  —Pero...

  La mirada de Marisa se volvía vidriosa, y apretaba con mayor fuerza su extremidad. El miedo se apoderó de Flavio cuando fue capaz de leer entre líneas. Siempre reaccionaba con torpeza ante lo que no quería aceptar.

  —Niños —dijo al cabo de unos instantes—, salid un momento. Vuestra madre no se encuentra bien.

  Ellos notaron la preocupación de ambos, y obedecieron sin protestar.

  —Cariño, necesito que me sueltes —rogó Flavio mientras se retiraba el cinto.

  —No puedo —sollozó ella.

  —¿Pero qué te pasa?

  —Joder, Flavio. Lárgate como puedas, pero hazlo ya.

  Evitó forcejear con ella quitándose la chaqueta de manera que Marisa tan sólo agarrara la prenda. Volvió a mirarla a los ojos antes de salir del coche. Tan pronto el rictus de ella se volvió serio, salió del vehículo y cerró todas las puertas.

  Pidió a los niños que apartaran la mirada, pero él se acercó con curiosidad.

  Marisa continuaba palpándose el abdomen. Mantuvo la boca abierta como si hubiera vislumbrado algo sorprendente, y empezó a babear con la vista perdida en el salpicadero. A continuación, se relamió cual gato hambriento mientras examinaba su entorno.

  Flavio dio un respingo cuando sus miradas se encontraron.

  Marisa hizo ademán de acercarse a su novio, pero el cinto se lo impidió. Aquel obstáculo desató su locura; comenzó a chillar histérica con los ojos completamente abiertos, y a gesticular con furia como un perro al que sujetan cuando se dirige a una presa. Flavio echó a correr con los niños, que lloraban sin saber lo que estaba pasando. Sólo volvió la mirada en una ocasión, cuando creyó estar lo bastante lejos; Marisa agitaba las manos ensangrentadas en su dirección. Había roto la luna, pero no se había quitado el cinto.

  —¿Qué le pasa a Mamá? —insistió Laura.

  Flavio parpadeó repetidamente antes de mirarla, intentando alejar aquellos recuerdos. ¿Y qué diablos podía decirle?

  —Mamá está enferma —sentenció.

  Laura posó su cara en ambas manos y echó a llorar desconsolada. De hecho, más de lo que Flavio esperaba. Si le llega a decir la verdad...

  —Es culpa mía —continuó la chiquilla.

  —¿Qué?

  —Me dejó sus aspirinas cuando llegamos, para que se las guardara. Le dolía la cabeza. Si ahora las tuviera ella se curaría.

  —Seguro que ha ido a un hospital.

  Deseaba que los niños desaparecieran para llorar como ellos. Necesitaba exteriorizar su pavor y desasosiego. En cambio, debía comportarse como el adulto que no era.

  —Dormid.

  Un destello lo alertó. Se asomó sobre la baranda y contempló la ciudad. El fuego pintó de naranja la columna de humo que se alzaba sobre la zona centro como un fantasma. Otros relámpagos le siguieron en distintos puntos de la urbe. Desde su posición, las explosiones eran silenciosas. Su mandíbula tiritó sin control durante la hecatombe. Mientras se preguntaba qué diablos podría estar pasando, la ciudad se apagó sin más. Lo único que delataba a la capital era aquel conjunto de cirios humeantes.

  Hasta ese momento, la imagen de la ciudad iluminada en la noche era su oso de peluche. El amuleto que le recordaba que la civilización estaba cerca. Una meta.

  Hasta ese momento.

  Se acurrucó en posición fetal junto a los niños, intentando que sus propios sollozos permanecieran inaudibles.

  La fauna no ayudó. Aquellas cosas reanudaron su terrorífico lamento hasta que en algún momento los aullidos se interrumpieron por ocasionales rugidos y gritos sobrehumanos.

  Se peleaban como gatos.

  Los sonidos se alejaron a medida que pasaban las horas. Sólo cuando remitieron, fueron capaces de conciliar el sueño.

  ¿Qué pintaba allí a cargo de dos niños?

  Flavio fue el primero en despertar. Cuando se incorporó para echar un vistazo, el corazón le dio un vuelco. El número de penachos de humo en la ciudad se había duplicado. La incertidumbre era lo peor. Decidió que se encontraba demasiado harto de su encierro en aquella minúscula caseta. Repitió a los niños que bajo ninguna circunstancia salieran de allí, pues volvería enseguida. Los críos le suplicaron de mil maneras que no los dejara solos, a lo que él reaccionó con agresividad. ¡Bastante tenía con lo que estaba pasando para hacer de niñera!

  Tras escupir algunas maldiciones, bajó por las escaleras para echar un vistazo.

  La luz diurna y el saber que en cualquier momento podía correr de regreso y subir las escaleras, le había proporcionado la suficiente seguridad como para descender. De lo contrario seguiría en el refugio con los niños.

  Anduvo por los alrededores sin encontrar nada. Esa calma lo animó a regresar al lugar donde dejaron el coche. Quería llegar a la ciudad, y el vehículo resultaba vital. Prefería una población en apuros a un bosque salvaje y hostil.

  El trayecto fue tan corto como tenso; cada vez que una rama quebraba bajo sus pies, se detenía unos instantes pendiente de cualquier reacción. Aquel sosiego forestal resultaba extraño, pues por alguna razón ni siquiera el eco de los pájaros recorría la arboleda. No se oía otra muestra de vida que su propia respiración.

  Cuando llegó al turismo, se llevó una desagradable sorpresa: estaba vacío. Pero no encontró a nadie al darse la vuelta. Continuaba solo.

  Caminó de vuelta a por los niños, a quienes avisó de que estuvieran atentos, dado que seis ojos ven mejor que dos. La agudeza visual de los críos le vendría muy bien. No querían bajar del refugio, así que Flavio los amenazó con irse sin ellos.

  Una vez en marcha intentó que no se detuvieran en ningún momento, por lo que estalló de ira cuando Santiago pidió orinar tras un árbol. Pero date prisa, farfulló. Eso hizo. Para tranquilizarlo, su hermana Laura le aseguró que se daría prisa, y a continuación le hizo partícipe de una confensión nocturna de su hermano. “Me contó que tiene miedo de que al salir a mear los monstruos le muerdan.... la pirila. Ea, ya lo he dicho.”

  Tuvo que darle la espalda, simulando oír algo, para aguantar la risa en condiciones. Después no le quedó más remedio que gritar al chico que orinara tranquilo, y que su hermana y él vigilaban en todo momento. Santiago volvió de inmediato, no obstante, con el rostro pálido. Aquello casi le hace soltar una carcajada, al imaginar su temor.

  El ánimo se volvió menos alegre cuando llegaron al coche, pero era inevitable que sus hijos sacaran el tema.

  —¿Y Mamá? —dijo Laura.

  —Fue al hospital para curarse —se le ocurrió.

  —¿Y por qué no se llevó el coche? —inquirió Santiago.

  Malditos críos.

  —Lo dejó para nosotros. Poneos el cinto.

  Envolvió su mano con la gamuza que guardaba en la guantera y golpeó los restos de cristal con salpicaduras de sangre seca que recorrían el borde de la ventanilla del copiloto, por si acaso. Por fortuna, los chicos no hicieron preguntas.

  El viaje a la ciudad fue a la par agobiante y deprimente. Los críos contemplaban cada detalle escabroso que veían a través del vidrio de las ventanas.

  —¡Mira! —exclamó Santiago—. Es una vaca, ¿no?

  —O lo era, puaj —dijo su hermana con desagrado.

  —¿Pero qué carajo estáis mirando? —exclamó Flavio apartando la mirada de la carretera.

  Una vaca eviscerada yacía en el arcén, tiznada de insectos. La estampa era repugnante, pero ellos la contemplaban con el morbo de una película de terror.

  —Mira —dijo Santiago con cara de asco—, esas deben ser las costillas.

  —Dejad de mirar, que os van a ver —protestó él.

  Aquello convenció a los niños, quienes se encogieron en sus asientos con los ojos desorbitados.

  Una larga cola de vehículos impidió el avance. Hasta donde llegaba la vista, todos se encontraban vacíos. Recorrieron a pie aquella interminable antología de pequeñas historias. Cristales rotos, manchas de sangre, bolsos con el contenido esparcido sobre el asfalto. Muñecas. Alguna pistola.

  Por fortuna, Flavio no se vio en la situación de tranquilizar a los pequeños ante un cadáver, al no encontrar ninguno. Se preguntó si ellos hubieran sido capaces de tranquilizarlo a él.

  A cada nueva muestra de devastación, sentía el pecho más oprimido. Cayó en la cuenta de que, en realidad, el refugio forestal era el último sitio seguro en el que estuvo. ¿Volvería a encontrar uno?

  Se imaginó llegando a su casa, sacando una cerveza bien fría y tirándose sobre el sofá presto a jugar con la videconsola, los niños a su aire y Marisa trabajando. En el fondo sabía que aquella vida había terminado para siempre. Pero no quería aceptarlo. No, no podía ser. Esas cosas siempre han estado ahí, como las nubes. Al día siguiente todo habría quedado resuelto, y los camiones de basura continuarían sus rondas como han hecho siempre.

  Sintió que algo le arañaba la pierna, y se apartó de un salto, gritando de terror al ver que un brazo desnudo que salía debajo de una furgoneta intentaba agarrarle la pierna. Los niños se unieron a la histeria cuando lo vieron con sus propios ojos.

  —Caminemos más rápido —dijo él apartándose de la fila de vehículos—, y no os acerquéis a los coches.

  Intentó ignorar el corte en la pierna. Era superficial. Imposible.

  La salvación llegó cuando pasaron al lado de un enorme complejo polideportivo, asentado sobre una pequeña montaña.

  —¡Aquí! —gritó alguien en lo alto.

  Un hombre de mediana edad los saludaba con la mano. No distinguió más, pues se encontraba a trasluz.

  —¡Hola! —gritó Flavio—. Vengo con dos niños, ¿qué ha pasado?

  —¡Subid! ¡Rápido! Ellos no saben hacerlo, muchos nos estamos resguardando aquí dentro. ¡Vamos!

  El individuo tendió una larga escalera de mano cuyas diferentes secciones cayeron como fichas de dominó.

  Flavio apoyó los brazos sobre las rodillas, cansado. Escupió como un deportista que acaba una maratón. Aquel incremento de saliva no era normal.

  —¿Flavio? —dijeron los niños al unísono.

  —Un momento —pidió con la mano alzada.

  Aspiró profundamente. Por unos instantes aquella extraña sensación se atenuó; le invadió el alivio y se incorporó con mejor cara.

  —Subamos.

  Uno a uno, treparon por las escaleras hasta el polideportivo.

  Lo que encontraron arriba no difería de un improvisado campamento para víctimas de algún desastre. ¿Acaso no era esa la situación? Se encontraba hacinado de gente y tiendas de campaña de lado a lado. Unos llevaban comida de aquí para allá. Otros escuchaban la radio, incluso algunas carcajadas conseguían imponerse al ambiente tumultuoso.

  Allí estaban a salvo.

  Una mujer tomó nota de sus identidades y el lugar del que provenían para un censo y un mapa epidémico. Por lo menos parecían organizados.

  Al terminar, llevó a los niños a un sitio libre y se sentaron a descansar sobre las esterillas. La familia que tenían al lado tuvieron a bien ofrecerles un paquete de galletas. Flavio aceptó limpiándose el creciente sudor que bañaba su rostro, y se las ofreció a los niños.

  Santiago devoró unas cuantas y Laura mordisqueó un par como una ardilla. En el instante en el que Flavio hincó el diente a la primera su estómago rugió y el tiempo se ralentizó. Sentía la mantequilla y la harina deshacerse sobre su lengua. Terminó la galleta casi sin masticarla, pero el cuerpo exigía más, como si una mano invisible ascendiera desde sus entrañas y lo zarandeara como un guiñol.

  Con desesperada incredulidad, se apretó la barriga.

  —Mierda. No, no, no...

  El corazón comenzó a bombear con fuerza, rebotando en las sienes como la única palabra que martilleaba su menguante conciencia.

  Hambre, hambre, hambre.

  Miró a su alrededor, pero nadie se daba cuenta de lo que le ocurría.

  —Flavio, toma.

  La voz de Laura. No había reparado en ella. Al volverse hacia ella comprobó que le estaba ofreciendo algo.

   Dos aspirinas relucían sobre la palma de su mano.
LuluCurtis
Lugar: Tromaville · 545 mensajes · Colección
#2  Enviado: 12:43 20/12/2011

mmm... lo acabo de leer y siendo crítica, no sé, no me acaba de hacer el peso. Creo que le falta algo de gancho, no me genera ninguna tensión ni me transporta al lugar de los hechos. Creo que está como mal estructurado, verborrea por verborrea. Si es un relato corto, mejor currarte la situación de la que hablas y dejar eso de meter información (rollo padrastro, etc) ya que si no queda como colgado.. a mi parecer, vaya.

Por otra parte, mira que me encanta la temática, pero está TAAAAAAN sobadisima que me crispa leer relatos sobre zombies porqué de momento, no encuentro nada nuevo.

Aún así, gracias por compartirlo Guiño
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